Opinión
JOSÉ ANTONIO MEADE, ASPIRANTE A LA CANDIDATURA DEL PRI

Un tecnócrata que se prepara ahora para la batalla política

    
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José Antonio es el primer nieto del zacatecano José Kuri Breña, uno de los más renombrados escultores contemporáneos y el primogénito de Dionisio Meade, economista y abogado como él. Ahí estuvo, en primera fila, cuando su hijo fue aclamado para contender por la candidatura del PRI a la presidencia de la República.

Entrevisté a Meade tiempo atrás, cuando era Canciller. Lamentaba que, de su abuelo, no heredó la destreza: “Tengo buen ojo, pero ninguna habilidad”.

El funcionario –que ha dedicado su vida al servicio público– trabajó durante nueve meses en Banamex, cuando aún pertenecía al Estado. Es que Dionisio Meade había aleccionado a sus hijos en la entrega al servicio público. La madre, educadora, los enseñó a lidiar con la presión y la tenacidad, resumida coloquialmente en una frase: “El no ya lo tienes”.

En estos días, su currículum deslumbra a la prensa: la mención honorífica en Economía en el ITAM y el título en Derecho por la UNAM. No digamos el doctorado en Finanzas Públicas y Economía Internacional en Yale. Tiene todas las credenciales del tecnócrata.

Su trayectoria en el sector financiero y hacendario inició en 1991 como analista de planeación en la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas. Luego fue director general de Planeación Financiera en la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro, secretario adjunto de Protección al Ahorro Bancario en el Instituto para la Protección al Ahorro Bancario y director general de Banca y Ahorro de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

Dirigió Banrural y su sucesora, la Financiera Rural, una vez que saneó el primero. En 2006 fue designado coordinador de asesores del secretario de Hacienda, Agustín Carstens. También fue subsecretario de Ingresos, hasta que Felipe Calderón lo designó secretario de Energía, la primera del llamado supersecretario.

Meses después, encabezó por primera vez la Secretaría de Hacienda hasta que, en el actual sexenio, Enrique Peña Nieto lo nombró canciller. Fue el único miembro del gabinete anterior que repitió en el nuevo gobierno. En ese cargo, defendió al gobierno de Peña frente a las denuncias por la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, por las recurrentes denuncias de tortura y por la matanza de Tlatlaya, entre otros agraviantes casos que fueron noticia en el mundo.

Meade dejó la Cancillería para ocupar la Secretaría de Desarrollo Social, sustituyendo a Rosario Robles, pero pronto volvió a su terreno, la Secretaría de Hacienda.

El candidato tiene tres aficiones: la lectura, las corridas de toros y el dominó. Recientemente, la prensa ha publicado fotos de él jugando beisbol. Sin embargo, no es un deportista. “Esa vocación –me dijo– no la hemos generado”.

Es un hombre organizado. Distribuye con orden sus lecturas, versiones digitales en español o en inglés. Es fanático de la novela policiaca. Entre sus favoritas figuran Balas de plata, Cuello Blanco y El Complot Mongol, de Rafael Bernal, considerada la novela inaugural del género policiaco en México.

José Antonio Meade siempre habló con facilidad el lenguaje de las matemáticas, tan incomprensible para otros, entre los que me cuento. Su mente, de estructura lógica, facilidad para formular argumentos y para solucionar problemas, tendrá que adaptarse entre otras cosas, para la oratoria. Tendrá que pronunciar discursos de manera apasionada y convincente. Tendrá que moverse con soltura en las aguas movedizas que son los mítines, tendrá que responder preguntas sobre su vida privada. Y sobre todo él, que asegura que no tiene cadáveres en el clóset (aunque ha formado parte del gobierno percibido como más corrupto en los últimos tiempos), tendrá que pintar una raya que lo separe de los gobiernos de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, de quienes hasta ahora es indivisible.

El nuevo aspirante a candidato presidencial del PRI, el primero sin militancia, tiene fama de ser hábil en las negociaciones. También de ser preciso en el diagnóstico. Él se precia de ello. Un buen negociador, afirmaba, estaba hecho de la comprensión del marco institucional y de las reglas del luego. “Hay que estudiar, estudiar mucho. También ayuda pensar a largo plazo, bajar nuestras expectativas y anticiparse. Hay que definir el resultado que se espera de un encuentro, definir un objetivo con disciplina. Si uno se prepara, reduce los elementos de incertidumbre y si todo falla, aligera saber que hiciste todo lo posible”.

Meade ganó su reputación como negociador cuando trabajaba con Agustín Carstens, entonces secretario de Hacienda. Se le atribuye el éxito en la aprobación de la Reforma Fiscal, pues fue él quien concertaba con el Congreso.

Gerardo Laveaga, presidente del Instituto Federal de Acceso a la Información, lo entrevistó hace tiempo para la revista El mundo del abogado. Escribió al respecto: “Meade –me confió hace poco un senador– fue el secreto del éxito de Paco Gil, de Carstens y de Cordero ante el Congreso de la Unión. Como secretario de Hacienda, se valió de sus capacidades tecnocráticas para fijar el techo del gasto, definir y delimitar los desafíos del gobierno federal y diseñar las políticas públicas que aterricen estos planes”.

La disciplina le será útil como candidato. Los candidatos son soldados. Como tal, necesitará desarrollar muchas otras habilidades, habilidades que no le conocemos.

Twitter: @scherermar

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