Opinión

'Trophy', cazar un elefante para salvarlo

 
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Para cualquiera que le tenga cariño a los animales, Trophy no será una experiencia sencilla. El documental, dirigido por Christina Clusiau y Shaul Schwarz, se adentra en los submundos más siniestros de la cacería en África y se atreve a seguir a sus más polémicas figuras: cazadores mochos que creen tener derecho divino de dispararle a la criatura más majestuosa; dueños de ranchos en los que se practica la cacería enlatada, donde ni siquiera hay que perseguir a un león o un cocodrilo para matarlo y, finalmente, terratenientes que usan su lana para cosechar cuernos de rinoceronte con el fin de proteger dicha especie y, en algún momento, recuperar su inversión. La película no ha rebasado la media hora cuando ya hemos visto a un grupo de individuos someter violentamente a un cocodrilo en una granja y a una cría de rinoceronte mugiendo, confundida alrededor del cadáver de su madre a la que acaban de matar a tiros.

Trophy no es una experiencia agradable, pero sí necesaria. ¿Para salvar a una especie se vale permitir venderla al mejor postor, ya sea para que compre sus cuernos o le ponga una bala en la nuca? No se requiere de mucha suspicacia para saber de qué lado están Clusiau y Schwarz, quienes apenas les dan voz a aquellos que se oponen a permitir la caza de un solo elefante en aras de conservarlos como especie. Trophy más bien dedica sus casi dos horas de duración a poner bajo la lupa los prejuicios que nosotros, los que amamos a los animales salvajes, tenemos en contra del cazador, el dueño del rancho para la cacería enlatada y el terrateniente, un personajazo llamado John Hume, quien de tanto convivir con rinocerontes ha acabado por parecerse un poco a ellos. El documental cumple su cometido con Hume –el más pragmático y menos cursi del grupo–, pero no con el dueño del rancho, ni mucho menos con el cazador, una suerte de yihadi del safari que no ve nada ni remotamente debatible en matar a una criatura sensible como un león.

Los documentalistas cometen un error al no mencionar más alternativas para salvar a los grandes animales que legalizar la cacería. Sí, es verdad que las poblaciones de elefantes tienden a repuntar en los países donde cazarlos es legal. Pero también es cierto que países como Kenia, donde la cacería está estrictamente prohibida, han gozado repuntes o números estables sin necesidad de que ningún gringo panzón pague una fortuna por acribillar leopardos y jirafas con un rifle. Trophy hace como si esta alternativa no existiera.

Incluso cuando no logra ser imparcial, Trophy sigue teniendo valía. No importa si acabamos convencidos de que el cazador tiene razón o no. Lo que sí importa es que nos acerquemos a un debate que, como tantos, no tiene una solución sencilla ni mucho menos aplicable sin sacrificios. El propio John Hume lo dice hacia el final de la película. Pelear contra la extinción no es luchar por una especie, sino por nosotros mismos. La forma en que tratamos a los animales revela nuestra propia humanidad.

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