Opinión

'Trainspotting 2', turistas en su propia juventud

 
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Trainspotting 2. (X La Tangente)

¿Quién hubiera pensado que Mark Renton (Ewan McGregor), el ladrón heroinómano al que vimos por última vez en 1996 caminando hacia la cámara tras estafar a sus mejores amigos, cumpliría su promesa de llevar una vida relativamente normal? Así lo encontramos 20 años después: sufriendo un accidente, pero no por culpa de la aguja y las drogas, sino sobre una caminadora.

Renton –ese Renton– en una caminadora. A los fans de la original la imagen nos basta para sentirnos viejos.

Y eso, creo, es justo lo que busca Danny Boyle, quien en Trainspotting 2 vuelve a Edimburgo de la mano de los personajes que lo catapultaron a la fama. El ritmo picado y ágil que lo caracteriza está ahora al servicio de una secuela centrada en el paso del tiempo: no tanto cómo nos afecta, sino la desgracia de que apenas nos mueva. Salvo Diane (Kelly MacDonald), el resto del grupo parece vivir en ámbar.

Spud (Ewen Bremner) no logra dejar la heroína; habiendo cambiado de estupefaciente predilecto, Sick Boy (Jonny Lee Miller) continúa transando; aunque esté tras las rejas, Begbie (Robert Carlyle) sigue siendo un demonio de Tasmania, y Renton, aparentemente reformado, no tarda en volver a las andadas. Sus nuevas peripecias entretienen, pero donde antes había desmadre anárquico ahora hay melancolía. Olvídense de la caminadora. ¿Quién hubiera pensado que entre los miembros de este grupo de adictos sociópatas alguien le diría a otro que es “un turista en su propia juventud”?

Desde Shallow Grave, su primera película, Boyle ha vuelto una y otra vez a personajes que toman atajos para cumplir satisfacciones inmediatas con resultados desastrosos, ya sea a través de estafas (Trance, Trainspotting) o de huidas (A Life Less Ordinary, The Beach). Trainspotting 2 lleva esa fascinación a sus últimas consecuencias. No importa qué tan estúpido el chanchullo o qué tan exitoso sea inicialmente, al final Renton, Sick Boy y Begbie acaban más empobrecidos de lo que empezaron. No sólo no crecen, se disminuyen.

Las imágenes de Anthony Dod Mantle, fotógrafo de cabecera de Boyle, los rodean de detrito: obras negras, bares en ruina, pilas de basura. Los personajes y los lugares que habitan son presencias orilladas a los márgenes, como el polvo que se acumula en las esquinas de una recámara. Renton y compañía son, en efecto, turistas en su propia juventud, en tanto que un turista es un ser ajeno a su contexto. Quienes se topan con ellos –abogados, oficinistas en SUVs, hasta sus propios hijos– los ven con la perplejidad con la que miraríamos a un viajero en el tiempo. De forma tanto literal como figurada, el elenco de Trainspotting es exactamente eso. Y Boyle y su guionista habitual, John Hodge, hacen bien en reconocerlo.

Hay un romance al centro de la película al que le hizo falta un rato en el horno y momentos que pecan de cursis. No obstante, si Trainspotting 2 a veces se inclina al sentimentalismo es porque no había otra manera de abordar a estos personajes. Sin un ánimo reflexivo, Boyle hubiera caído en la imitación o la autoparodia.

Su secuela no es ni una ni otra. En la deriva de estos adultos no hay cinismo. Cuando Renton finalmente vuelve al icónico monólogo de la primera TrainspottingChoose life, choose leisure wear and matching luggage...– el tono no es atrevido ni retador, sino vencido y triste. Como el magistral monólogo de 25th Hour, éste viene de un hombre que, más que molesto con el mundo, está encabronado consigo mismo. Puede que la secuela sea menos fresca que la original, pero sin duda es la obra de un director y un grupo de actores más sofisticados.

Twitter: @dkrauze156

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