Opinión

Un golpe temerario

    
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Quema de vehículos en Tláhuac. (Especial)

El abatimiento de un líder criminal debería considerarse, casi invariablemente, como un fracaso del Estado. Si los militares o los policías no pueden concretar la captura sin correr un riesgo personal demasiado alto, el fracaso estriba en que el Estado no tuvo la superioridad (en términos de poder de fuego) que sería necesaria para garantizar la seguridad de los ciudadanos. En contraste, si el abatimiento no fue estrictamente necesario, pero se desprende de la convicción de que en otro caso el criminal 'saldrá libre', estamos ante un escenario muy grave, tanto de desprecio a los derechos humanos, como de desconfianza entre las propias autoridades.

Sin embargo, los abatimientos –esa práctica terriblemente frecuente en los operativos militares– revelan también una concepción equivocada sobre los objetivos en el combate al crimen. Las consecuencias de esta concepción equivocada se han visto decenas de veces en zonas urbanas de Tamaulipas, de Sinaloa o de Jalisco: balaceras, vehículos secuestrados e incendiados: narcobloqueos.

Un escenario así se vivió el pasado jueves en la delegación Tláhuac, como resultado del operativo en el que fueron abatidas ocho personas, incluyendo a Felipe de Jesús Pérez Luna, El Ojos, líder del llamado Cártel de Tláhuac. Durante el operativo, y para evitar la detención del líder, se registraron al menos cuatro narcobloqueos. En éstos, presuntos integrantes del grupo criminal quemaron camiones de carga y de transporte público.

Desafortunadamente, hasta ahora la atención de la opinión pública se ha centrado en un debate estéril: si la organización de El Ojos efectivamente es un cártel (no lo es, a pesar de su nombre, se trata de una organización de carácter local, que se enfoca en la distribución de droga y el narcomenudeo). Sin embargo, la preocupación de fondo debería ser si desarticular la cúpula de dicha organización es una prioridad y podría contribuir a recuperar la seguridad en la capital.

Por una parte, fue acertada la decisión de golpear al Cártel de Tláhuac. Dicha organización ha sido en los últimos meses una de las principales generadoras de violencia en la Ciudad de México. Desde el asesinato de su hermano Víctor Manuel en 2014, El Ojos se fue aficionando a la violencia desmedida. Información de Lantia Consultores señala que, durante los últimos nueve meses, el Cártel de Tláhuac probablemente estuvo vinculado con 81 ejecuciones en siete delegaciones, además de medio centenar de agresiones y balaceras. Esta violencia fue resultado de la estrategia de expansión de El Ojos, y de la confrontación que dicha expansión ha generado con otros grupos criminales, como la célula encabezada por Gastón Montealegre, El Gastón.

El Cártel de Tláhuac también posee una flota de alrededor de 200 motocicletas, que utiliza para operar una amplia red de narcomenudeo que abarca el sur y el oriente del Valle de México, incluido el campus de Ciudad Universitaria (donde hay indicios de que elementos de Auxilio UNAM han sido reclutados como halcones). El Cártel de Tláhuac también logró desarrollar una relación de complicidad con otros actores. Junto con los motociclistas que trabajan para la organización, el cártel cuenta con el apoyo de bicitaxistas, quienes también forman parte de su red de vigilancia y narcomenudeo.

Por todas las razones antes mencionadas era importante que se tomaran medidas contundentes en contra de El Ojos. Sin embargo, los eventos de Tláhuac generan interrogantes importantes en torno a la estrategia que las autoridades están siguiendo, en particular por parte de la Secretaría de Marina. El abatimiento de El Ojos fue un golpe temerario, y los eventos del jueves fueron inéditos en la capital (en el pasado se habían registrado incidentes de alto perfil mediático, como homicidios y levantones en bares, pero no acciones coordinadas por un grupo criminal, al menos no de un calado tan grande, en la vía pública).

Naturalmente, los hechos han generado una cobertura mediática muy intensa que tendrá un impacto negativo sobre la percepción que se tiene de la seguridad en la capital. Preocupa entonces que, en la operación para capturar a El Ojos, no se tomara en cuenta, o no se le diera la debida importancia, a la reacción que podría tener la organización. También preocupa, como mencioné previamente, que el operativo culminara con el abatimiento del líder criminal (es decir, no se contó con la inteligencia para capturarlo sin generar un riesgo demasiado alto de bajas, como sí se ha logrado en el caso de capos de mucho mayor peligrosidad).

En el actual contexto, la prioridad para el gobierno capitalino debería ser mandar un mensaje claro de que acciones como las registradas en Tláhuac no serán toleradas. En las primeras horas después de los hechos hubo algunas señales positivas (de las personas que participaron en los bloqueos, 16 fueron detenidas). Sin embargo, hace falta mucho más que esto. Cuando hace algunos años los narcobloqueos o las balaceras comenzaron a ser frecuentes en varias ciudades del norte del país, las autoridades no respondieron con contundencia. El costo de esta omisión en lugares como Ciudad Juárez, Tijuana o Monterrey fue enorme.

Twitter: @laloguerrero

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