Opinión

Una pincelada sobre Scherer

Un modelo de periodismo ácido y crítico, beligerante y siempre en el filo de la ética, llegó a su fin el miércoles con la muerte de Julio Scherer García. Periodista polémico, controvertido y de claroscuros –como todos los seres humanos–, es sin lugar a duda el símbolo de la prensa independiente más sólido en la historia de México, y el inspirador de cientos de jóvenes que arrastrados por su ejemplo y mito, irrumpieron en las redacciones de los periódicos en los últimos 30 años. Scherer, con esa eterna voz de misionero, decía, al definir su profesión: “La cirugía y el periodismo remueven lo que encuentran, (y) por eso, el periodismo ha de ser exacto, como el bisturí”.

Terco, sello de su personalidad, resistió dos años de problemas gastrointestinales, complicados hace 13 meses por una neumonía de la cual se pensó que no saldría. Hace pocas semanas sufrió una caída en su departamento al sur de la ciudad de México, de la cual no se recuperó. Don Julio, un Aries típico –enérgico, temerario y osado–, murió a los 88 años, por un choque séptico, que es un fallo multiorgánico que encuentra víctimas cuando tienen un sistema inmunitario debilitado. Fue consumido por la edad, tras una vida llena de entusiasmo hasta el final.

Scherer comenzó su vida de periodista como antaño lo hacían muchos, como ayudante en la redacción de Excélsior, cuando el legendario Rodrigo de Llano dirigía el periódico seis meses en la ciudad de México, y otros seis desde Nueva York. Comenzó a publicar sus primeros textos a los 22 años en el extinto vespertino de la Casa Excélsior, Últimas Noticias, que era el escalón obligado antes de tener el privilegio
–porque eso fue durante muchas décadas– de escribir para el periódico madre que, muchos años después bajo su dirección, llegó a estar entre los más importantes del mundo.

De un talento nato como escritor, las crónicas de Scherer, su erudición y su enorme ojo clínico para detectar historias que contar, lo hizo crecer dentro de las estructuras jerárquicas de la cooperativa que era Excélsior. A la muerte de Rodrigo de Llano, lo sustituyó su subdirector, Manuel Becerra, quien tuvo como lugartenientes a tres compadres que construyeron el periódico que haría historia: Scherer, Manuel Becerra Acosta y Alberto Ramírez de Aguilar. A la muerte de Becerra Acosta en 1968, el periódico se revolvió en una sucesión ideológica, entre la extrema derecha que postulaba a Miguel Ordorica, y el social cristianismo que encarnaba Scherer.

Scherer iba a perder la votación de la cooperativa, pero dos fieles del llamado Grupo de los 19 que trabajó para llevarlo a la dirección, Ángel Trinidad Ferreira y Miguel López Azuara, irrumpieron la asamblea con una caja llena de papeles que documentaban la corrupción de la administración vinculada a Ordorica, con lo cual cambió la votación, la historia del diario y del periodismo mexicano.

Por primera vez aparecieron contenidos de corte social y reportajes sobre la pobreza en México, aparejados de una dinámica de confrontación con el gobierno. Scherer asumió la dirección de Excélsior el 1 de septiembre de 1968, un mes antes de la matanza de Tlatelolco. Amigo del presidente Gustavo Díaz Ordaz, se negó a publicar los desplegados de los estudiantes en huelga, a cuyos líderes escuchaba pero regañaba. La noche del 2 de octubre Scherer no quería informar los detalles de la matanza, pero varios miembros del Grupo de los 19, encabezados por Eduardo Deschamps, lo persuadieron a no censurar la matanza de Tlatelolco. Así lo hizo, y rompió su relación con Díaz Ordaz.

Con Luis Echeverría, su sucesor, fue más cercano. Cuando en 1972 el sector privado decretó un boicot publicitario a Excélsior en protesta por sus coberturas, el gobierno de Echeverría pagó la nómina del diario durante dos años; y cuando en 1975 tuvo un problema con ejidatarios en Paseos de Taxqueña por unos terrenos que pertenecían a la cooperativa, lo ayudó para resolverlo, con mediación política y dinero. Un año después los ejidatarios los invadieron, empujados y respaldados por el gobierno, lo que propició la salida de Scherer y 250 colaboradores más del periódico, la tarde aciaga del 8 de agosto de 1976.

Scherer se había enfrentado con Echeverría. Siempre se adjudicó la confrontación a la molestia por los artículos de Gastón García Cantú, aunque en el fondo estuvo la sucesión presidencial, donde la línea editorial del periódico apoyó al entonces secretario de Gobernación, Mario Moya Palencia. La salida de Scherer propició el nacimiento de Proceso, el semanario que durante más de una década fue el piolet incansable que martillaba el autoritarismo mexicano. La revista se convirtió en una necesidad existencial para miles de mexicanos, y cada domingo suspendía la respiración entre los políticos en espera de que no fueran sujetos de una denuncia.

Scherer tenía múltiples amigos en las esferas del poder, pero nunca su cariño fue suficiente para censurar una información. Sobre la noticia, no había nada más sagrado. Cuando le reclamaban los políticos el por qué, si tanto lo habían ayudado, los golpeaba, Scherer les respondía: “Para que no digan que me compraste, hermanito”. Don Julio murió en la madrugada, con ese legado tallado a mano durante toda su vida: íntegro y seguro siempre a que las cosas que hacía y cómo las hacía, no eran por él, sino para el bien mayor.

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