Opinión

Un presidente sin medallas

 
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Enrique Peña Nieto

Alfredo Castillo logró un milagro: en cuanto partió de Río de Janeiro, en medio de un vendaval de críticas, los atletas mexicanos comenzaron a ganar medallas. Hay que agradecérselo.

Quizá en las mismas horas en que Castillo volaba de regreso, en Michoacán, uno de sus hombres de confianza, Juan José Farías, sufría un atentado a balazos al lado de su sobrino, menor de edad.

Farías, para más señas, aparece en expedientes oficiales como un personaje ligado a un cártel del narcotráfico, cosa que no importó cuando Alfredo Castillo lo convirtió en uno de sus aliados principales para acabar con las autodefensas y llevar a prisión al doctor José Manuel Mireles.

Nada importa porque Castillo es el funcionario teflón: las críticas, las acusaciones judiciales, las denuncias, sus ligas con el impresentable #LordRollsRoyce, todo se le resbala, como prueban los casos de la niña Paulette, de los feminicidios en el Estado de México, de la Profeco y un largo etcétera.

El funcionario teflón confía en que contará siempre con el respaldo del presidente de la República y por eso, incluso cuando está en la lona de las redes sociales, se muestra prepotente y cínico. Con esa cara acudirá a “rendir cuentas” ante el Congreso, a exhibir su frivolidad.

Afortunadamente para México, contamos con competidores olímpicos a la altura de las competencias internacionales, hombres y mujeres jóvenes que pusieron todo su empeño en lograr buenos resultados, muchas veces contra el comportamiento faccioso y corrupto de los mandos de sus federaciones deportivas y sin apoyo oficial. Ellos merecen todo nuestro reconocimiento y admiración.

María Guadalupe González Romero en marcha, Misael Rodríguez en boxeo, Germán Sánchez en clavados, María del Rosario Espinoza en taekwondon e Ismael Hernández en pentatlón, son, al momento de cerrar esta nota, los mexicanos que tienen medallas gracias a su propio esfuerzo, su talento y su dedicación.

Los casos de varios de ellos ilustran perfectamente la tragedia que vive el deporte mexicano, presas sus federaciones –en algunos casos– de liderazgos mafiosos y víctima, además, de funcionarios sin conocimiento ni compromiso.

En Río, Alfredo Castillo transfiguró una dependencia oficial, la Comisión Nacional del Deporte, en una simple “agencia de viajes” y mantuvo su línea de confrontación con algunas de las federaciones deportivas, mientras permitía que su pareja sentimental vistiera el uniforme olímpico oficial.

Si Castillo Cervantes conociera la decencia, ni siquiera estaría pensando en comparecer ante el Congreso para explicar lo inexplicable.

Apenas en enero pasado, durante la entrega del Premio Nacional del Deporte, el presidente Enrique Peña Nieto intentó una analogía entre el deporte y la situación del país, cuando dijo: “México como país es como en el deporte: estamos empeñados en mostrar nuestra capacidad de rendimiento, de ser mejores, de destacar y de distinguirnos frente al mundo, y lo estamos haciendo; el mundo así lo está reconociendo”.

Pero lo que el mundo “está reconociendo”, sin embargo, es que las reformas de Peña Nieto han fracasado, que es el presidente más impopular de la historia reciente y que no pasa un día sin que sume nuevos escándalos de corrupción.

En la oportunidad referida, el jefe del Ejecutivo informó también que su gobierno destinó 7 mil millones de pesos al deporte, y agregó: “Es una cifra importante que, bien empleada, dedicada y orientada, sin duda dará mayores frutos y glorias dentro del deporte nacional”.

Nada cambiará en tanto no exista una sólida infraestructura deportiva y se dote de recursos suficientes al sector. Y, por supuesto, cuando esos recursos sean empleados con honradez y pertinencia.

En lo que toca al deporte, el gobierno de Enrique Peña Nieto actúa de la misma forma que en otras áreas sensibles. Ahora mismo despliega una campaña para intentar convencer a la sociedad de que los malos son los otros: las federaciones deportivas o la maestra Gordillo o quien sea. “Por el bien de los niños y los jóvenes”, dicen. “Nadie puede estar por encima del derecho a la educación”, machacan.

Sin embargo, ellos y sus intereses y sus negocios están por encima de todo. Las únicas medallas que merecen son las de la mentira y la vergüenza.

La autora es senadora de la República.

Twitter:@Dolores_PL

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