Opinión

Una vida sin problemas

    
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Resolver problemas. (Shutterstock)

Wittgenstein decía que solo podemos resolver lo que consideramos problemático cambiando nuestra forma de vida. En otras palabras, los problemas que tenemos están enraizados en el estilo de vida y no son solo accidentales, indeseados o circunstanciales.

Algunos problemas son intolerables y elegimos no enfrentarlos ni nombrarlos. En su juventud, Piglia se tranquilizaba así frente a la incertidumbre: “No conviene pensar. Hay que tratar que todo se deslice imperceptiblemente”. Es cierto que pensar demasiado puede ser infernal, aunque vivir sin pensar es una forma de la negación que puede volver de los problemas algo irremediable.

¿Qué haríamos si no tuviéramos los problemas que tenemos? ¿Qué haríamos si lo que consideramos un obstáculo despareciera de nuestro camino?

Muchos piensan que hay realidades imposibles de cambiar, pero no estaría mal imaginarse de vez en cuando el escenario en el que los obstáculos han desaparecido.

Es común que los padres culpen a sus hijos de no haber llevado a cabo todos sus proyectos. Las parejas se culpan por haber hecho sacrificios con tal de seguir juntos. A veces necesitamos que alguien sea un obstáculo para justificar la propia infelicidad.

Todos tenemos un repertorio de problemas, de asuntos que nos impiden en nuestra mente lograr lo que deseamos. Puede ser nuestra timidez, o la cantidad de dinero que ganamos, o tener un hijo adicto, o no tener una pareja o tener a la pareja equivocada, o la edad para ser contratados, o la carrera que elegimos que ya no está de moda.

Algunos se presentan diciendo que provienen de una familia disfuncional, para ser comprendidos por todo lo que han sufrido. La crianza se ve como un obstáculo porque no los enseñaron a abrazar ni a ser cariñosos y se acostumbraron a ser agresivos o a criticarlo todo. A veces el origen, pero sobre todo la convicción de que infancia es destino, es un obstáculo para hacer una vida diferente.

Quizá pensamos que nuestros deseos son los que revelan los obstáculos, pero es al revés: son los obstáculos los que revelan nuestros deseos. Lo que no podemos tener, es el material de nuestro deseo.

Si todo lo que queremos conseguir fuera fácil, el deseo se acabaría muy rápido. El deseo sin obstáculos se llama fusión, particularmente en las relaciones afectivas; sin desencuentros, distancia, otros intereses, quienes se aman estarían demasiado juntos y su libertad quedaría comprometida.

También vale la pena pensar que nuestros síntomas son, desde cierta perspectiva, obstáculos construidos por nosotros mismos para no alcanzar lo que queremos. Por ejemplo, una mujer dice querer una relación amorosa estable, pero dedica buena parte de su tiempo a salir con personas que no quieren nada serio para después concluir que el amor no es para ella. Después de un diagnóstico de enfermedad crónica grave, un hombre se vuelve celoso de la salud de su mujer, que se siente culpable por no estar enferma como él y por desear tener una vida normal a pesar de la enfermedad de su pareja. La enfermedad es un obstáculo real para seguir siendo los que fueron, pero el obstáculo principal para que sigan juntos es el deseo de él de controlar la vida de ella, que se siente asfixiada y con ganas de huir. Hasta en las peores circunstancias imaginables es posible un futuro más placentero.

Freud sugería observar las bromas y los sueños como saboteadores de la represión. En ambos, nos liberamos de los impedimentos que le hemos impuesto inconscientemente a nuestro placer. Sobre qué hacemos chistes y cuáles son los temas de nuestros sueños puede responder a la pregunta de qué es lo que deseamos y tememos desear.

Al deseo, Winnicott le llamaba “el momento de la ilusión”, que es el motor y la paradoja que nos mantiene deseantes y vivos.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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