Opinión

¿Valentía o desesperación de Bachelet?

 
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BACHELET

Valiente. Incisiva. Son algunos de los adjetivos lanzados a la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, cuando optó por pedir la renuncia de sus 23 ministros y dándose el plazo de 72 horas para tomar la decisión de quiénes continuarían trabajando con ella. De los 23 solamente nueve ministros perdieron la chamba, entre ellos Jorge Burgos y Rodrigo Valdés, ministros del Interior y de Hacienda, respectivamente. Ambos personajes política y personalmente cercanos a la presidenta.

Cuando un mandatario decide correr, despedir o pedir la renuncia de sus ministros, se dice que es un acto de estadista, un acto político o un acto de desesperación. Y en el caso de Michel Bachelet yo diría que el cambio en su gabinetazo es un acto de desesperación. El problema de despedir a tantas personas es que, al mismo tiempo, el mandatario hace enemigos políticos de la noche a la mañana. Pero también, cuando un presidente decide despedir o pedir la renuncia de su círculo más cercano de asesores, envía una señal de control sobre su gobierno y capacidad de enfrentar cualquiera que sea la crisis.

Para entender la decisión y los objetivos de la presidenta de pedir la renuncia de su gabinete, hay que conocer el contexto. El pasado 13 de febrero, Sebastián Dávalos, hijo de la presidenta Michelle Bachelet, presentó su renuncia al cargo como director sociocultural de La Moneda, tras la polémica por el trato privilegiado a su esposa para recibir un préstamo bancario por 10 millones de dólares.

La renuncia de Dávalos se produjo tras fuertes críticas desde distintos sectores políticos, incluidos la Nueva Mayoría que lidera Bachelet y el Partido Socialista en el que milita. Dávalos alegó que sus acciones no fueron ilícitas ni “imprudentes”, porque en esa época trabajaba en el ámbito privado y al margen del gobierno. De hecho, en México lo que hizo el hijo de la presidenta no sería una ilegalidad, y probablemente después de algunos reportajes periodísticos y denuncias por ONG no habría consecuencias ni políticas ni penales.

Pero Chile no es México. Hay una denuncia en contra de Dávalos y la nuera de la presidenta por tráfico de influencias y posible manejo de información privilegiada. El escándalo derivó en que la imagen de Bachelet cayera por debajo de 30 por ciento, mientras que su rechazo alcanzó un insólito 60 por ciento.

Un expresidente latinoamericano me comentó que los mandatarios democráticos tienen pocas herramientas que les ayuden a gobernar. Los secretarios o ministros son como fusibles “que se prenden y se apagan según las necesidades del gobernante”. Una de las herramientas más poderosas es tener la capacidad de remover miembros de su gabinete, a discreción del presidente, aun por un simple capricho. Por una parte, ello permite enviar un mensaje contundente de mando y rumbo, logrando que los funcionarios se preocupen por sus resultados, y por otra apacigua a los críticos desviando los cuestionamientos dirigidos al mandatario. Además, el poder nombrar y quitar secretarios es una forma de darle espacios a grupos políticos, que a cambio proporcionarían apoyo para proyectos prioritarios del mandatario.

Por alguna razón en México parecería que los presidentes le tienen miedo al gabinetazo, por más incapaz que sean sus equipos. Tal vez el acatar los llamados a destituir secretarios se consideraría un acto de debilidad. Hace años alguien me comentó que la mejor vacuna de un secretario para asegurarse de no perder su chamba es la de promover que los analistas y los medios de comunicación exijan públicamente su renuncia. Mientras más ataques y demandas de destitución hay en contra de un secretario, paradójicamente esto parece blindar al funcionario.

Pero la presidenta Bachelet optó por pedir la renuncia de sus 23 ministros por la caída de su popularidad debido a una crisis familiar. Su hijo y su nuera se portaron mal, y la política chilena no acepta este comportamiento. Cambiar nueve ministros probablemente no le dará la credibilidad política que necesita para gobernar. Desafortunadamente para la presidenta y su familia, la única solución a la crisis política será un castigo al mal comportamiento de su hijo Sebastián. Tal vez la presidenta le está apostando al tiempo, a poder dar resultados impactantes, y a la amnesia colectiva para poder resucitar su credibilidad.

En países como México, la clase política le apuesta a esa receta.

Twitter: @Amsalazar

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