Opinión

Uber vs. taxis, lo que importa es el cliente

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Uber

Cuando un viajero aterriza en el aeropuerto de la ciudad de México y debe abordar un taxi para ir a su casa o a un hotel, no tiene más que dos opciones conocidas: resignarse y dejar que lo asalten legalmente dentro de la terminal al comprar un boleto que nunca he entendido por qué debe ser tan caro, o salir a la calle y arriesgarse a que le quiten su maleta y dinero a punta de pistola en el auto.

Y es que los servicios de taxi que hay en el AICM no solamente son muy caros, sino que se hacen todavía más caros cuando se ve la relación calidad-precio, ya que el servicio tampoco es bueno, empezando porque en muchas ocasiones hay que hacer dos filas: una para adquirir el boleto y luego otra –más larga regularmente–, para abordar el vehículo.

Últimamente he platicado con varios de estos choferes y todos están en contra de Uber y Cabify. Sin embargo, ya son varios amigos míos quienes después de aterrizar, estando aún en la cabina del avión, llaman a uno de estos servicios para que los recojan. Salen, no tienen que hacer colas, está el auto esperándolos y, además, el precio es más bajo que si se contrata un taxi de la terminal aérea.

Pero los choferes de los carros de alquiler del AICM obviamente no son los únicos que están en contra, lo están también los que circulan en la calle, los que trabajan en sitios fijos y los radiotaxis.

Pero, por ejemplo, los sitios de taxi que se ubican en Polanco y otras colonias de nivel alto, por sus pistolas no usan taxímetro a ninguna hora del día, siempre el precio es lo que ellos quieran. Y aun los que se encuentran en otras zonas de la ciudad y suelen cobrar con taxímetro, la gran mayoría deja de usarlo al llegar la medianoche. Lo mismo sucede con muchos de los taxis de la calle, que ya tarde quieren cobrar lo que se les da la gana. Y no me voy a meter en el tema del mal estado de las unidades, muchas ya viejas e incómodas.

Otro tema aparte son los taxis de los hoteles de lujo, que vienen a ser algo así como la nobleza del gremio. Aunque tienen tarifario establecido para distancias ya muy marcadas, como una dejada al aeropuerto o una ida y vuelta a las pirámides de Teotihuacán, por decir algo, cuando el servicio no es a algún lugar turístico, sino a algún sitio que no tiene el costo etiquetado de antemano, ahí sí cobran de a como se deje el huésped.

Son tarifas pensadas en dólares y para turistas; históricamente les ha ido muy bien a estos señores y la realidad es que aún les va bien.
El problema para todos estos diferentes tipos de taxistas de la ciudad de México es que el futuro y el destino los alcanzó, y ahora tienen que enfrentar una realidad insoslayable: contra la tecnología que irremediablemente resulta útil y está destinada a cambiar las costumbres de la sociedad, no hay defensa alguna.

Eso es lo que no quieren entender los afiliados a membretes como Taxistas Organizados de la Ciudad de México y Taxistas y Líderes Unidos contra la Ilegalidad. Y, al parecer, tampoco lo había entendido el gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, quien para quedar bien con las huestes de los taxistas –que representan votos–, a finales de mayo declaró que no permitiría que Uber operara en sus dominios. Sin embargo, a principios de julio –cinco semanas después– reculó y anunció que enviará al Congreso estatal una iniciativa de ley para regularizar este servicio que, por medio de una aplicación (App), pone en contacto al dueño del auto con el pasajero.

El que el gobernador mexiquense haya rectificado su dinosáurica decisión inicial tal vez haya tenido que ver con que se enteró que su vecino, Miguel Ángel Mancera –que al igual que él quiere ser el próximo presidente de México–, planeaba poner reglas para que Uber y las otras operen de una manera regularizada en la capital del país. Lo cual ya hizo hace una semana.

Los taxistas reaccionaron con una postura que los dibuja bien: acusaron al gobierno de Mancera de no operar “a favor del gremio”; es decir, ellos sólo quieren mantener las canonjías que han disfrutado durante años, argumentando razones políticas, cuando que el asunto es muy simple: se trata de competitividad y servicio.

Porque, curiosamente, en esta larga disputa pareciera ser que se trata de un conflicto donde o ganan los de las Apps o ganan los taxistas. Y, en realidad, se trata de que gane el pasajero, que es quien, a final de cuentas, elige cuál de los dos usar.

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