Opinión

Turturro y Garay, menguando

I. LA TRANSFERENCIA ERÓTICA. En Casi un gigoló (Fading Gigolo, EU, 2013), confidencial comedia 5 del actor fetiche italobrooklyniano de los hermanos Cohen y Spike Lee también refinado autor total de 56 años John Turturro (del proletario Mac 92 al musical napolitano Passione 10 igual inéditos aquí), el tranquilazo florista solterón barriobajero neoyorquino Fioravante (un Turturro en la continencia narcisista absoluta) es convencido por su septuagenario vecino exlibrero judío en la ruina económica Murray (Woody Allen), quien debe vivir de arrimado con la prolífica afromadre soltera Othellia (Tonya Pinkins voluminosa cual Aunt Jemima), para que la haga de ocasional gigoló al lado de la dermatóloga deseosa de serle infiel a un odiado marido Dra. Parker (Sharon Stone ya ajadona), con tan buena puntería transferencial que el tímido varón así emboletado comienza, para su sorpresa, a verse muy solicitado por otras mujeres, las más diversas hembras insatisfechas, generando jugosas comisiones leoninas para el proxeneta y cuantiosas propinas para el mismísimo satisfactor manipulado, hasta que éste se enfrenta a la intocable viuda ultraortodoxa hasidi con seis hijos Avigal (Vanessa Paradis de carismáticos incisivos separados) que llora apenas la toca en la primera sesión de masaje, por lo que el hombre no puede evitar enamorarse de ella, aunque sufra el asedio de un celoso vigilante vecinal Dovi (Liev Schreibar) que llevará a juicio intrarracial al patético Murray, padezca él mismo de súbita impotencia en pleno intento de trío orgiástico con la doctora secundando a su guapísima amiga locochona Selima (Sofia Vergara) y por fin acabe perdiendo incluso a la alegre viudita kosher.

La transferencia erótica se funda en la ambigüedad beata de un desglamourizado gigoló con inusitada capacidad para sacar a bailar atentamente a las clientas como elegante preliminar ligador (destinado ante todo a sí mismo), para asumir las fantasías y los impulsos del otro (y sobre todo, de las otras) como propios, para no dejarse intimidar por altísimos tacones en primer término, y para resucitar sensual y emocionalmente a una bella dormitante existencial, en suma, para tomar sus lances y los de sus compañeras de lecho siempre en serio, haciéndose pasar por plomero, ¿de cuerpos?, o infalible sanador, ¿de ánimas?, en una feliz profundidad de pobre infeliz.

La transferencia erótica logra armonizar, al interior de su delicada minicomedia intimista, elementos en apariencia tan disímbolos como una deliciosa fabulita paródica/autoparódica falsamente lúbrica, un sutil y reposado tono neorromántico sin posibilidad de estridencias, un haz de situaciones escasas pero bastante originales y bien valoradas, hábiles cambios de tono, cierta dispersión dramática y estructural con más candidez que gracia o verba pese a un desatado Woody Alien-pivote de la ficción improvisando sabrosas líneas de diálogo excéntrico (tipo “La mortandad es decepcionante: el mundo sigue sin ti” o “Eres asqueroso, en el mejor sentido del término”), una fotografía sonrosada a la italiana (de Marco Pontecorvo) con infinita gama de ocres, arreglos florales de exquisito arbitrio, un popurrí de arbitrarias canciones populares (“¿Quién será la que/ me quiera a mí?”) para remarcar la conflictiva multiculturalidad plurirracial de un barrio pinche neoyorquino en los límites de Haz lo correcto (Lee 89) pero con la dulce posibilidad de hacer congeniar niños afropiojosos con chavos hasidis que nunca habían jugado beisbol, top-shots aplastando personajes en ámbitos ya de por sí estrechos, un alucinante tribunal semita que remite irresistiblemente a los clásicos juicios en dogmático circuito cerrado al pedófilo homicida de M el vampiro (Lang 31) o al poeta en el más allá de El testamento de Orfeo (Cocteau 60), y hasta gags de rango obsceno (en recuerdo de la delirante lascivia de Romance y cigarrillos 05, la inubicable obra maestra de Turturro) como ese gratuito corte al chorro de manguera a modo de elipsis en el primer discreto servicio erótico (que no meramente sexual ni genital, como termina así insinuándose) del héroe en plenilunio, pero pronto fading gigolo, un gigoló menguante.

Y la transferencia erótica ha conseguido, más allá de algún refranero simplón “Nadie sabe para quién trabaja”, compensar el ímpetu deseante ajeno con el propio, incluso el del avieso Murray/Woody, quien era en última instancia el verdadero foctótum y un demiurgo patológicamente tímido aun provecto, de esta fábula sobre el deseo añorante, sin moraleja, porque “Donde hay amor, hay dolor”.

II. LA GLORIA MARGINAL. En El casamiento (Uruguay-Argentina, 2011), docuficcional tercer largometraje del pionero del cine minimalista uruguayo y todavía autor completo local de 42 años Aldo Garay (La espera 02, Cerca de las nubes 06, aparte de numerosas TVdocumentales y cortos sobre criaturas al margen), el exalbañil también exalcohólico cuidador de automóviles de 75 años Ignacio González (él mismo) lleva dos décadas viviendo en la periferia montevideana con la afanadora transexuada de 65 años Julia Brian (ella misma), a quien conoció en la popular Plaza de los Bomberos en vísperas de Navidad y desde entonces no pudieron separarse, pese a que esa radiante mujer transgénero tuvo que luchar denodadamente contra la cerrazón del Estado para obligarlo a reconocer su nueva identidad, cosa que consiguió hasta 2005, aunque la cirugía reasignadora de sexo se había efectuado en 1993; pero ahora, habiendo logrado salir de toda situación de calle y en pleno fragor contra la disminución de sus facultades a causa de la vejez, han decidido casarse, nombrando como padrino de bodas al propio director de la película, ese providente Garay que ya los había filmado en épocas pretéritas, cuando apenas una borrosa gloria marginal se asomaba en sus horizontes.

La gloria marginal retoma, con atenta fotografía en relevos, observacionales de Germán de León y Nicolás Soto y laxa edición de Federico la Rosa, el muy apreciado cortometraje de 10 minutos Mi gringa, retrato inconcluso de Garay (11), que ahora se inserta con enorme habilidad para que funcione a modo de figura madre, paradigma icónico mayor, flashback, dual recuerdo objetivo imborrable, o vívido contraste brutal respecto a los ancianos actuales, respetuoso de aquel tiempo, cuando Ignacio aún se hallaba en tratamiento de recuperación etílica, pero hoy como ayer todo operando, de manera singular y archicinematográfica, si bien equidistante tanto del teatro edípico mexicano de Quebranto (Fiesco 13) como de las frustraciones escapista-estoicas chilenas de Naomi Campbel (Videla-Donoso 13), a partir de su vida cotidiana.

La gloria marginal reenfoca el sensible espesor sentimental de la convivencia diaria de una pareja menguante próxima a la senilidad, tal como lo había hecho con sus abuelos acapulqueños pasitas-pasitas la fotógrafa-documentalista mexicana Dariela Ludlow (Un día menos 09): una provecta cotidianidad aún deseante, a su manera beligerante y mantenida a exquisita distancia involucrada, sin mengua de su muy peculiar humor gris uruguayo, su riqueza luminosa, sus contradicciones, sus patéticos vaivenes, su fragilidad y su virtuosa intimidad virtuosística, en suma, su informulable emoción hecha de su abrazo en el baile ininterrumpido por la atónita mirada de una de sus mascota filialmente adoradas, sus irrealizables deseos (“Quisiera casarme como la dama antigua, con una buena capelina, un vestido largo...”/ “¡Y una cara nueva!”/ “Ja-já, y vos con un sombrero tipo fioro”), su paso lento con bastón pero del brazo y por la calle.

Y la gloria marginal hace la cariñosa vivisección al rojo vivo de una extraña relación amorosa a medio camino entre la pasión fija (diría Sollers) y la dura camaradería pura, poniendo en tela de juicio, o de implícita crítica o inclusive de picota, a cualquier forma restrictiva de la pareja acorde con una supuesta normalidad, incluyendo la propia incomprensión introyectada (“Entonces lo analizaba, ¿cómo es posible que yo esté viviendo con otra persona con el sexo mío, también? No podía ser eso”), pues lo que importa es la férrea dignidad y la orgullosa valoración mutua de sus integrantes (“Porque, como era ella, no me gustaba vivir de esa forma, ¿viste?”), enfrentados a la paulatina aceptación circundante (pronto increíblemente total), reivindicados por el filme (“Él se acostumbró mucho a mi, yo me acostumbré mucho a él, estamos feliz; con lo bichito que tenemos, somos feliz”) e impregnados de una insólita religiosidad recóndita, no sólo al tomar el riesgo de un matrimonio disímbolo como gozosa prueba final.