Opinión

Una carta de amor a The Lobster

 
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The Lobster. (t3.gstatic.com)

Bienvenidos al mundo distópico de The Lobster, la quinta película del magnífico director griego Yorgos Lanthimos. Los solteros como David (Colin Farrell) están obligados a recluirse en El Hotel, donde tienen 45 días para encontrar pareja antes de que las autoridades los transformen en el animal de su preferencia (la transformación no es nada placentera). La sociedad prohíbe la soltería: en caso de escapar, la única alternativa es unirse a Los Solitarios, quienes viven en el bosque que separa El Hotel de La Ciudad y castigan a todo aquel que intente entablar una relación de pareja.

Tras su divorcio, David –un hombre con el aspecto desanimado de un cajero de banco– llega a El Hotel, un resort cuyas instalaciones corporativas y amarillentas por lo menos colindan con el mar. El recién llegado no tarda en volverse cuate de un hombre cojo (Ben Whishaw) y otro zipizapo (John C. Reilly), quien a pesar de su impedimento al hablar desea transformarse en un perico. David quiere ser langosta, un animal longevo, fértil a lo largo de su vida (esos son sus motivos).

Durante los prime-ros días, el trío parece tomarse la encomienda con calma. Conforme las semanas avanzan, y caen en la cuenta de lo que está en juego, dos de ellos mienten para hallar una pareja. 

The Lobster
Año: 2015
Director: Yorgos Lanthimos
País: Grecia
Productores: Ceci Dempsey y Ed Guiney
Duración: 118 minutos
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Eventualmente, David sale de El Hotel, donde las normas son aún más estrictas, incapaz de iniciar un romance con una mujer (Rachel Weisz), miope como él.

Desde Dogtooth, película nominada al Óscar en la que tres chicos vivían encerrados en casa de sus padres, apartados del mundo exterior, Lanthimos demostró una habilidad digna de George Saunders para fabricar premisas y atmósferas cuya inverosimilitud no les resta un ápice de fuerza. The Lobster ocurre en un sitio en apariencia ordinario pero que opera con reglas fantásticas y Lanthimos acierta al tomárselas en serio, logrando que el espectador las acepte como una parte lógica del contexto. Aunque The Lobster está llena de humor negro, sus personajes no le guiñan el ojo a la cámara. El resultado mezcla la comedia con un calibre de angustia (y, hacia el final, de tristeza) inusitado para una película con una premisa tan ostensiblemente absurda.

Lanthimos dirige con precisión quirúrgica. No hay un solo actor que salga del estilo deadpan que la película necesita para representar un lugar en el que la gente, al mismo tiempo alejada y obligada a estar con el otro, adecuadamente habla con la parquedad y monotonía de un androide. El romance entre David y la mujer miope ocurre en un bosque salpicado de animales disonantes con su entorno (las víctimas de El Hotel), una suerte de jardín del Edén sombrío, perfecto para un amor que culminará como el suyo. Cada instante tiene un detalle visual que enriquece la puesta en escena (la familia del hombre cojo, coordinada en camisetas de marineros; la mujer sin corazón –Angeliki Papoulia– espiando una charla que la convencerá de acercarse a David), y las secuencias frecuentemente culminan de forma inesperada, salpicadas de diálogos chispeantes, sugerentes y/o terribles (There’s blood and biscuits everywhere).

Si bien Lanthimos evita que The Lobster sea una alegoría obvia o redundante, jamás se nos escapa lo que está satirizando. Ahora que sitios de internet y aplicaciones para el teléfono móvil determinan nuestro calibre de compatibilidad con un tercero, El Hotel –donde la manera más fácil de emparejarse es fingir rasgos en común con el pretendiente en turno– resulta un sitio ominoso por reconocible: Tinder barajeado con The Hunger Games. Lanthimos no solo se burla de la manera en la que interactuamos hoy. Sin dejo de cinismo, The Lobster expone, como Force Majeure lo hizo hace poco, el infantil egoísmo del ser humano, quien dice querer a otra persona más que a su vida… hasta que su propia vida corre peligro.

Twitter:@dkrauze156

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