Opinión

Un nazi de México

Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y caviló: un gobierno que impide o promueve una legislación que sancione en twitter los mensajes que incitan a la violencia o difunden el odio, ¿atenta contra la libertad de expresión? A veces es saludable no saber qué pensar acerca de algunos asuntos y éste podría ser uno de ellos, pero Gamés opina que si se trata inocular el odio racial o hacer llamados a la violencia, los tuiteros que así lo hagan deben recibir una sanción. Oh, sí.

Leyendo su periódico El País, Gil se enteró de que en España ha reventado una polémica: después de un partido de básquetbol de la Euroliga entre el Maccabi de Tel Aviv y el Real Madrid cientos de personas escribieron mensajes racistas y antisemitas. Bajo el hashtag “putos judíos”, una oleada de odio recorrió twitter. Cinco de los tuiteros más conocidos, que además publicaron con nombre y apellido fueron denunciados ante la fiscalía por la comunidad judía en España.

Oigan esto que dijo Tomás Morgenstern, director de una de las comunidad hebreas y entidades de apoyo a Israel que ha suscrito la denuncia: "La libertad de expresión es un derecho fundamental, pero hay una línea que no puede ser traspasada, como la apología del nazismo”.

Jalife

En la fronda tuitera de nuestros rumbos, medita Gamés, hay un personaje que se dedica a incitar al odio racial en contra de los judíos, a culpar con racismo inadmisible de todos los problemas del mundo a los judíos: un nazi de México. Se trata de un energúmeno llamado Alfredo Jalife-Rahme, quien goza inexplicablemente de espacios públicos importantes, como es el caso de su periódico La Jornada, donde sostiene (es un decir) el peso terrible de sus aburridísimas columnas periodísticas. Gran tribuna para un neonazi. Este Jalife va por el mundo haciéndose pasar por un especialista en política internacional. Diserta ante mapas, señala fronteras con punteros, le habla de tú a Obama, acusa a sus adversarios intelectuales de formar parte del Mossad, en fon.

A los artículos de Jalife publicados en su periódico La Jornada no entra ni Dios padre, su prosa es de cemento armado, escrita en fanatiqués, idioma desprendido de las mentes delirantes, fanáticas, sectarias. Oiga, Jalife, escriba usted algo que se entienda porque las incidencias de sus contribuciones en su periódico La Jornada no tienen ni pies ni cabeza, ni brazos ni manos, ni dedos ni pechos. Oh. Démosle a Jalife una oportunidad para demostrar que Gil Gamés se ha vuelto loco: ¿cree usted, Alfredo, que el holocausto fue uno de los grandes crímenes de la humanidad? Vamos, conteste, Fredo: ¿los campos de concentración en los que se aniquilaba a los judíos, resultan ser una invención del poder judío?

Salud dialéctica

La columna de Jalife en su periódico La Jornada se llama “Bajo la lupa” y en ella escribe cosas como estas: “Por salud dialéctica y cartesiana vale la pena sopesar las variadas reacciones sobre la sangrienta evolución de la preguerra civil que asuela a Ucrania, hoy fracturada entre los ‘pro-occidentales’ del espurio gobierno golpista de Kiev y los secesionistas/federalistas rusófobos/rusófilos de su estratégica parte sudoriental”.

Lectora, lector, no se preocupen, Gil tampoco entendió nada de nada. “Por salud dialéctica y cartesiana”, Gil no volverá ni a oler una columna de Jalife. Esta salud se caracteriza por la negación de la negación y el pienso, luego fanatizo. “El espurio golpista de Kiev”, oh, sí; oh, no. Gamés no sabe si es rusófobo o rusófilo, pero se sabe Jalifóbico. Gilga inquiere a su alma: ¿un neonazi de este calibre debería ser sancionado en tuwiter por sus llamados al odio? Sí. A ver quién le saca a Jalife las castañas fanáticas del fuego nazi.

La máxima de Denis Diderot espetó dentro del ático: “Del fanatismo a la barbarie sólo media un paso”.

Gil s’en va