Opinión

Turquía, la frágil democracia en riesgo

  
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Ha sido un año terrible para Turquía y en especial para sus ciudadanos. Primero, por la decena de atentados terroristas que han sufrido. Destaco dos: el de Ankara de octubre de 2015, el más mortífero en la historia del país, y el del aeropuerto de Estambul de junio pasado. A estos acontecimientos se añade un intento de golpe de Estado de una facción del Ejército el pasado viernes 15 de julio, que hubiera traído de vuelta a los militares al poder, algo que no ocurre desde 1983.

El presidente de la República, Recep Tayyip Erdogan, culpó al imán Fethullah Gülen y a sus seguidores de ser los responsables de la acción en su contra. Gülen dirige un movimiento religioso que predica la reforma y la moderación del Islam, al mismo tiempo que tiene como objetivo alcanzar el poder. Gülen vive en el exilio en Estados Unidos después de su ruptura con Erdogan. Por lo pronto, se ha solicitado su extradición para juzgarlo en Ankara, a pesar de que no queda clara su implicación en el golpe de Estado.

Tras el intento golpista, el gobierno turco declaró estado de emergencia e inició brutales purgas en las filas del Ejército, la burocracia, el Poder Judicial y las universidades. Asimismo, ha suspendido –de manera temporal– la observancia de la Convención Europea para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales. Organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional alertan de la falta de libertad de prensa, de detenciones arbitrarias y de casos de tortura. Incluso el mandatario ha anunciado que podría reestablecer, con base en la voluntad popular, la pena de muerte, cuya abolición es requisito de ingreso a la Unión Europea. Los partidarios de Erdogan consideran que esta medida drástica sería la más adecuada para castigar a los instigadores del golpe.

Esta situación de deterioro contrasta con el optimismo inicial tras el ascenso al poder de Erdogan hace más de diez años, en que se le consideraba una opción para integrar al Islam político en la democracia turca. Su partido, el AKP, tuvo entre sus logros la estabilidad política del país, disminuir la influencia del Ejército, implantar reformas estructurales para favorecer el crecimiento económico, avanzar las negociaciones con la Unión Europea para ser un Estado miembro y mejorar la situación de los derechos humanos, especialmente de las minorías étnicas (kurdos) y religiosas (cristianos y judíos).

Sin embargo, como advertí en este espacio hace más de un año, después de una primera etapa de reformismo, Erdogan ha emprendido un viraje que ha fortalecido al Poder Ejecutivo sobre los otros dos y que en el momento actual promueve institucionalizar la concentración del poder en sus manos. Con la mayoría en el Parlamento de su partido, el AKP desde las elecciones generales de 2015 y con la renuncia del primer ministro Ahmet Davutoglu en mayo pasado, Erdogan tiene ahora el camino despejado para transitar de un sistema parlamentario a uno presidencial.

Desde el fin del intento de golpe de Estado, dirigentes políticos de países europeos y Estados Unidos advirtieron las intenciones de usar el frustrado golpe de Estado como pretexto para silenciar a los que se oponen a esta concentración del poder en sus manos. Falta ver si Erdogan tiene éxito: la pérdida de libertades no garantiza la seguridad de los ciudadanos. Turquía, el sexto país más visitado del mundo en 2015, es hoy uno de los blancos favoritos del terrorismo internacional.

La consolidación del autoritarismo en Turquía supone un gran revés para la democracia en esa región. Un cambio radical en la naturaleza de su régimen tendrá efecto en otros países con condiciones similares, como Pakistán, donde podría ocurrir un golpe de Estado encabezado por el Ejército. Lo que observamos hoy en el país euroasiático nos alerta de las amenazas que corre la democracia, algunas de las cuales pensábamos que habíamos superado y otras que todavía no dilucidamos cómo enfrentar.

Twitter: @lourdesaranda

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