Opinión

Valor y prudencia del Papa Francisco

 
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Papa Francisco

Por Víctor Manuel Pérez Valera.

El autor es profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

Algunos periodistas esperaron a que el Papa se fuera para criticarlo, no por lo que dijo, sino por lo que no dijo, y según ellos debió haber dicho.

Para la mayoría de los comentaristas de la visita papal, Francisco actuó con libertad y fue sanamente crítico de la Iglesia, del gobierno y de la sociedad civil. En ocasiones su discurso fue severo y puso el dedo en la llaga sobre los problemas más graves que enfrenta el país.

Más de alguno pretendía que el Papa hiciera declaraciones clamorosas: que abogara por el aborto, por el uso indiscriminado de drogas y por la eutanasia... Respecto al aborto conviene recordar la actitud valiente del rey Balduino I, de Bélgica, el cual el 30 de marzo de 1990 envió una carta al Primer Ministro de su país, en la que destacaba enérgicamente su objeción de conciencia para aprobar la ley del aborto. Después de indicar que ese proyecto de ley entraña un deterioro sensible del respeto a la vida de los más débiles añadió: “al firmar este proyecto de ley en mi calidad de la tercera rama del Poder Legislativo… yo asumiría inevitablemente una cierta corresponsabilidad. Esto no lo puedo hacer por los motivos ya expresados. Yo sé que actuando de ese modo no escojo un camino fácil y corro el riesgo de no ser comprendido por un buen número de ciudadanos. Pero es el único camino que puedo seguir en conciencia. A los que se extrañan por mi decisión, yo les pregunto: ¿Sería normal que yo fuese el único ciudadano belga que sea forzado a actuar contra su conciencia en un asunto tan importante? ¿La libertad de conciencia vale para todos menos para el rey?”.

En cuanto al tópico de la eutanasia es conveniente citar a un pensador agnóstico, Jean Rostand, que hace una elocuente y apasionada defensa de la vida humana, Jean Rostand fue uno de los biólogos humanistas más notables del siglo XX. Sus investigaciones en torno a la partenogénesis artificial y a las anomalías hereditarias le valieron el aprecio y el reconocimiento del mundo científico. Entre sus distinciones cabe mencionar el premio de la Fundación Singer-Polignac en 1955, y cuatro años más tarde el premio internacional Kalinga. Entre sus más de 50 libros figuran: Dos angustias, la muerte y el amor (1942), La aventura humana, y Hombres de verdad. Junto con sus méritos científicos y literarios Jean Rostand destaca como un humanista que ha cuestionado la conciencia moral de nuestra época.

En su obra, Crónica de un biólogo, Rostand hace una extraordinaria y elocuente defensa de la vida: “No existe ninguna vida -escribe Rostand- tan degradada, rebajada, deteriorada o empobrecida que no mereciera respeto y no fuera digna de defenderse con pasión y convicción… sobre todo, creo que se sentaría un terrible precedente si concordáramos en que pudiera permitirse acabar con una vida por no ser digna de preservarse, ya que la noción de valor biológico, aunque al principio se precisara cuidadosamente, pronto se convertiría en otra más ambigua e imprecisa. Después de eliminar lo que no es suficientemente humano, a la postre nada se perdonaría, excepto lo que encajara en un concepto ideal de humanidad”.

Rostand concluye su reflexión de modo contundente: “Tengo la debilidad de creer que es una honra para una sociedad asumir el costoso lujo de mantener la vida de sus miembros inútiles, incompetentes e incurables. Casi me atrevería a medir el grado de civilización de una sociedad por la cantidad de esfuerzos y vigilancia que se impone a sí misma impulsada únicamente por el respeto a la vida”.

Ahora bien, estas concepciones éticas son avaladas por un gran número de los comités de bioética.

Por lo demás, como lo dijo Jean Paul Sartre, “el ateo perfectamente lógico”, la moral laica no basta: “nosotros –escribe- hemos vivido por algún tiempo de esta moral… pero debemos testimoniar con tantos otros, su fracaso. Dios ha muerto, pero el hombre no se ha hecho ateo.

Este silencio del trascendente, unido a la persistencia de la necesidad de la religión en el hombre moderno, es el gran problema de hoy, como lo fue de ayer”.

Otros críticos querían que en Morelia se denunciara de nuevo la conducta aberrante de Marcial Maciel. ¿Era prudente seguir haciendo leña del árbol caído? Sobre este tema el Papa Francisco ha hablado claro, pero también ha lamentado el que los sacerdotes sean como los aviones, sólo sean noticia cuando caen.

Finalmente, algunos críticos confunden el que se tenga comprensión y misericordia con el pecador, con la aprobación y justificación del pecado.

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