Opinión

Trump forzaría a México a cambiar

 
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Trump se posiciona como favorito para la elección en NY. (AP)

Si Donald Trump ganara la presidencia estadounidense, al gobierno y a la sociedad mexicana no nos quedaría más remedio que sacar fuerzas de algunas capacidades adormecidas. Tendríamos que pensar en oportunidades de desarrollo diferentes a las que ofrece la tutela estadounidense.

Desde el gobierno de Carlos Salinas, los actores políticos y algunos intelectuales con influencia, como Aguilar Camín y Jorge Castañeda, convirtieron a Estados Unidos en la meca de nuestros asuntos, sin que por supuesto se resolvieran. El narcisista de Trump se encargaría de hacerles comprender el error y con suerte, sus intolerables insultos exaltarían el orgullo de que somos, para bien y para mal, una sociedad de mayores de edad con memoria e identidad propias.

Eso sería un cambio de actitud para aprovechar mejor la enorme importancia económica del país; tenemos la onceava economía del mundo por lo que hace a la paridad del poder adquisitivo del Producto Interno Bruto. La nuestra está entre las economías de Gran Bretaña (10ma.) y la italiana (12va), y no sería difícil que la crisis europea dejara lugar a México entre las diez mayores economías del planeta.
Lo que hace vulnerable la posición económica de México es su orientación exportadora y su contraparte, la apertura comercial, que a consecuencia de la baja capacidad competitiva de más del 95% de la planta productiva, ha llevado a la desarticulación de cadenas de valor internas y a mayor precariedad del empleo.

Hoy por hoy, el 32% del PIB mexicano depende de las exportaciones, 80% de las cuales van a Estados Unidos. Es decir, alrededor de 25% del PIB nacional depende de las ventas a ese país, las cuales representan sólo 0.2% de su economía y menos aún si se descuentan los componentes estadounidenses que contienen esas exportaciones.

La dependencia de un solo mercado en exportaciones, que en gran medida son mera maquila, y de la apertura a importaciones, no ofrecen un solo indicador económico o social que signifique mayor competitividad ni más y mejores empleos, es decir, desarrollo.

Por eso, en la cuestión social, México sale siempre reprobado; en un estudio de 2014 sobre calidad de vida en los 34 países socios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, quedó por debajo del promedio del grupo en seguridad, salud, ingreso disponible y acceso a Internet.

La disparidad entre el valor de lo que se produce en México (11vo en el mundo) y la inequidad con que se distribuye entre empresas transnacionales, las grandes, medianas y pequeñas nacionales, los empleados y trabajadores urbanos y rurales, y las regiones del país, es la mayor flaqueza de la que México tendría que sacar fuerzas para crearse nuevas oportunidades de desarrollo, sin duda mejores y sobre todo, propias.

De llegar a ser gobierno, Trump no moderaría sus ofensas y amenazas a nuestro país; es un narcisista que divide al mundo entre triunfadores y perdedores, que ve a México entre los segundos y envidiosos y además, culpable de tener los empleos que le faltan a los estadounidenses.

Aunque no gane Trump, porque es un riesgo enorme para los intereses mercantiles estadounidenses, tiene millones de seguidores a quienes tendrá que responder quien le gane. La falsa tutela estadounidense será cada vez más gravosa para México, si no se toma conciencia de nuestro valor cultural y se trata de reorientar, en lo posible, el quehacer económico.

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