Opinión

Turismo religioso, un segmento desdeñado

Cada año, cuando veo en televisión las imágenes del 12 de diciembre en la Basílica de Guadalupe, no puedo dejar de impresionarme con la cantidad de gente que, movida por la fe, acude a ese lugar. Según las cuentas oficiales, tanto del clero como del gobierno de la ciudad, son siete millones de feligreses.

Esta cantidad es una barbaridad de personas que llegan desde lugares muy lejanos para felicitar a la virgen de Guadalupe. Y como todo peregrino es un turista, me llama todavía más la atención el fenómeno.
Contrario a lo que mucha gente cree, el sitio religioso católico de todo el mundo que más creyentes atrae no es la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, sino precisamente la Basílica de Guadalupe, en la ciudad de México.

Y no sólo eso. La diferencia entre ambas es tan grande, que no deja lugar a dudas de la importancia del culto a la guadalupana: cada año, San Pedro recibe la visita de seis millones de feligreses (menos de los que acuden a La Villa el 12 de diciembre), en tanto que la Basílica de Guadalupe registra veinte millones.

Monseñor Pedro Pablo Elizondo, obispo de la prelatura de Cancún-Chetumal, explica que hay tres tipos de turistas religiosos: los que viajan por motivos estrictamente religiosos, que en su mayoría son los peregrinos; los que combinan el turismo cultural con temas religiosos; y quienes durante unas vacaciones acuden a una iglesia para orar, escuchar misa, conocer una iglesia o imagen famosa.

Asegura que todos ellos suman 300 millones de viajeros, cifra nada menor si tomamos en cuenta que el año pasado los turistas que anduvieron de aquí para allá por el mundo fueron poco más de mil millones. Y, según información de la Secretaría de Turismo del Distrito Federal, este mercado tiene un valor de 18 mil millones de dólares anuales.

A simple vista es un segmento atractivo económicamente, pero el gobierno federal no le ha prestado mayor atención. Al preguntar en la Secretaría de Turismo, que encabeza Claudia Ruiz Massieu, un funcionario me contestó que al turismo religioso lo manejan dentro del área de turismo cultural y que, aunque sí trabajan en él, no lo hacen con tanta intensidad como con otros segmentos.

Tal vez la respuesta se encuentre en que la mayoría de los peregrinos, si bien entran en la definición de lo que es un turista, se trasladan pasando privaciones, llevando su propia comida y durmiendo en la calle. Es decir, no gastan y, por el contrario, en muchos casos representan un costo, ya que las autoridades del lugar que visitan deben aportar vigilancia, servicios médicos y sanitarios, entre otros.

Y quizá de ahí se entienda el por qué 300 millones de turistas únicamente producen una derrama de 18 mil millones de dólares, si la Organización Mundial del Turismo sostiene que el año pasado mil 87 millones de turistas gastaron 1.4 billones de dólares alrededor del planeta.

Más aún, es posible que por ser un turista peregrino el más asiduo a la Basílica guadalupana, el gobierno no haga nada por este sitio.

Este año, durante un foro de turismo realizado en Mérida, me tocó moderar una mesa redonda sobre el tema, integrada por varios sacerdotes de alto rango. Entre ellos el rector de la Basílica de Guadalupe, monseñor Enrique Glennie Graue quien, entre otras cosas, afirmó lo siguiente: “en torno a la Basílica no hay un solo hotel decente; no hay lugares más o menos decorosos para comer; hay algunas tiendas, pero el ambulantaje predomina; no hay lugares para que se estacionen los autobuses y no sólo eso, sino que se estacionan y los multan; el exterior de la Basílica es feo, sucio y de ambiente peligroso”.

Contrario a la visión de Sectur, la Secretaría de Turismo del DF lanzó este año un Programa de Turismo Religioso, que incluye tres recorridos diferentes, una ruta del Turibús y hasta una aplicación digital para los sistemas Android y IPhone. Al parecer, alguien ahí se dio cuenta de que también una parte del mercado de turismo religioso que viaja lo hace con mucha fe y con mucho dinero.