Opinión

Tres opciones

    
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Urna

A riesgo de parecer repetitivo, la elección de 2018 deberá cerrar un periodo de la historia reciente de México, o estaremos en problemas. El experimento iniciado en 1997, cuando entramos en la democracia, acabando con la monarquía temporal de la que hablaba Cosío, se ha agotado. Para reducir el poder presidencial, se liberaron los poderes federales y organismos autónomos, se empoderó a los gobernadores y se perdió el control sobre las corporaciones, incluyendo el crimen organizado. Veinte años después, tenemos casos patológicos de gobernadores (Javier Duarte, Roberto Borge), crimen desatado, corporaciones que viven de extraer rentas a los demás y un ambiente general de desconcierto.

Salir de este experimento puede hacerse: 1) intentando regresar al periodo inmediato anterior, que es el salinismo que, me parece, inspiró al actual gobierno y aparentemente será también la idea del potencial sucesor priista; 2) intentando regresar al periodo previo a esa época, que no es otro que la “docena trágica” del populismo económico con autoritarismo presidencial, que creo que encarna López Obrador; 3) intentando otra cosa diferente, que me parece que es la idea del Frente Ciudadano, aunque no lo tengan totalmente claro por el momento.

Creo que no existe forma de que el presidente se imponga frente a los gobernadores. No pudieron Zedillo en la segunda parte del sexenio, Fox ni Calderón. Tampoco pudo Peña Nieto, que de hecho construyó una alianza con los gobernadores de su partido para llegar a la presidencia, pero desde ella no pudo controlarlos, ya no digamos imponerse sobre ellos. Por eso le fue imposible construir una estrategia real frente a la violencia o impedir la corrupción que, decíamos, llegó a niveles patológicos.

Por eso no creo que AMLO tenga alguna posibilidad de impulsar su plataforma en caso de ganar. Si tiene suerte, tendría al jefe de Gobierno del DF de su partido, y nada más. Los otros 31 gobernadores no tendrán incentivo alguno para atender sus reclamos, ni hay herramientas legales para obligarlos. Es cierto que se puede aplicar la tradicional discrecionalidad del siglo XX apretando las finanzas de los estados, pero no hay mucho más. Podría intentar dar un golpe en el Congreso, como ayer platicábamos que hacen en CDMX en estos días, pero no sé si con éxito. La mitad del país habrá votado claramente en su contra, y el riesgo de división no es una abstracción.

Tampoco me queda claro si el PRI pudiese mejorar los resultados actuales, porque tendrá menos de la mitad de los gobiernos estatales, y posiblemente será minoría en el Congreso. Además, sin margen en las finanzas públicas. Al Frente, en caso de prosperar, le ocurrirá algo parecido, si bien con más gobernadores y legisladores. Ah, y con una dotación de legitimidad que el PRI no tendría.

En cualquiera de los casos habrá la necesidad de negociar, y creo que esa negociación deberá hacerse alrededor del fin del experimento actual y el inicio de una nueva forma política. Creo que no hay duda de que tanto la corrupción como la inseguridad serán reclamos generales, y deberán ser enfrentados, y eso implica encontrar una forma de limitar el poder de los gobernadores. Yo insisto en que la mejor forma de lograrlo es mediante el Senado, pero ya veremos. Tendrán que acordar formas de organización policial y judicial modernos, y seguramente duplicar, al menos, los recursos destinados a estos rubros. Para ello, habrá que discutir la recaudación.

Estamos en un proceso extraordinario. Cómo enfilemos a las fuerzas políticas rumbo a la negociación del nuevo arreglo es lo determinante. Hay que pensar en eso.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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