Opinión

Trump podría ser presidente

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Donald Trump

La elección presidencial en Estados Unidos, como muchas otras alrededor del mundo, refleja cambios importantes en la forma de hacer política y en cómo se le llega a los electores en la era de redes sociales.

Al menos a esta altura, esta elección es una especie de reality show, un escenario que Donald Trump domina y explota. Por ahora, el contenido es secundario; ser una celebridad, con muchas horas al aire en programas de alto rating, da a Trump una ventaja apreciable. Ésta se diluirá conforme otros candidatos tengan más tiempo frente a los electores y éstos reaccionen a posturas específicas de los candidatos.

Si Kim Kardashian fuera candidata, ella iría ganando en este momento.
La candidatura de Trump está lejos de ser improvisada. Entiende que la gente está harta de los políticos y de candidatos tiesos, de un presidente que utiliza prompter hasta para hablar con sus hijos. Hace lo opuesto. Habla sin filtro, inventa cifras sobre la marcha. Dice frases como “Estados Unidos ya no le gana a nadie”, o “nunca le hemos ganado a los japoneses en algo”. Puedo al menos pensar en un evento, bastante relevante, en que Estados Unidos les ganó sin duda, y no mienten las fotos en el USS Missouri.

Sin embargo, Trump ha tocado fibras sensibles al hablar de migración, en un país donde la participación en el mercado laboral de población en edad de trabajar es la más baja desde los años setenta. Este fenómeno tiene poco que ver con inmigrantes o con tratados comerciales, pero es sorprendentemente simple culpar a ambos. Le está diciendo a la gente lo que quiere oír: sus problemas son causados por extranjeros que no hablan como ellos, que no se ven como ellos. Los mexicanos de hoy son la amenaza en turno, como antes lo fueron irlandeses, italianos o chinos. En Europa, ante un fenómeno similar, resulta aún más fácil echarles la culpa a inmigrantes musulmanes, que además rezan diferente que ellos.

Trump lo entiende. Ha acomodado su credo a los electores republicanos, particularmente a los conservadores de línea dura, quienes votan en elecciones primarias. Ahora está en contra del aborto (antes creía en el derecho de las mujeres a elegir), dice que el desempeño económico de Obama es el peor de la historia (antes alabó el rescate económico después de la crisis de 2008), está en contra de tasas de impuestos progresivas (antes propuso un impuesto de una vez para todo aquel que tuviera más de diez millones de dólares de patrimonio, para pagar con éste la deuda externa de golpe), ahora dice que el plan de salud de Obama es terrible (antes defendió una política de salud mucho más “socialista” que el llamado Obamacare), detesta a Hillary Clinton (antes hablaba abiertamente de cuan bien le caían ella y su marido, y donó recursos importantes a su primera campaña presidencial), ahora ataca a los migrantes (antes afirmaba que era indispensable establecerles un camino claro hacia la ciudadanía).

Por lo mismo, la campaña de Trump probablemente no resistirá un escrutinio más serio del electorado. Es improbable que él sea el candidato presidencial republicano. Sin embargo, en los sesenta un “improbable” ganó la candidatura demócrata. El senador Eugene McCarthy catalizó el enojo del electorado, cuando se impuso al vicepresidente Humphrey, el favorito obvio, pero a quien el electorado identificaba por su apoyo a Lyndon Johnson en la guerra de Vietnam.

En 1968, McCarthy no logró derrotar a Nixon (quien prometía restaurar el orden después de los asesinatos políticos y disturbios raciales) en una elección presidencial cerrada que cambió la dirección de la política estadounidense. Después de que los demócratas habían sido mayoría de 1932 a 1968, los republicanos ganarían siete de las siguientes diez elecciones presidenciales.

En la elección que viene, podrían alinearse factores que le pongan la presidencia en bandeja de plata al candidato republicano. La primaria demócrata iba a ser una especie de “coronación” de Hillary Clinton, y ha adquirido una complejidad inesperada por la competencia de un candidato marginal abiertamente socialista, Bernie Sanders, senador “independiente” de Vermont. A los demócratas les preocupa tanto la prematura debilidad de Clinton, y su larguísima y “pisable” cola, que el vicepresidente Biden está considerando lanzarse.

Es improbable, pero si el viento de la ira irracional eleva a Trump a la candidatura republicana, y la candidatura de Hillary revienta cerca de la elección porque surjan nuevos elementos en alguno de los múltiples escándalos que acumulan los Clinton en las últimas décadas, un populista como Trump podría acabar en la Casa Blanca.

Tomemos nota. En México podría pasar algo similar si un populista entiende los botones que prenden a un electorado que puede reaccionar en forma irracional ante la ira y la frustración por una clase política crecientemente corrupta, inepta, impune, represiva y caduca.

Twitter: @jorgesuarezv

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