Opinión

'Train to Busan', zombis frescos

 
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Train to Busan.

Seok Woo (Gong Yoo) es el típico padre desobligado: no se da cuenta cuando le compra el mismo regalo dos veces a su hija, pasa más tiempo en el trabajo que con ella y por estar en la oficina falta al recital donde su retoño le dedicará una canción. En el cumpleaños de la niña, Seok Woo acepta de mala gana llevarla a la ciudad de Busán, al sur de la península de Corea, donde vive su exesposa. No cuenta conque una chica, a punto de transformarse en zombi, se colará a un vagón e infectará a la mayoría de los pasajeros. Si lo que quería el joven empresario era quedar bien con su hija, mejor la hubiera llevado a Disneylandia.

El zombi es, desde hace tiempo, un arquetipo del cine de horror tan o más empleado que el vampiro o el hombre lobo. Los hemos visto en todos lados: apilándose para brincar un muro en Medio Oriente y correteando a sus víctimas como perros rabiosos alrededor de un Londres deshabitado. El cine ha puesto al zombi en contextos bélicos (World War Z), románticos (Warm Bodies) y paródicos (la magnífica Shaun of the Dead). Ante esta variedad, quien se atreva a hacer otra película de muertos vivientes se enfrenta a retos mayúsculos.

La propuesta del director Yeon Sang-Ho es tan sencilla como osada. Por una parte recurre a la claustrofobia como detonante de tensión, sometiendo a sus personajes al encierro casi absoluto de un tren infestado de caníbales. Por la otra, Train to Busan tiene el arrojo de mezclar el gore con el melodrama.

¿Qué otra película intenta conmover tras una escena en la que un pelotón de zombis masacra a decenas de personas a mordidas? Si bien la balanza de repente se inclina hacia el culebrón, se agradece la valentía. La premisa es trillada, pero su ejecución apunta a la novedad.

Si el resultado cuaja es gracias al guión (convencional, pero efectivo) y a la dirección de Sang-Ho. Su coreografía es clara y su manejo de cámara ingenioso, utilizando todo tipo de ángulos para que el escenario –una serie de vagones iguales entre sí– no se sienta repetitivo. Los efectos especiales están lejos de la artificialidad digital de Hollywood, dándole a los monstruos un carácter tangible.

Al menos desde Dawn of the Dead, de George A. Romero, el zombi ha sido un monstruo que simbólicamente encaja con el embrutecimiento en masa, ya sea como alegoría del consumismo, la volatilidad del pensamiento en grupo o el hecho de que, en su rostro y andar embobados, a veces resultan indistinguibles de algunos seres humanos.

Sang-Ho no evita la tentación de darle un cariz sociopolítico a la epidemia que arrasa con Corea, si bien lo presenta con sutileza, permitiéndonos imaginar la causa detrás de los zombis.

Independientemente de si le funciona narrar desde el melodrama o incluir estos subtextos políticos, es indudable que Train to Busan es una película de suspenso notable y un divertimento muy bien ensamblado.

Twitter: @dkrauze156

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