Opinión

Una corcholata, un triciclo rosa y unas crepas

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pati martin

“Hay esperanza; infinita esperanza pero no para nosotros, dijo Kafka”. Hace unos días recibí un mensaje de mi amigo Jose Dávila que empezaba así: “Tengo una sensación de vacío en el estómago; vacío y desasosiego.

Nos quejamos de que la gasolina suba, pero nadie se queja que un café en el Starbucks cueste 90 pesos, no hay educación básica, el civismo es casi inexistente, la miseria nos persigue, el hambre ahoga al pueblo, el narco no se puede derrotar, las ciudades se hacen feas, la contaminación crece mientras estoy viendo a mi hija comerse un sándwich de jamón con pan, pensando qué mundo le va a tocar.” El mensaje me llegó mientras miraba a mis hijos comerse unas crepas.

Se nos cayó el teatro, es el nombre de la exposición, con la cual la Galería Lodos inaugura su nuevo espacio en el Edificio Humboldt, en la calle Artículo 123, 116 interior 301, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Esta galería que surgió en Chicago en el estudio que ocupaban cuatro artistas, es un espacio independiente organizado por artistas, curadores, escritores, colaboradores y amigos. La exposición reúne obras bajo la premisa: “Que se escriba el nuevo manifiesto del cinema mexicano!” y muestra piezas que no son cine, que no son exclusivamente mexicanas, que no son un manifiesto y tampoco necesariamente nuevas.

La localización de la nueva galería incita a la reflexión: El artículo 123 de la Constitución mexicana sustenta que todas las personas tienen derecho al trabajo digno y socialmente útil, y se encuentra esquina con Humboldt, el gran descubridor de nuevos territorios que ahora se enfrenta al del desasosiego.

Paisaje, pieza de Diego Salvador Ríos consiste en cuatro cajas de plástico rojos y naranjas con tapas grises, que normalmente usa para guardar sus obras o sus materiales, apiladas, tres de un lado y una al otro. Sobre las cajas descansan unos tablones de triplay, MDF y pino, y encima de estas maderas se encuentran:

Monolito, una piedra pomex quita pelusa tallada y colocada de forma vertical bajo un capelo de vidrio; Momia, el cadáver de una catarina en una bolsita se ziplock pegada a un cristal; y Territorio, una corcholata desgastada con polvo y laca automotriz. Sobre la caja sola está Jardín de Esculturas, un pedazo de papel de terciopelo azul de unos 20 x 20 centímetros, sobre el cual hay una pieza de cerámica y una bisagra oxidada objetos que remiten a otra escala al trabajo de Franz West, Anthony Caro, Richard Deacon, Henry Moore, entre tantísimos otros…

Territorios personales, conyugales, familiares, fraternales; territorios nacionales, territorios imaginados y territorios reales. La exposición, con sus diferentes obras, aclara que los territorios como los concebimos son necesariamente parte de una medida. ¿Quién los delimita, cómo se determinan?

Desde la ventana de la galería, a media cuadra, se observa una banda de chemos tirados en las banquetas, sin camisa, que se juntan, se chemean, se madrean. Ahora todos golpean a uno que cae; me parece que lo mataron… pero no, movió la cabeza, solo está inconsciente. Y el policía de la calle dice: “están jugando…”

En la esquina aparece una niña en un triciclo rosa, rodeada por estos indigentes que juegan con ella y con un ula-ula; alguno de ellos será su padre o su madre. Me vienen a la mente la distancia entre un triciclo unas crepas y un sándwich, o ¿como es qué se del no-futuro?

Y mientras tanto, a menos de una cuadra, dentro de una galería que apenas comienza, la pieza de Lewis Teague Wright rota y rota, y sobre la cual se lee: they gather, and are said to be waiting for the resurrection of hope…. (se reúnen, y les dicen de esperar por la resurrección de la esperanza).

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