Opinión

¿Tirar el agua sucia o también al niño?

 
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Desigualdad. (Especial)

¿Qué destino económico es el que queremos? ¿El que han tenido Oaxaca y Guerrero en los últimos tres lustros? ¿O el de Aguascalientes y Querétaro?

Ayer, el Inegi dio a conocer los resultados de su Indicador Trimestral de la Actividad Económica Estatal (ITAEE). Con base en sus números, observamos que el ritmo de crecimiento promedio en los últimos 14 años (en los que hay datos disponibles) fue de 108 por ciento para Querétaro, de 96.5 por ciento para Aguascalientes, en un extremo; y de 40 por ciento para Guerrero o de 31.3 por ciento para Oaxaca, en el otro.

Tal vez el contraste se haga más claro si vemos que el crecimiento promedio anual fue de 5.2 por ciento para Querétaro, de 4.8 por ciento para Aguascalientes, en contraste con 1.9 por ciento de Oaxaca o 2.4 por ciento de Guerrero.

Vea usted ahora estos datos.

El PIB per cápita de Querétaro a 2015 (última cifra disponible) es de 198 mil 129 pesos por año, y de 158 mil 083 pesos en el caso de Aguascalientes.

Para Guerrero, la cifra es de 72 mil 685 pesos y de 70 mil 455 para Oaxaca.

Es decir, los estados más pobres tienen una tasa de crecimiento económico que es menor a la mitad que la de las entidades que tienen mayor dinamismo, lo mismo que su PIB per cápita.

El resultado inevitable de ese comportamiento es que la desigualdad regional se ensancha cada vez más.

Se pueden citar otros casos, pero los referidos sirven para ilustrar de manera sencilla dos estilos de crecimiento que hemos tenido en México en el curso de las últimas tres décadas.

Querétaro y Aguascalientes son dos de los ejemplos más claros de entidades en la que el sector manufacturero ha tomado la vanguardia, y a través de inversiones extranjeras y nacionales han conseguido un gran crecimiento de sus exportaciones, elevando los niveles de vida de su población y convirtiéndose en polos de atracción de otras entidades.

Guerrero y Oaxaca han sido excluidas del crecimiento manufacturero; han mantenido estructuras económicas y políticas tradicionales, y no han logrado aumentar de modo significativo el nivel de vida de su población.

Las dos historias han ocurrido en México, a lo largo de la última generación, y reflejan las graves disyuntivas que tenemos frente a nosotros.

Un crecimiento económico que sólo siga las inercias que traemos puede dar lugar a una circunstancia de mayor polaridad y conflicto social. Tiene que corregirse.

Pero, en el otro extremo, un intento de desmantelar el modelo económico que ha hecho posibles los éxitos como los de Querétaro o Aguascalientes, implicaría condenar al país a un estancamiento prolongado.

Tal vez, como pocas veces en su historia, México tendrá que definir su ruta en los siguientes doce meses.

¿Se tratará de llevar a toda la República los esquemas económicos exitosos o de culparlos de la desigualdad y tirarlos completitos por la borda acusando a la mafia del poder?

Recuerde usted el adagio del niño y la tina.

Es cierto, el modelo económico construido ha dejado mucha agua sucia. ¿Tendremos la habilidad para sólo tirar el agua o cometeremos la imprudencia de tirarla con todo y niño?

Twitter: @E_Q_

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