Opinión

Un par de tips de oratoria
que EPN debería dominar

 
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Enrique Peña Nieto

Lo vi en 'Desechos de la Semana' con Javier Alatorre. El presidente Peña Nieto compartía datos sobre México con cierta audiencia durante su recién terminada gira por el Medio Oriente. Cuando quiso aludir al autor de una encuesta, al bajar la vista hacia las hojas que asistían su discurso, no ubicó el dato que ya había anticipado que diría. De manera correcta, guardó silencio. Enfocó su mirada en los papeles. Los manipuló con incomodidad creciente. Los segundos avanzaban. De haber encontrado el dato que buscaba, aún y cuando la pausa hubiera sido larga, Daniel Sangeado no hubiera tenido material. Pero nuestro presidente no aguantó la presión y sintió la necesidad de justificarse.

Elevó los ojos y afirmó “es que aquí hay muchas hojas” y con sonrisa resignada volteó a los lados buscando ayuda.

En más de una ocasión, en vivo y en los medios, he visto al presidente en circunstancias similares, como también he visto a otros políticos y directores de empresas relevantes enfrentar situaciones equiparables.

Nadie, ni los más experimentados, están exentos de un desliz, pero cuando un error se repite de manera regular, vale la pena analizarlo por sus causas e introducir técnicas para evitarlo.

Ofrezco dos tips al presidente para evitar o, en su caso, procesar lo que en oratoria se llama una “laguna mental”:

1.- ¿Qué hacer cuando en público se enfrenta un olvido o se desordena el discurso? Guardar silencio y ver al auditorio de forma directa mientras se piensa como seguir. Un buen orador aprende a pensar viendo a la gente. En caso de que la idea no venga a la mente, existe la opción de improvisar un acto “espontáneo”.

Lo que no se debe hacer es verbalizar el problema emitiendo justificaciones que la gente ni solicitó, ni espera, porque eso agiganta el error. La máxima de la oratoria dice: “Nadie sabe lo que vas a decir más que tú”. Por ende, explicaciones inadecuadas proyectan incapacidad para manejar de manera asertiva olvidos o errores que le pasan hasta al más experimentado. Las audiencias no van siguiendo una presentación o un discurso como teletextos. Menos en la era de los smartphones. Van siguiendo ideas y formándose opiniones. Alterar una secuencia de palabras, improvisar una acción, o brincar de una idea a otra, es posible y es recomendable.

2.- Cuando la oratoria no es el fuerte, ¿Qué debe hacer el equipo de redacción de discursos de un presidente? Reducir los discursos a la mitad, no cortar párrafos o ideas en los cambios de hoja y numerar las hojas de cierta forma que hasta el más despistado pueda ordenar en menos de tres segundos el documento. La era del video y de los tramos de atención corta nos han introducido en el mundo de los short talks. La política latinoamericana parece no entenderlo. Si un líder aspira a la viralidad positiva, ya no basta con incluir sound bites en el discurso o mensajes para receptores externos. El discurso debe ser corto y al grano. Además, dicho de manera pragmática, reducir el tiempo de discurso de alguien que no es improvisador natural reduce en forma más que proporcional la exposición al error.

Lo rebuscado del lenguaje y el exceso de formalidad y extensión que le impone a cada discurso el presidente, lo proyecta acartonado las más de las veces. Su edad, su disposición a sonreir y a posar para los selfies de sus gobernados atenúan el halo de político old fashion.

Entiendo que en estrategia de comunicación política siempre habrá puntos que cruzar a la audiencia y a otros destinatarios a través de los medios, pero ello no impide trabajar la frescura, la concritud y la técnica para evitar los errores evitables al hablar frente a múltiples audiencias.

A ningún político le estorba proyectar en público más dominio y naturalidad.

El autor es empresario y conferencista internacional.

Twitter: @mcandianigalaz

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