Opinión

Verdaderos debates

 
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Nancy Reagan. (Reuters)

En teoría, los debates no los gana ninguno de los contendientes, sino el votante, que tiene la oportunidad de ver la reacción de los candidatos, cuando se confronta lo que aquellos proponen con los datos de la realidad, o cuando se constata la congruencia entre lo que han dicho o hecho y lo que ahora afirman o prometen. En ese sentido, pueden ser ejercicios valiosos para mejorar la decisión de los ciudadanos.

En la práctica, los aspirantes más bien tratan colocar golpes de efecto, hacer ver mal al contrario, o de plano, darle un descontón. Los debates se vuelven así un reality-show en el que no importa mucho la sustancia. Lo más memorable de estos ejercicios no han sido las argumentaciones sino las bufonadas.

Algunos ejemplos.

En 1980 Jimmy Carter le recrimina a Ronald Reagan, porque estaba apoyando el seguro médico (Medicare) al que como gobernador de California se había opuesto. Reagan se desvía a otro asunto y Carter le dice que no le ha contestado. En vez de responder, el ex actor le dice con cara de aburrido, “ahí vas otra vez”, provocando las carcajadas de los espectadores.

En las primarias Demócratas de 1984 Gary Hart presumía que, a diferencia de Walter Mondale, él sí tenía nuevas ideas. Mondale, en lugar de mostrar la superioridad de las suyas, se burló de Hart preguntando “¿dónde está la carne?”, que era una frase usada en los anuncios de las hamburguesas Wendy´s para mostrar que las de la competencia no estaban tan bien servidas como las suyas.

En 1984 Ronald Reagan, previniendo que Mondale le criticara su edad (73), empezó su participación diciendo: “…quiero que sepan también que no voy a hacer de la edad un tema de esta campaña. No voy a explotar para propósitos políticos la edad e inexperiencia de mi oponente”.

En el choque entre candidatos a la Vicepresidencia de 1988, Lloyd Bentsen sugiere que Dan Quayle no tiene suficiente experiencia. Él le replicó: “Tengo la misma experiencia en el Congreso que la que tenía John Kennedy cuando buscó la Presidencia”. A lo que Bentsen le reviró: “Yo conocí a Jack Kennedy, John Kennedy fue mi amigo. Senador: usted… no es John Kennedy”.

En 1992 Al Gore se burló así de su adversario por adjudicarse el fin de la Guerra Fría: “Que George H. W. Bush se atribuya la caída del Muro de Berlín es como si el gallo se acreditara la salida del sol”.

Y así podríamos seguir. El punto es que la idea de poner a los candidatos a debatir es buenísima pero no en la forma en la que lo hacen.

El primer problema es quién organiza. Hasta 1984 lo hizo la Liga de Mujeres Votantes, pero en 1988 los partidos crearon la Comisión de Debates Presidenciales. Esta es presidida por un Demócrata y un Republicano y la integran representantes de las grandes corporaciones. Por ejemplo, en la actual están el Presidente de Citigroup y el hijo del inversionista Warren Buffett.

Para peor, el financiamiento corre a cargo de automotrices, cerveceras, telefónicas, acereras y bancos. Eso explica que muchos temas queden fuera del cuestionario (como la reducción del presupuesto militar) y que los formatos tiendan a proteger a los candidatos, limitando su interacción. Por ejemplo, con preguntas abiertas e intervenciones de máximo dos minutos, que llevan a seguir un script o a salir del aprieto con cualquier gracejada.

Este año hay moderadores más representativos y agresivos, que repreguntan y plantean dudas, pero lo tradicional ha sido un periodista retirado como Jim Lehrer, que en ninguna de las doce veces que condujo estos encuentros se salió del esquema del examen de escuelita: “¿Me podría decir…?”.

Para que los debates resulten más provechosos para los electores, se requiere que los asuntos a discutir sean seleccionados por la gente y no por los partidos, que se discuta una cuestión concreta y que los participantes se desenvuelvan con mayor libertad.

El primero que hubo en Estados Unidos, entre Douglas y Lincoln, fue alrededor de la esclavitud. Cada uno alegó en defensa de lo que creían mejor para el país y al final los ciudadanos dieron su veredicto.

Los debates no deben ser concurso de comicidad para el entretenimiento del público, sino elemento fundamental de deliberación en una sociedad madura, allá y acá.

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