Opinión

Tres retos del nuevo INE

El primer reto del Instituto Nacional Electoral (INE) es organizar elecciones limpias y confiables como lo hizo el IFE durante sus 23 años de existencia.

Lo deseable, aunque improbable, sería que dentro de 20 años esta institución tuviera una menor resonancia en los medios de comunicación, como resultado de que su actuación haya permitido que los partidos y candidatos cumplan las reglas del juego de forma cotidiana, dejando atrás el paternalismo de que sea el árbitro el que deba siempre vigilar a los partidos infantes para que se porten bien. Que el Instituto y el Tribunal Electoral, sólo por excepción, intervengan para se cumplan las reglas y castigar a quien las viole.

Desafortunadamente, la nueva reforma electoral persiste en aplicar un modelo punitivo y sobreregulatorio: aumenta las responsabilidades de la autoridad electoral, le confiere la atribución para “atraer” la organización de comicios locales y nombrar a todos los consejeros estatales, y establece un sistema de nulidades que estimulará el litigio. Es evidente que en cada elección federal y local, el INE será un actor al que acudirán las partes para pedirle meter orden y castigar a los adversarios. Tendremos un INE aún más visible que el IFE del pasado.

El segundo reto es que el INE propicie mayor equidad en las contiendas electorales. Aunque su actuación estará encuadrada por las nuevas leyes electorales que deben aprobarse este mes, el nuevo Instituto puede contribuir a frenar el excesivo gasto de las campañas, a combatir el financiamiento paralelo y no registrado y, de esa forma, romper el círculo vicioso de dinero ilegal que se dona a las campañas a cambio de favores políticos futuros, sean a través de contratos de gobierno, permisos o peculado.

Ciertamente la nueva reforma electoral no ataca los problemas de fondo —la discrecionalidad para desviar recursos públicos, la mala fiscalización del gasto público estatal, el exceso de dinero para medios de comunicación que encarece las campañas y aun las prácticas de movilización y clientelismo electoral— pero aun así el INE puede hacer mucho para limitar que el costo de las campañas —y con ellas la inequidad— siga creciendo tanto como ha sido el caso en los últimos años.

El tercer reto es el más importante y concierne no sólo al INE sino a todos los actores políticos del país: transformar el pluralismo en gobiernos más eficaces, más íntegros y más responsables. El gran problema de hoy de la democracia mexicana es que se construyó una avenida para la alternancia entre partidos, pero se olvidó de construir la otra avenida para que los gobiernos electos rindan cuentas, gasten sus recursos con integridad y cumplan sus funciones con eficacia.

Muchos mexicanos cuestionan hoy la utilidad de su democracia porque de forma cotidiana escuchan que sus gobernantes cometen los mismos abusos de antes, como lo es la corrupción y la impunidad y, en ocasiones, con mayor cinismo y gravedad.

Hoy México tiene más democracia, pero también más corrupción. Tenemos más transparencia, pero la calidad del gasto público se ha deteriorado. Tenemos más pluralismo, pero la calidad de los gobiernos para combatir la pobreza y garantizar la seguridad de sus habitantes es baja. Hay más democracia, pero mayor desencanto democrático.

Aunque la función del nuevo INE sea primordialmente garantizar el acceso equitativo y legal al ejercicio del poder, su actuación puede estimular que las elecciones se conviertan en un mecanismo más eficaz de rendición de cuentas. Que el ejercicio del voto sea realmente un mecanismo para premiar y sancionar a los gobernantes y no sólo una vía para estimular el pluralismo.

Así como el IFE fue un actor principal del cambio político en la década de 1990 que facilitó el pluralismo, el reto actual de la democracia —integridad, eficacia y gobernanza— requieren otros actores: los órganos de procuración de justicia, los poderes judiciales y legislativos, así como diversos órganos reguladores. Ellos son los nuevos actores para elevar la calidad de la democracia mexicana, pero aun ahí el INE tiene un papel relevante que jugar.