Opinión

Una gran oportunidad

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Pobreza (Cuartoscuro)

Ante la caída de los ingresos petroleros, el secretario de Hacienda anunció un recorte al gasto público de 124 mil millones de pesos para el año en curso y propuso un presupuesto base cero a partir de 2016. El sector empresarial aplaudió el ajuste del gasto como ejemplo de responsabilidad fiscal, pero el tema más trascendente es que un presupuesto base cero significaría revisar en su totalidad cada programa público y ser una oportunidad para reorientar las prioridades del gasto, eliminar los programas de dudoso beneficio social y mejorar la eficacia del presupuesto. Una verdadera reforma hacendaria sin cargo a los contribuyentes.

Durante los últimos 15 años, el gasto público ha crecido más de 100 por ciento en términos reales: pasó de poco más de dos billones en 2000 (precios constantes de 2014) a 4.6 billones este año. Pero mucho gasto no significa buen gasto. Cada año se festejan montos “históricos” para salud, el campo o las universidades públicas, pero el impacto de ese gasto ha sido limitado porque muchos programas carecen de objetivos y metas claras, porque una porción se queda en las manos de intermediarios políticos y, en ocasiones –como ha señalado por años la Auditoría Superior de la Federación– porque parte de ese recurso se reasigna para otros fines distintos a los originales.

En lugar de mejorar la calidad del gasto público para que rinda más y focalice a sus destinatarios, en los últimos 15 años se ha puesto dinero bueno sobre el malo: se suman recursos a programas preexistentes sin revisar el logro de sus metas. Por muchos años, por ejemplo, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval) ha señalado muchos programas que no cumplen sus objetivos sin que los legisladores usen esa información para reducirles fondos y crear otros de mayor impacto.

También ha ocurrido que el éxito inicial de los programas sociales de transferencias de dinero –como Prospera, antes Oportunidades– fomentó que muchos gobiernos estatales los replicaran, en ocasiones duplicando los objetivos y los beneficiarios de programas federales. Sin padrones integrales y transparentes, muchos programas sociales malgastan el dinero sin llegar a quienes lo necesitan.

Los presupuestos con tintes clientelares dan lugar a presupuestos inerciales, como el mexicano, porque reproducen año con año privilegios y prerrogativas de ciertos grupos e intermediarios que lucran con los beneficios y se niegan a renunciar a su modus vivendi. También son resultado de burocracias que se resisten a desaparecer, aun y cuando ya no tengan una misión que cumplir.

El presupuesto para el campo, para programas sociales o para la educación pública es sacrosanto y nadie somete sus programas a una rigurosa evaluación. Hace algunos años, por ejemplo, Raúl Alejandro Padilla, diputado del PAN y presidente de la Comisión de Presupuesto, cuestionó el aumento de los recursos para la UNAM: “Creo que no podemos seguir inyectando dinero a la educación si no tenemos resultados académicos de los estudiantes que sean loables; debemos tener una evaluación...”. En lugar de dar cuentas de los resultados de cada peso invertido, investigadores, académicos y estudiantes de la UNAM lo llamaron “iletrado”, “falaz” y “burro” y exigieron su remoción de la comisión.

Aunque invertimos miles de millones de pesos en educación superior, no podemos pedir que se evalúe la eficacia e integridad de las universidades, a pesar de que algunos rectores usen el financiamiento que reciben para promover su figura y construir una carrera política mediante publicidad, viajes, etcétera. De eso nadie habla.

Por eso es una extraordinaria oportunidad que el secretario de Hacienda haya anunciado, primero, ajustar el gasto público y reiterar que no habrá más endeudamiento ni tampoco más impuestos. Pero más importante aún, que se diseñará un presupuesto base cero a partir de 2016. Eso significa someter a todos los programas públicos a un escrutinio para conocer sus metas y evaluar sus logros. Y a partir de esa revisión, construir el presupuesto desde cero, eso es, derribar las inercias del pasado y la comodidad del incrementalismo, para replantear el presupuesto en su totalidad.

Construir un presupuesto base cero significa un conflicto político de enormes proporciones porque muchos grupos e intermediarios que viven al amparo de recursos y programas de baja utilidad pública perderían sus prerrogativas. Las marchas y desafíos de los maestros disidentes en los últimos meses para no perder sus plazas y evitar que la Secretaría de Hacienda ponga orden en la nómina es sólo una pequeña muestra del tipo de conflictividad que este nuevo mecanismo puede despertar.

La mejor reforma fiscal debe partir de mejorar el gasto, antes de buscar más fuentes de ingreso. Si se gasta bien, hay más legitimidad para pedir más recursos. El buen gasto además reduce las oportunidades de corrupción, estimula el crecimiento y genera un círculo virtuoso que mejora la gobernabilidad del país. Si bien es cierto los recursos del petróleo han servido para construir infraestructura, también han sido una fuente de pereza política, de corrupción, de aumento de la nómina sin justificación. El gobierno puede convertir el nubarrón de la caída de los precios del petróleo en una oportunidad.

Twitter: @LCUgalde

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