Opinión

Un final de sexenio más complicado de lo normal

 
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2018

El 2017 inició con un estado de ánimo muy negativo por diversas circunstancias que se habían acumulado: el incremento en el precio de la gasolina, los comentarios del presidente de Estados Unidos respecto del TLCAN y los migrantes, la depreciación del peso, la violencia que había tocado récord del sexenio, dudas sobre el manejo de las finanzas públicas del país por parte de los mercados financieros, increíbles casos de corrupción y bajas expectativas de crecimiento (1.5 por ciento para todo el año), entre los más importantes. Lo anterior se reflejaba en una baja confianza de los consumidores y de los directivos de las empresas. De hecho, si observamos el reloj de los ciclos económicos del Inegi, estos dos indicadores se encontraban en el peor de los cuadrantes, abajo de su tendencia y disminuyendo.

Para marzo la situación había cambiado y los dos indicadores se movieron al cuadrante donde están aquellos indicadores que se ubican abajo de su tendencia de largo plazo, pero creciendo.

En agosto ya la confianza de los consumidores y los directivos de las empresas se encontraban en el mejor cuadrante del reloj de los ciclos económicos, arriba de su tendencia y creciendo, lo cual era consistente con el cambio en las expectativas sobre el crecimiento de la economía, que había alcanzado una cifra de 2.2 por ciento.

El ánimo que reflejaban los consumidores y los directivos de las empresas en las encuestas en el segundo semestre de 2017 me parece que tuvo que ver con el hecho de que las variables del mercado laboral, particularmente los asegurados ante el IMSS y la tasa de desempleo abierto, se mantuvieron todo el año arriba de su tendencia de largo plazo. La tasa de desempleo abierto alcanzó una cifra de 3.5 por ciento para noviembre y los trabajadores asegurados ante el IMSS registraron un crecimiento de 4.3 por ciento para el mismo mes, respecto del año anterior.

Señalo explícitamente los indicadores del mercado laboral, porque los relacionados con la actividad económica, el indicador coincidente del ciclo económico (indicador compuesto de variables relevantes), el Índice Global de la Actividad Económica (IGAE), la actividad industrial y el comercio al por menor, estaban, desde julio, en el peor cuadrante del ciclo económico, abajo de su tendencia y decreciendo, y ahí permanecieron el resto del año.

Lo anterior es consiste con dos indicadores del mercado interno a los que se les da especial seguimiento: la venta de automóviles en el mercado doméstico, que en el periodo julio-noviembre registraron una disminución de 13.7 por ciento a tasa anual, algo no visto desde la crisis de 2009, y las ventas de las tiendas departamentales y de autoservicios (ANTAD), que en el mismo periodo, a tiendas iguales y en términos reales, también registraron un crecimiento negativo (2.3 por ciento).

Entre las buenas noticias, además del empleo, está el dinamismo que están teniendo el turismo y las exportaciones. En el primer caso, la llegadas de turista extranjeros a hoteles alcanzó una cifra de 17.3 millones en el periodo enero-octubre en los 70 centros turísticos monitoreados por Datatur, un crecimiento de 11.6 por ciento respecto del mismo periodo del año anterior; las exportaciones de mercancías, por su parte, alcanzaron un crecimiento de 9.7 por ciento en el periodo enero-noviembre a tasa anual.

En síntesis, hacia finales de 2017 tuvimos buenas y malas noticias, pero si a la información presentada sumamos la depreciación del peso, un crecimiento de la economía abajo de su tendencia, una tasa elevada de inflación, homicidios regresando a niveles que creíamos superados y bajos niveles de confianza en las instituciones, y añadimos la incertidumbre electoral, la renegociación del TLCAN y la reforma fiscal de Estados Unidos, es claro que entramos al final del sexenio en circunstancias menos favorables de lo que habíamos observado en la historia reciente.

* El autor es profesor asociado del CIDE.

Twitter: @EduardoSojoGA

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