Opinión

Una recesión global
'made in China'

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china

Cuando hablábamos sobre la necesidad de un Inegi indiscutiblemente independiente, China nos provee buen ejemplo del peligro de cifras manoseadas por políticos y burócratas. En forma inverosímil, China confirma repetidamente sus pronósticos oficiales de crecimiento con precisión. El truco está en su medición de inflación.

Los países reportan crecimiento real, restando inflación del crecimiento nominal. China sube o baja la cifra que reporta de inflación, usándola como comodín para dar en el clavo. Si nos fijamos sólo en crecimiento nominal, éste es mucho más volátil. El componente industrial del PIB chino (que incluye manufacturas, minería, generación de energía eléctrica, etcétera) creció sólo 1.2 por ciento en el segundo trimestre del año pasado, menos de una cuarta parte de lo que creció en 2014. El sector construcción creció 4.1 por ciento en ese trimestre, cuando lo había hecho 9.8 por ciento el año anterior. El crecimiento en el sector financiero compensa, lo cual es preocupante.

Según Harry Wu, profesor de Economía de la Universidad Hitotsubashi de Tokio, entre 1978 y 2014 la economía china creció 7.1 por ciento (no 9.6 por ciento, como reportó el gobierno), y sólo 3.9 por ciento en 2014, no 7.0 por ciento. ¿Por qué es tan relevante saber cuánto crecen? Porque si generan 46 por ciento del PIB con inversión, es alarmante no crecer siquiera 4.0 por ciento. La economía china presenta problemas estructurales mucho mayores de los que los mercados descuentan.

Para tan estratosférica inversión, se requiere de contratación de crédito que también lo sea. Es imposible que el crédito crezca así sin un deterioro escalofriante en su calidad. La inversión se desploma, el consumo crece poco, al igual que el ingreso de las familias. Exportar es una opción desesperada, y de ahí que empezaran a devaluar su moneda el año pasado.

Necesitan abaratar exportaciones, encarecer importaciones, y compensar la significativa fuga de capitales que enfrentan, devaluarán mucho más este año. Su margen de maniobra es ostensiblemente menor a lo que reflejan sus reservas internacionales. Éstas incluyen créditos a Venezuela o inversiones en África, de cobro cuestionable y liquidez limitada. Más aún, el Banco Central chino obtendría un oportuno beneficio cambiario por tener activos en dólares y pasivos en yuanes. Devaluar resulta infinitamente más deseable que seguir sangrando reservas.

Mala noticia para el mundo en general, y para México en particular: caerá la demanda china por bienes de capital, afectando a los países que se los venden (Corea, Japón, Alemania, Estados Unidos) y, sobre todo, caerán las materias primas. Adicional a la caída en 2015, podríamos ver precios en promedio 30 por ciento menores, lo cual regresaría a estos productos a comportamientos normales de largo plazo.

Si consideramos que la deuda no bancaria fuera de Estados Unidos ascendió a 9.6 billones (millones de millones) de dólares a marzo de 2015, el fortalecimiento del dólar contra todas las monedas del mundo (particularmente contra las de mercados emergentes) y tasas de interés marginalmente mayores provocarán un doloroso encarecimiento de ésta. En países como Brasil la deuda privada pasó de 50 por ciento del PIB en 2007 a 83 por ciento en su punto más alto del año pasado. La caída en la encuesta ISM de manufacturas estadounidense predice menos de 2.0 por ciento de crecimiento en 2015. Podríamos ver crecimiento global debajo de 2.5 por ciento, eso se sentirá como una recesión. China exporta deflación en forma masiva y las empresas de todo el mundo sufrirán por la debilidad de los precios de sus productos y servicios.

Recordando que en el último lustro 43 por ciento del crecimiento global provino de economías emergentes, difícilmente veremos que economías desarrolladas compensen la desaceleración que provendrá de devaluaciones, fugas de capitales y caída en los precios de materias primas. Sólo economías importadoras netas de éstas, como India, se benefician. Maury Obstfeld, economista del FMI, publicó recientemente comentarios alarmantes sobre las expectativas de crecimiento mundial.

México se tiene que adaptar urgentemente a este entorno. El precio de la mezcla mexicana bajará hacia 20 dólares y las coberturas no son gratuitas. Las exportaciones a Estados Unidos se debilitarán. México no debe seguirse endeudando para compensar menores ingresos fiscales.

Urge racionalizar el gasto público. La única alternativa para crecer será inversión privada nacional y extranjera. Sólo puedo pensar en un camino para fomentarlas: fortalecer Estado de derecho, aumentar la certeza jurídica de la propiedad privada, e invertir fuertemente en seguridad, recuperando regiones afectadas por crimen creciente. Urge reducir el enorme lastre de Pemex en nuestra economía, a la que resta casi un punto porcentual de crecimiento anual.

Tomemos al toro por los cuernos para reducir definitivamente la planta laboral, eliminando inversiones absurdas. Urge incrementar productividad para compensar la creciente competencia que nuevamente provendrá de China.

Es indispensable atraer capitales que salen de otros mercados. Nada sería más efectivo que apuntalar, sin demagogia, la iniciativa nacional anticorrupción. Ése es, crecientemente, el eslabón más débil que genera preocupación y escepticismo entre inversionistas internacionales ávidos de creerle a México.

Twitter: @jorgesuarezv

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