Opinión

Vallée y Jonze: beatificando

I. EL ANTIMARTIRIO SIDOSO. En El club de los desahuciados (Dallas Buyers Club, EU, 2013), excéntrico opus 7 del canadiense de 50 años Jean-Marc Vallée (Crazy, una familia disfuncional 05, La reina joven 09), con guión de Craig Borten y Melisa Wallack sobre hechos reales, el machista homofóbico texano artista de rodeo Ron Woodroof (Matthew McConaughey estragado) es contagiado de VIH por sodomizar a dos vaqueritas fans en un burladero, rechaza por prepotencia el diagnóstico del retrógrada Dr. Sevard (Dennis O'Hara) que le depara sólo 30 días más de vida, se administra por la libre el acaso mágico o quizá mortífero fármaco experimental interdicto AZT adquirido en forma clandestina, es sujeto de bullying adulto por sus antiguos cuates cowboys, viaja a México para someterse al avanzado tratamiento reforzador de defensas/reductor de toxinas sin atacar directamente al virus epidemiológico del prohibido Dr. Vass (Griffin Dunne irreconocible desde el scorsesiano Después de hora), funda con ayuda del providencial socio travesti drogadicto Ragon (el marciano rockstar bisexual Jared Leto decidido a robarse la película) un Club para proporcionar "gratis" cocteles de alternativos remedios salvadores a sus miembros por 400 dólares mensuales, se enfrenta reiteradamente al acoso de emperrados agentes federales, es auxiliado in extremis por la Doctora Eve (Jennifer Garner) cuyo respeto admirativo se ha ganado como investigador y, mientras su socio muere por la promiscuidad y la droga degradante, él logrará sobrevivir siete años a su prefijada esperanza de vida.

El antimartirio sidoso concatena de muy inteligente y emotiva manera varias historias a la vez: la gran Historia épico-trágica de la lucha contra el VIH en los heroicos 80, la desconocida historia biográfica del insólito sobreviviente Woodroof (comparable con el activista gay Harvey Milk de aquella abrumadora bio-pic de Van Sant 08 en las antípodas de la ambivalente intensidad de Vallée) a modo de bitácora cotidiana o a saltos de 2557 días, la oculta historia clave de los experimentos en cobayos humanos con el crucial AZT hasta reducirlo a mínimas dosis milagrosas, la desgarradora historia de una amistad mutuamente redentora entre la pareja dispareja Ron/Ragon, la íntima historia de un amor imposible vuelto restaurantero y de recetas robadas entre Eve/Ron, y la brutal historia de un contagio genital con subsecuente impotencia viril al fin vengada y curada en cierta enigmática secuencia digresiva quasi gratuita.

El antimartirio sidoso diversifica, atesora y glorifica la ambigüedad moral de un emprendedor pillo perfecto que sigue siéndolo aún cuando ayude piadosamente a los demás, un irritante visionario que transgrede todos los límites lícitos y éticos, un rebelde nato contra la criminal estulticia autoritaria de los médicos miopes y una prueba viviente de la necesidad de mantenerse en la frontera entre la legalidad y el delito para hacer progresar hoy a la ciencia.

Y el antimartirio sidoso evoca con terca pasión las inasibles aventuras desventuradas pero rebasando cualquier sentimentalismo de un insoportable zumbido interior, ese maldito zumbido que remite a traumáticos flashes mentales, arrebata soliloquios latinistas ante las veladoras rojas del antro, noquea en el baño de un aeropuerto e iguala con el ser antes despreciado de súbito más que digno, ese zumbido metafísico a la vez sacro y carnal de todos tan temido porque persigue, martillea, taladra y sólo podrá ser vencido en el trance de la muerte benignamente aplazada y prolongada pero jamás conjurada en la totalidad de sus dimensiones intolerables.

II. EL AUTISMO EROSATISFECHO. En Ella (Her, EU, 2013), disparado opus 4 del autor total estadounidense de culto de 44 años Spike Jonze (¿Quieres ser John Malcovich? 99, Donde viven los monstruos 09), el sensible y encantador plasta solitario adicto al celular y a Internet en un angelino futuro demasiado cercano Theodore (Joaquin Phoenix viajándose a lo sublime) se la pasa conectado redactando cartas ajenas muy poéticas, pese a estar en trance de omniculpígena separación de la nefasta egoísta ensimismada Catherine (Rooney Mara, la experturbadora Chica del Dragón Tatuado), provocando la admiración de sus colegas la guapa exnovia en pareja armoniosa Amy (Amy Adams) y el envidiable ligador tranquilo Paul (Chris Pratt), pero, cuando integra a su smartphone el vanguardista Sistema Operativo Inteligente OS1 descubre en la personificación auditiva que se autodenomina Samantha (voz hiperseductora de Scarlett Johansson), una presencia femenina comprensiva, divertida, sensual, vulnerable y documentadísima, todo aquello que siempre había deseado, por lo que no cabe de gozo, se enamora de Ella, y Ella de él, primero orillándolo a concertar una cita ciega que resultará demasiado acelerada en lo sentimental (Olivia Wilde), luego a firmar su divorcio y, por pasión, a satisfacerle ella misma su autismo erótico, aunque pronto lamentará no contar con un cuerpo y querrá poseer en vano a su amado por subrogada Isabella (Portia Doubleday) fascinada con esa relación, lo que no impedirá los progresos unilaterales de Samantha, vuelta amante de 641 sistemas operativos y rompiendo con un arrepentido Theodore inconsolable, a merced de la ahora videojugadora compulsiva Amy recién separada.

El autismo erosatisfecho ofrece desde la perfección de su clave original múltiples posibilidades de lectura tan disparatadas como su evanescente materia cienciaficcional misma: una insólita comedia surreal escénica forzadamente multiespacio-temporal por montaje aunque minimalista en esencia y reducida a un patético héroe gozoso y el omnipresente sonido reflejo/autónomo de su celular, una fábula adulta con euforias de cámara giratoria y nocturnas delicias a oscuras, una onanística fantasía ultramisógina que sustituye con creces la auténtica presencia femenina corporal por una simple voz, una complaciente sátira-homenaje a los excesos maniáticos en el uso de la comunicación virtual, y así sucesivamente.

El autismo erosatisfecho dicta ante todo y sin piedad un ampuloso, archidialogado, verborrágico e incallable tratado moderno de las emociones, con base en la idea de que tanto las emociones reales (más bien evocadas en relamidos flash-backs) como las emociones virtuales (del todo insaciables) son análogamente imaginarias, intercambiables, sin fundamento ni posible duración mayor, meros reflejos subjetivos de necesidades íntimas, y por ende sujetas a una patética volatilidad.

Y el autismo erosatisfecho ordena su nebulosa a modo de un beatífico e inusitado poema de la era tecnológica impersonalizante, un gigantesco drama lírico de las deambulaciones callejeras del afligido hombre superalienado platicando con su celular entre otras criaturas que hacen exactamente lo mismo, la cruel comunicación ideal con un maquínico yo etéreo por parte de un obsesivo de antemano condenado a echar a perder de igual manera todas sus relaciones materiales e inmateriales por opción.