Opinión

Una Reforma Energética en medio de una Revolución Energética

El debate sobre la Reforma Energética es complejo por motivos locales, pero también lo es porque el entorno energético global presenta cambios profundos que provienen del desarrollo de nueva y poderosa tecnología, que tendrá un enorme impacto en costos de producción y en el mercado internacional de energía.

Mientras el mundo discute sobre energía renovable y cambio climático, las empresas energéticas estadounidenses han invertido miles de millones de dólares en el desarrollo de tecnología para hacer “perforación horizontal” y fracturación hidráulica de yacimientos de gas y petróleo de esquisto (shale) que han existido siempre, pero sin tecnología confiable para extraerlo.

En cuestión de un lustro, se pasó de perforar en el mar a hacerlo en formaciones de lutitas que incrementan el potencial de producción estadounidense más allá de la estimación más optimista. La producción de petróleo ha pasado de 5 millones de barriles diarios a más de 8 de 2008 para acá, 60 por ciento más. La exportación estadounidense de petróleo, gas y petroquímica excede ya a la de productos agrícolas, equipo de transporte y bienes de capital.

Mientras tanto, en México discutimos leyes secundarias y nos damos cuenta de que será lento el desarrollo de la mínima infraestructura ya no digamos para producir, sino incluso para almacenar, distribuir y comercializar. Reconocemos que, aun si hacemos todo bien, el impacto a nivel de generación de electricidad, de abasto industrial de energía, y muchas otras consecuencias deseables de la apertura, tomarán años en materializarse. Siendo realistas, el impacto más inmediato provendrá de gasoductos como Los Ramones que importarán gas de Estados Unidos y estarán listos en un par de años.

En la revista Foreign Affairs de Mayo/Junio, Robert Hefner explica (The United States of Gas) por qué la revolución energética ocurre en Estados Unidos y no en países como China, con reservas aún mayores. La respuesta tiene tres componentes. Primero, porque en Estados Unidos la tecnología, la inversión y el desarrollo provienen de miles de empresas privadas que se mueven con una agilidad con la que no sueñan las grandes petroleras estatales. Segundo, porque los dueños privados de tierra en Estados Unidos lo son también de los derechos minerales del subsuelo.

Pese a que el presidente Obama presume todos los días del incremento en la producción estadounidense, éste ha ocurrido a pesar de él. Sigue sin dar permiso para explotación similar en tierra “pública”, y lleva dos años sin decidir si aprobará la construcción del oleoducto Keystone que llevaría a refinerías estadounidenses petróleo producido con arenas bituminosas canadienses. Por último, los mercados financieros estadounidenses son los más profundos del mundo y permiten el financiamiento con recursos privados de todo tipo de proyecto para exploración y explotación.

A cualquier nivel de riesgo hay financiamiento a un costo proporcional. El resultado ha sido que en Estados Unidos (con 15 por ciento de las reservas recuperables globales) se han perforado más de 4 millones de pozos de petróleo y gas, mientras el resto del mundo sumado apenas perforó millón y medio.

A mayor actividad, más innovación, mejor tecnología, más inversionistas, menores costos de producción; esto se refleja en mucho menores costos de energía eléctrica para uso residencial e industrial, mayor producción de acero, aluminio, cemento y otros bienes cuya producción requiere de energía en forma intensiva, más empleo, más crecimiento. Quizá Cuarón también debería preguntarle a nuestros vecinos si les ha convenido. Creo que las carcajadas se oirían hasta Londres, donde él vive.

Ha sido de tal magnitud el exponencial crecimiento en la producción de gas, que éste, que tradicionalmente se vendía a un séptimo de lo que cuesta el petróleo, hoy se vende a una vigésima parte. Dada su baja densidad y, por ende, la dificultad para transportarse, la mayoría de la producción satisface demanda local. En ciudades como Nueva York se invierten cientos de millones de dólares convirtiendo edificios para que utilicen gas natural como energía, y pronto lo hará también el transporte. Por eso, a pesar de que las restricciones ambientales europeas son más estrictas e imponen el uso de energía renovable, la emisión de gases de carbón en Estados Unidos ha caído más rápidamente, simplemente por usar más gas, un energético no renovable pero limpio.

En México, a paso de tortuga, aunque sea en la dirección correcta, empezamos a despertar a la oportunidad. Es importante subrayar que carecemos de las fortalezas de nuestros vecinos. Recordemos el fracaso reciente del parque eólico Mareña en Oaxaca, aniquilado por la extorsión de ejidatarios, práctica explicada elocuentemente por Sergio Sarmiento en su columna de Reforma ayer.

La Reforma Energética cambia radicalmente el potencial de crecimiento de la economía mexicana. Pero, sus alcances estarán seriamente limitados si no fortalecemos el marco regulatorio que le ha costado miles de millones de dólares de inversión a México.

Twitter: @jorgesuarezv