Opinión

'The Revenant', todos somos salvajes


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The revenant

A estas alturas, uno tendría que vivir en una ermita para ignorar los detalles de la tortuosa producción de The Revenant, la historia de Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), empleado de una compañía recolectora de pieles a quien sus colegas, azuzados por el siniestro Fitzgerald (Tom Hardy), abandonan a la mitad de la nada después de que una osa lo hace trizas. Ya sabemos que Alejandro G. Iñárritu insistió en filmar en los sitios más remotos, sin luz artificial, sólo durante ciertas horas del día. Sabemos también que el equipo se trasladó de Canadá a Argentina cuando el verano amenazó con derretir la nieve. DiCaprio le dio una mordida a un corazón de búfalo, se comió un pescado crudo y se metió a chapotear en aguas gélidas. Hacer The Revenant fue un martirio. ¿Queda claro?

Es una pena que estos datos opaquen la mejor película de Iñárritu, una obra visceral y sobrecogedora que merece ser valorada sin prejuicios. Incluso los más respetados críticos estadounidenses han pecado de una superficialidad inusitada: la forma de The Revenant predomina en la mayoría de sus reseñas, mientras que el fondo permanece mayormente inexplorado. A Iñárritu le endilgan el mote de malickiano, como si trabajar con Emmanuel Lubezki y usar un gran angular fuera derecho reservado del cine lírico de Terrence Malick. La sentencia parte, además, de un puñado de pasajes oníricos. Hasta ahí llega el grueso de las interpretaciones. Se juzga el ensamblaje del sueño, pero no su trasfondo.

The Revenant
Año: 2015
Director: Alejandro González Iñárritu
País: Estados Unidos
Productores: Steve Golin, Keith Redmon, David Kanter, Alejandro González Iñárritu, Arnon Milchan y James Skotchdopole
Duración: 156 mins.
Cines: Cinépolis


En su retrato de un mundo y una cultura al borde de la extinción, The Revenant remite a Dersu Uzala, obra maestra de Akira Kurosawa sobre la amistad entre un capitán del ejército ruso y un cazador siberiano. Glass también mantiene un contacto estrecho con las tribus nativas, a través de su hijo, Hawk (Forrest Goodluck), y de un indio que lo rescata (durante una tormenta que evoca una de las secuencias más memorables de Dersu Uzala). Y al igual que la película de Kurosawa, The Revenant aborda el destino entrelazado del hombre y la fauna: Glass, a quien Hardy insulta al decirle que “pretende ser la mami” de Hawk, acaba destrozado por una osa protegiendo a sus oseznos. The Revenant es un bestiario cinematográfico: los animales son muerte, salvación, guarida y sustento. La barbarie es pareja, sin maniqueísmos. Osos, indios, franceses y nuevos gringos. Todos somos salvajes.

Esa incesante brutalidad recuerda a Apocalypto, otra historia sobre un hombre, en un pasado no tan distante, que emprende un largo trayecto por su familia. Tal y como Mel Gibson impuso su sensibilidad católica en un escenario pagano, Iñárritu salpica la trama con referencias religiosas: el Viejo Oeste visto desde el Tepeyac. Un eco de martirologio mexicano recorre la cinta y quizás explica el énfasis público que Iñárritu le ha dado a su difícil producción. Hay, por ejemplo, un momento muy hermoso dentro de una iglesia en ruinas, diálogos sobre la fe y rezos católicos (aunque la aparición que ocurre hacia el desenlace estorba por su pretensión mística). No sé si este subtexto religioso sea veraz, y no me importa. The Revenant no es un documento histórico. Gracias a Dios, Iñárritu vuelve a distanciarse de la realidad. Una manada de búfalos, un páramo de hielo, una isla de bosque ralo, todo parece un espejismo. La decisión estética es inspirada. Esos bisontes, ese mundo prístino y salvaje, eventualmente desaparecerán (por definición, los espejismos son etéreos).

En inglés, un revenant es un ser humano que ha regresado de la muerte, y Glass no es el único espectro que ronda las montañas. El movimiento y la presencia casi táctil de la fotografía de Lubezki lo siguen de cerca. La cámara se empaña de vaho, se ensucia de lodo, se moja de sangre: es un testigo, vagando como alma en pena. Una y otra vez, ese personaje invisible observa las copas de los árboles a ras del suelo, bocarriba, mirando a las estrellas como un cadáver las vería. En The Revenant, los árboles son símbolos de estoicismo y permanencia, recuerdos de honda raigambre y amores imperturbables; el amor de un padre, el recuerdo de una afrenta. Iñárritu vuelve al vínculo filial, su tema predilecto, su pasión entrañable, para narrar una historia sublime de horror, belleza y venganza. ¿Qué no haría un padre por su único hijo?

Twitter: @dkrauze156

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