Opinión

Una mala idea

A inicios de los noventa, cuando todavía existía el viejo régimen, fue creciendo un movimiento a favor de transformar la capital del país en un estado, empezando por la elección de los gobernantes. En la reforma política de 1996 se logró buena parte de lo que se buscaba, mediante un estatus especial para el Distrito Federal (DF), que sin llegar a ser un estado, se convertía en una entidad mucho más democrática.

Desde 1997, podemos elegir al jefe de Gobierno y desde 2000 a los jefes delegacionales. Pero hay todavía algunas cosas que hacen diferente al DF. Primero, la fuerza pública y la impartición de justicia no están totalmente en manos del jefe de Gobierno, que debe someter sus propuestas para encabezar esas dos áreas al presidente. Segundo, la deuda pública, que debe ser autorizada por el gobierno federal (que la respalda). Tercero, las delegaciones no son municipios. Esto significa que no recaudan el predial ni el agua, no tienen las mismas obligaciones que aquéllos, y no existen cabildos.

Desde el Pacto por México se anunció que la reforma política del DF, que lo convertiría en un estado, se estaba negociando. No salió con todas las demás reformas, pero ahora dicen que está casi lista. Espero que no sea así.

Cuando se propuso inicialmente esta reforma, el DF tenía un serio déficit democrático, pero éste se ha reducido significativamente. Pero como se convirtió en una bandera política, se sigue promoviendo, sin reconocer que los costos de la reforma pueden superar por mucho sus virtudes.

La reforma, me parece, lo único que agregaría es la existencia de cabildos, algo que podría lograrse sin modificar por completo el estatus actual de la entidad. Lo otro, el nombramiento de Policía y Procuraduría, así como el techo de endeudamiento, creo que son caprichos. La transformación de la Asamblea en Congreso, la verdad, no me parece que sirva de nada. Como no sirven los congresos locales.

Convertir al Distrito Federal en un estado implicaría que el predial y el agua fuesen recaudados por las delegaciones, convertidas en municipios, que deberían ser responsables de su fuerza pública. Eso será una tragedia por todos lados. Precisamente es el problema de los estados: no tienen recursos y no tienen mando único de la policía. ¿Por qué querríamos quitar al DF lo que queremos darle a los demás? Ahora que si me dicen que eso no piensan cambiarlo, entonces me pregunto ¿para qué quieren la reforma? 

Aquí mismo hemos comentado acerca de los problemas que tenemos con el federalismo ficticio, que lo único que produce son autócratas estatales, que controlan Congreso, Tribunal, organismos autónomos y hasta la prensa, de forma que pueden actuar como lo hacía el presidente en los tiempos del viejo régimen. Los estados no se pueden financiar solos ni garantizan la seguridad de los habitantes, las dos condiciones elementales de un gobierno.

Repito la pregunta, ¿por qué querríamos que el DF sea un espacio más para la autocracia, el dispendio y la irresponsabilidad? Tal vez la vocación democrática de hace dos décadas se ha ido convirtiendo en simple apetito de poder. O tal vez ni cuenta se dan de lo que hacen. Para lo que sirva, yo voto en contra de la reforma del DF.

Twitter: @macariomx