Opinión

Trump y el futuro
de la democracia

 
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Donald Trump (Reuters)

Ya es presidente. Las explicaciones de su éxito electoral apenas se construyen por lo que abundan los epítetos: es un loco narcisista, en un payaso, es un radical.

Y luego se enuncian los deseos: no durará en el cargo, será desaforado, si concluye su periodo no será reelegido. En estos días ha surgido el chisme de que los republicanos quieren que Mike Pence, vicepresidente, ocupe su lugar, por lo que dejarían que Donald Trump caiga ante la primera violación que haga de la ley.

Que Trump sea un ignorante, misógino o frívolo es irrelevante para entender las causas de su triunfo o las consecuencias de su mandato.

Trump es síntoma de un fenómeno social de temor y enojo frente al cambio: sea la globalización y la mudanza de industrias, sea la agenda cultural y social de la izquierda norteamericana (derechos de minorías), sea la migración y el cambio de costumbres, o bien, el terrorismo y el calentamiento global.

Según Amanda Taub, el miedo ante el cambio da lugar a reacciones autoritarias en segmentos sociales que quieren mantener el orden y las jerarquías sociales (the good old days). El surgimiento del autoritarismo en Estados Unidos, dice la autora, se inicia en los años sesenta frente al temor del movimiento de derechos civiles, los desmanes en universidades de 1968 y luego los movimientos culturalistas para empoderar a minorías y el discurso de lo 'políticamente correcto'. Es entonces que el Partido Republicano descubre un nicho de votantes atemorizados, inicialmente en el sur, y propone una agenda conservadora (cuidar las costumbres) y el orden y la ley como banderas de lucha (mismas que repitió Trump en su campaña: law and order).

Décadas de cambios culturales, económicos y políticos alentaron la formación de actitudes de temor en amplios segmentos de la clase trabajadora y de pobladores rurales. Eso explica a Trump y el deseo de la gente por un hombre fuerte que proteja el statu quo o restablezca el viejo orden. Por eso, aun si Trump fuera derrocado o no se reeligiera en 2020, el fenómeno continuará y siempre habrá un líder dispuesto a dar seguridad a los votantes enojados o temerosos por el cambio.

Como populista que es, Trump cree encarnar la voluntad popular. Su discurso es violento y confrontativo y aquello que obstaculice su misión para salvar al pueblo y devolverle su confianza debe ser destruido. En su discurso de toma de protesta dijo que ese día marcaba una fecha histórica en la que el poder político se mudaba de Washington, DC, hacia "el pueblo". Esta visión personalista e iluminada de quien ejerce el cargo de presidente de Estados Unidos socaba la noción de una democracia representativa y se erige por encima de las instituciones.

Los populistas atacan a los grupos e instituciones que son obstáculos para lograr el deseo de las mayorías. Por eso tienden a destruir a la democracia representativa, porque seguir procedimientos legales, negociar y ceder son trampas de las élites para proteger sus privilegios y el líder, con el apoyo de las masas, debe derruir todo ese entramado legaloide que impide el cambio. Por eso Trump combate a los medios que él llama deshonestos porque son un obstáculo para que su mensaje llegue al pueblo; por eso se comunica de forma directa mediante su cuenta de Twitter.

El daño más profundo del populismo o de los gobiernos personalistas, sea en Estados Unidos, Francia, Polonia o Venezuela, es la destrucción de la idea del progreso democrático, eso es, lograr una sociedad con igualdad y libertad, pilares de la democracia liberal. Ciertamente la globalización y el capitalismo han sido también sus enemigos al haber propiciado o tolerado el crecimiento de la desigualdad.

Hasta hace poco existía la concepción de que había democracias consolidadas (en Europa y América del Norte) que eran un eje de promoción de ciertos valores (muchas veces de manera selectiva), pero finalmente había y siguen existiendo un grupo de países y de instituciones internacionales como la ONU que han velado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial por defender un conjunto de derechos humanos y de valores democráticos.

2016 puede ser recordado como el inicio del fin de la breve historia de la democracia liberal y el regreso o la continuación de la política a través de sistemas autoritarios, populistas o posdemocráticos. Quienes crecimos bajo la idea de que había una misión de progreso democrático en el mundo habríamos sido ingenuos.

Es aún muy prematuro notificar el 'fin del fin de la historia' (negando la tesis de Fukuyama), pero queda claro que los sucesos, notablemente la llegada de Trump a la Casa Blanca, ponen al menos en entredicho la idea de progreso democrático de las últimas décadas.

Twitter: @LCUgalde

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