Opinión

Ucrania y el mundo respiran

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Los presidentes de Rusia, Francia y Ucrania, acompañados por la canciller federal alemana. (Reuters)

La posible confrontación en el escenario de Ucrania entre Estados Unidos y Rusia y con todo el potencial para desatar un conflicto mundial, despertó de su letargo a la diplomacia europea.

En un lapso de una semana de enérgica diplomacia, la canciller federal alemana, Angela Merkel, y el presidente de Francia, François Hollande, visitaron en Kiev a Petro Poroshenko, presidente de Ucrania y en Moscú al presidente Vladimir Putin. Al quinto día, el lunes 9 de febrero, Merkel estuvo en Washington con Barack Obama, y el séptimo día, el miércoles, Merkel y Hollande se reunieron en Bielorrusia con Poroshenko y Putin, donde finalmente acordaron un cese al fuego.

Tras 15 horas de una dura negociación, los líderes de Ucrania, Rusia, Alemania y Francia acordaron detener las hostilidades en el este de Ucrania a partir de este 15 de febrero, la retirada de armamento pesado, la creación de una zona de seguridad, el intercambio de prisioneros y la reanudación de relaciones económicas.

Alemania y Francia, los dos países más influyentes de la Unión Europea, tenían un objetivo claro: evitar la confrontación militar en su vecindario. Merkel no reparó en volar miles de millas en una semana para ejercer el arte de la diplomacia y evitar la confrontación. Una guerra en Ucrania tendría consecuencias nefastas para la recuperación europea.

Sobre Ucrania, el autócrata ruso Putin ha pintado su raya. No será como otros países de Europa del Este, entre los que se encuentran los bálticos Estonia, Lituania y Letonia, que pasaron de ser parte de la exUnión Soviética a aliados de Washington como miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La esencia de su doctrina –el expansionismo nacionalista ruso–, que implica recuperar los países o territorios donde hay población rusa, convierte a Ucrania, con una alta población rusa en el este, en una prueba de fuego para Putin. Para Putin, la crisis en Ucrania “ha surgido en respuesta a los intentos de Estados Unidos y sus aliados occidentales […] de imponer su voluntad en todas partes”.

El controvertido Poroshenko ha insistido en que Ucrania pase a formar parte de la OTAN, pues sabe que de lograrlo, su país no podría ser abandonado a su suerte por Estados Unidos y sus aliados militares. El artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte de 1949 es explícito: un ataque armado contra una o más de las partes, será considerado un ataque contra todas ellas.

Washington ha mantenido una posición más vacilante. En las últimas semanas la visión de Obama fluctuó entre la línea dura y la diplomática. Hasta la visita de Merkel del lunes, ganaba una línea militar tibia: mandar armas defensivas al Ejército de Ucrania para que pueda enfrentar con más determinación a los rebeldes ucranianos respaldados por los rusos. Sin embargo, era una posición endeble, pues halcones como Richard Perle, expresidente del Consejo de Política de Defensa de Bush, señalaban que armar en escala menor a los rebeldes era a todas luces insuficiente para detener al Ejército ruso.

Obama ha enfrentado un dilema. Está convencido de la necesidad de alianzas diplomáticas para potenciar su actuación internacional, por lo que está en su mejor interés trabajar de la mano de Alemania y Francia para pacificar Ucrania. Sin embargo, también está persuadido del riesgo que representa el expansionismo de Vladimir Putin y de que sus andanzas como la usurpación de la península de Crimea requieren, sin dilación, un límite que sólo representa el poder militar del Pentágono.

Aparentemente el que más cedió en el acuerdo de Bielorrusia fue Obama, quien tenía la posición más vacilante y tampoco estuvo presente. El acuerdo, considerado como endeble, crea una zona de seguridad al este de Ucrania de entre 50 y 100 kilómetros. Si bien no habrá hostilidades por el momento, habrá que ver qué tanto Putin respetará el acuerdo y dejará de socavar la soberanía de Ucrania.

Pareciera que Estados Unidos, Francia y Alemania dieron a Crimea por perdida, aceptaron el control ruso sobre el este de Ucrania y abandonaron su ambición de hacer entrar a este país en su esfera de influencia a través de la OTAN. Aún así, la diplomacia franco-alemana merece reconocimiento. Merkel y Hollande han sido efectivos porque supieron parar la peligrosa espiral bélica que se vislumbraba entre Washington y Moscú.

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