Opinión

Uber y nuestro síndrome de Estocolmo

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Uber en España

Fueron 50 pesos pero el gusto que me dio ahorrármelos fue como si se hubiera tratado de, digamos, mil. Ocurrió hace dos semanas. No sé por qué me tardé tanto en usar Uber para salir del aeropuerto. Lo pedí, me llamó para acordar la puerta en la que pasaría por mí y cinco minutos más tarde ya íbamos por Circuito Interior.

Esta no es una oda a Uber. Pero como en Guadalajara se han dado manifestaciones en contra de esta plataforma, y luego de que el jueves el auto en el que iba recibiera un par de huevazos de parte de taxistas en pleno Masaryk, hay que insistir en que en torno a Uber se juega mucho más que una moda.

Uber nos ha permitido incluso ahorrar. Como la vez ya citada del aeropuerto, cuando en lugar de 270 pesos que cobran los taxis oficiales pagué 220. Quizá deberíamos empezar por el principio. Y el principio es que las tarifas de los autos de alquiler del aeropuerto son un robo consentido por todos. Lo peor es que siguieron siendo un robo cuando ya no fue sólo una compañía la que daba ese servicio. Es decir, la competencia no trajo ventajas a los consumidores/ciudadanos. ¿Les suena familiar?

No es de extrañar que Uber resulte exitoso en una economía diseñada para el abuso. Un servicio alternativo de transporte va a resultar muy atractivo si al aterrizar en la capital jalisciense descubres que un taxi oficial te cobra 340 pesos para llevarte a la Expo Guadalajara. Por cierto, hablando de la economía en torno a Uber no se pierdan este artículo de Marco López Silva.

Pero en el tema de Uber el dinero no es lo más importante. Incluso Uber es secundario. Lo esencial es discutir sobre las políticas públicas para que dado que hay una controversia (Los taxistas formales alegan que enfrentan competencia desleal; los rigoristas alegan que todo debe estar normado, etcétera) se tomen las medidas regulatorias que, por un lado, convengan a la mayoría (y no sólo a taxistas que son usados electoralmente), y que por otro surjan de un modelo de ciudad que se supone que tenemos derecho unos (los ciudadanos) y obligación otros (las autoridades) de desarrollar.

¿Han visto cuántos mexicanos hasta presumen en las redes sociales que usan el Metro de otras ciudades del mundo cuando ni de locos se subirían aquí a ese medio de transporte? El éxito de Uber tiene que ver con eso. De Barajas, de JFK, de Heathrow puedes salir en Metro. Intentar ir a un punto céntrico del DF desde la terminal aérea vía Metro es simplemente una locura. Y no tendría por qué ser así.

En un artículo publicado el sábado en El País (La ofensiva de Uber), se decía que las autoridades deberían obligar a esa compañía a compartir sus datos de las rutas más utilizadas, para con ello redefinir el transporte público. Qué nostalgia leer eso.

Uber puede o no ser regulado, pero lo que urge es todo lo demás: un control efectivo a taxistas abusivos, la regulación del autotransporte, aumentar la red del Metro, mejorar su mantenimiento y ampliar sus horarios, corregir la inhumana saturación del Metrobus, etcétera.

Uber no es una panacea, pero al menos a algunos ya nos permitió salir de esta especie de síndrome de Estocolmo, ya no aceptar mansamente las tarifas de los taxis del aeropuerto, entre otros abusos a los que nos habíamos acostumbrado.

Twitter: @SalCamarena

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