Opinión

'Tomorrowland': Damon Lindelof ataca de nuevo

    
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Tomorrowland

Tomorrowland es la desembocadura de varios temas que el ingenioso Brad Bird ha navegado durante su carrera. Desde The Iron Giant, su ópera prima, Bird anunciaba su fascinación con los Estados Unidos de posguerra, la época que Robert Zemeckis recordó –o idealizó– en Back to the Future, con cafeterías que sirven malteadas de chocolate, chicos peinados como Elvis Presley y coches descapotables, recién encerados. Pocos símbolos de esos tiempos fresas como la inauguración de Disneylandia, un mundo fantástico, barnizado de encanto artificial, donde el visitante recorría el Viejo Oeste, el Caribe y la Edad Media hasta llegar a la Tierra del Futuro: la epónima Tomorrowland.

The Incredibles presentaba otro tema al que Bird volvería: la responsabilidad que las personas extraordinarias tienen con el mundo. Por otra parte, The Iron Giant prefiguraba un argumento esencial en Tomorrowland: la tecnología como arma de doble filo, una angustia típica de la era inmediatamente posterior a Hiroshima y Nagasaki.

A lo largo de su exitosa filmografía, Brad Bird ha podido filtrar su huella autoral a través de la maquinaria hollywoodense, y eso no es poca cosa. Por desgracia, aunque conjuga sus intereses, Tomorrowland es su película menos afortunada. Atrás quedó la pulcritud spielbergiana de The Iron Giant, una historia sencilla y conmovedora; también olvidó la precisión, como de fábula, que tenía la moraleja de The Incredibles, así como buena parte de la inventiva coreográfica de la cuarta entrega de Mission: Impossible. Tomorrowland tiene por lo menos tres inicios en falso, un final precipitado y engorroso, y una trama que pide poner pausa para comprenderla. Su mensaje es cuestionable: una conclusión que aboga por una política de excepcionalismo que ni el casting más étnicamente variado puede disfrazar.

Tomorrowland está repleta de los defectos que caracterizan el trabajo de su coguionista, Damon Lindelof, el cerebro detrás de Lost y Prometheus, una fábrica individual de guiones ensamblados con los pies. Lindelof es un motor de ideas, pero no de historias o personajes. Prometheus, la esperada precuela de Alien, es un buen ejemplo: una película retacada de referencias religiosas y míticas, de opiniones y excentricidades, con una premisa que garantizaba su venta instantánea. El problema no es la falta de imaginación, sino el descuido con el que desarrolla a los seres humanos que revisten los disparates de su autor. Los personajes hablan en clichés, se comportan de forma incoherente y tienen motivaciones flojas. Cualquier fan de ciencia ficción puede recordar a la tripulación entera del Nostromo, pero ahora no recuerdo a un solo viajero del Prometheus.

Tomorrowland no está exenta de estos problemas. Casey Newton (Britt Robertson) emprende una aventura para descubrir la Tierra del Futuro porque de niña quería conocer las estrellas (como muestra un empalagoso flashback), pero también porque su papá es un ingeniero desempleado en busca de chamba y porque es una chica buena que quiere salvar al mundo. Aparentemente ha decidido hacerla de Mesías porque vivir en las trincheras de Cabo Cañaveral en una casa que parece diseñada por Frank Lloyd Wright es como vivir en Gomorra justo antes del fuego y el azufre. Dependiendo del humor con el que Lindelof se haya sentado frente a la computadora, Casey es una joven asombrada o indiferente, sarcástica u honesta, solemne o jocosa (y Robertson la interpreta con la exageración de un actor que aún desconoce la existencia del close-up). Este embrollo sería una bronca menor si el arco dramático estuviera bien trazado. Como Lost y Prometheus, Tomorrowland no sabe en qué enfocarse. ¿Es un romance entre Frank (George Clooney) y un robot (Raffey Cassidy)? ¿La historia de una adolescente salvando a su familia? ¿Un inmenso comercial para unirnos a los optimistas? Alguien debe hacerle el favor de ponerle una película de Spielberg a Lindelof. Sugiero Jurassic Park, la historia de un paleontólogo que aprende a ser padre después de guiar a dos niños a través de una isla. Los dinosaurios, la acción y hasta los comentarios sobre el peligro de la tecnología son accesorios. Los personajes van primero. Las ocurrencias después.

Las ideas de Tomorrowland también sufren la inconsistencia que es ya marca registrada de Damon Lindelof. En BioShock, una serie de videojuegos geniales, visitamos lugares similares en apariencia y propósito a la Tierra del Futuro que Bird presenta. Al igual que Tomorrowland, Rapture y Columbia son sociedades creadas por el fervor de la megalomanía, en busca de seres (y poderes) excepcionales. BioShock, un juego que se inspira en Ayn Rand, la vida de Howard Hughes y la historia de Estados Unidos, sabe que el proyecto está destinado a la distopía. Por otra parte, Bird y Lindelof parecen tener opiniones muy confusas con respecto a su enclave.

Aunque advierte la capacidad humana para trastornar cualquier paraíso (y más aún si éste se niega a ser incluyente), el desenlace favorece una sociedad monitoreada y protegida por un puñado de increíbles (para usar un adjetivo ad hoc con la obra de Bird). Al final de Tomorrowland, la música de Michael Giacchino retumba en las bocinas con una alegría delirante. A mí no me emocionó. Ya sé cómo acaban las películas de Leni Riefenstahl.

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