Opinión

Un día de furia… y de tristeza

  
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Trump, EPN

Incredulidad, pasmo, asombro, desazón, impotencia, tristeza, indignación, rabia… y, otra vez, incredulidad. Donald Trump en México. Donald Trump en nuestra cara. Donald Trump en nuestra casa. Donald Trump en nuestro suelo.

Enrique Peña Nieto lo hizo, movió a México. Vaya que lo hizo: sometió a todo un país a una dura prueba de estrés, quebrantó la promesa de cuidar a la Patria.

Le abrió la puerta grande a un enemigo de los mexicanos. Se dice fácil, pero no hay manera de digerirlo, duele escribirlo, duele pensarlo, duele saberlo.

En muy pocas horas el presidente de la República nos recordó que nunca es más amargo el metálico sabor de la humillación, que cuando ésta es causada por quien debería cuidar al país, honrar la historia, dar ejemplo de dignidad.

A Peña Nieto sólo le faltó decirle a su invitado, que no nuestro invitado, “Mister, mi casa es su casa”. De ese tamaño es su cortedad de miras.

Nunca hubo un Peña Nieto más lejano al sentir popular, nunca había expuesto el nombre de México a mayor deshonra (hasta ahora, porque visto lo de la víspera, ya todo se puede esperar del actual mandatario), nunca debimos subestimar de lo que era capaz Peña Nieto: de arropar a los que siembran la discordia usando el nombre de México como soez pretexto para su maniqueísmo.

Miércoles negro, miércoles de ojos que no creen lo que ven: un xenófobo en la casa presidencial; un declarado enemigo de los mexicanos, recibido con alfombra roja; un fantoche que nos ha dicho criminales y violadores, transportado en un helicóptero con los colores nacionales; un impresentable, elevado a interlocutor válido por el presidente, que le dio una patada en el estómago a los millones de mexicanos que en ambos lados de la frontera tienen a flor de piel el miedo ante la posibilidad, remota pero posibilidad, de que el sátrapa gane la presidencia de Estados Unidos.

Miércoles de ceniza en el que Peña Nieto cruzó todas las líneas, donde el presidente perdió el respeto de propios y extraños, el día en que no entendimos por qué demonios no entienden que no se puede jugar con la bandera, con el escudo, con la historia.

Al correr de las horas, desde el momento en que el martes se supo que Trump vendría, mientras el pueblo era azotado por el escalofrío de la impotencia, desapareció el gobierno. Todos huyeron.

De la Madrid nunca se quitará la fama histórica de no haber estado a la altura del terremoto de 1985. Peña Nieto será el presidente que empequeñeció ante un estadounidense inculto, fatuo y pernicioso.

¿Se acuerdan de 1994? ¿Se acuerdan del error de diciembre? ¿Se acuerdan de aquel emputamiento colectivo? Pues desde ya tenemos el error de agosto, el momento clave en que nadie tuvo duda del momento preciso en que ocurrió la claudicación de una presidencia, el fin de un cuatrienio desastroso, cuyo inicio prometedor sólo acrecienta el estrépito interior que sintió cada mexicano que fue insultado por el gesto presidencial de ayer.

Qué triste papel de los del gobierno. Dieciocho horas después de haberse escondido, de haber metido la cabeza en un hoyo, los enriqueochoa, los joséantoniomeade, los claudiaruizmassieu salieron de su madriguera a intentar la justificación de lo imperdonable. Diálogo, tuitearon; diplomacia, pretextaron… Insulsos e insultantes mensajes que no les creerán ni sus colaboradores, mucho menos sus hijos y sus nietos. La Patria y la historia se los reclamará.

Peña Nieto ya sabe lo que es la desaprobación, ahora probará la amargura del desprestigio.

Fue un día de furia… y de tristeza.

Twitter: @SalCamarena

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