Opinión

¿Todos con el frente?

    
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Alejandra Barrales y Ricardo Anaya

Ahora resulta que todo el mundo está de acuerdo con las alianzas o los grandes frentes opositores. Primero el PAN, luego muy a su manera por lo menos una parte del PRD, y pronto Movimiento Ciudadano aprueban y apoyan la idea de una candidatura presidencial común de todas estas organizaciones. Incluso la llamada sociedad civil –intelectuales, activistas sociales, empresarios– no sólo cabe dentro de este jarrito de Tlaquepaque, sino que puede aspirar a beneficiarse del mismo vía candidaturas ganadoras. ¿Así de fácil?

Veamos las ventajas del esquema antes de revisar sus contradicciones. Es la única forma de coaligarse contra López Obrador que no tenga una clara dedicatoria contra él, ya que quien encabece el frente deberá combatir con igual vigor al PRI y a Morena. Es también la única manera de cerrarle el camino al PRI sin hacerle el juego a AMLO.

Sólo así se puede construir una suma aritmética vencedora, de acuerdo con las encuestas actuales: PAN (23 por ciento), PRD (7.0 por ciento), MC (4.0-5.0 por ciento), en incluso los independientes con 5.0 por ciento. En teoría, Andrés Manuel no llega a más que 35 por ciento en el mejor de los casos (su cifra de 2006).

Por último, no debe ser tan difícil, si se le encarga a un zapatero, producir unos zapatos programáticos que le resulten cómodos y funcionales a todos los integrantes del frente. Con descartar las posiciones extremas del PAN y del PRD, centrarse en una decena de propuestas sencillas y llamativas, y subrayar la diferencia con las mentiras del PRI y el echeverrismo (dixit Joel Ortega) de AMLO, no se trata de una tarea titánica. Son todas virtudes interesantes.

El principal desafío que presenta el frente yace en la necesaria y deseable exigencia doble que debe satisfacer: complacer a las cúpulas y a los votantes, al mismo tiempo. Aquí las cosas se complican. Para que los de arriba acepten la idea, debe estar abierta la candidatura presidencial a todos los contendientes de cada partido: tres por el PAN (o seis, si se prefiere) y dos o tres del PRD. Pero es obvio para cualquiera que los electores perredistas primero muertos que votar por Margarita Zavala de Calderón o por Rafael Moreno Valle (aunque haya sido electo con el apoyo del PRD en Puebla). Y si el único aspirante panista viable es Anaya, entonces el modelo es un traje a la medida, inaceptable para Felipe Calderón y sus adeptos, para Moreno Valle y los suyos, y para muchos otros panistas (minoritarios tal vez, pero importantes).

Si el arreglo desembocara en una candidatura del PRD, tendría que ser Miguel Ángel Mancera, que no se considera perredista, sino independiente. Sólo que el PAN no lo ve como independiente sino como perredista, y los votantes panistas difícilmente se resignarían a un candidato con 7.0 por ciento en las encuestas, cuando los suyos tienen entre tres y cuatro veces más. Y una parte de los votantes perredistas se irían entonces con AMLO, al no poder votar por un candidato propio. Por último, si se avalara la tesis de un candidato que no fuera ni PAN ni PRD, y Mancera aspirara a cumplir con tales requisitos, ni la cúpula ni el electorado del PAN serían anuentes.

En pocas palabras, lo que buscan las cúpulas parece inaceptable para los votantes; los sentimientos de éstos no parecen compatibles con las ideas de las cúpulas. ¿Es imposible? No, ya que el olor a triunfo atrae a todos los animales políticos. Pero el nivel de sacrificios y de grandeza tendrá que ser mucho mayor que el esperado y pronosticado hasta ahora. A ver.

Twitter: @JorgeGCastaneda

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