Opinión

'The Leftovers' y el terremoto, los que nos quedamos

 
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the leftovers

De un momento a otro millones de personas desaparecen. No se trata de una abducción extraterrestre, ni de una huida planeada. En un abrir y cerrar de ojos el niño que iba en el asiento trasero del coche, la familia que desayunaba y el peatón que cruzaba la calle se esfuman, sin dejar rastro. 

La premisa de The Leftovers, la novela de Tom Perrotta en la que se basó la serie creada por el propio autor y Damon Lindelof, el cerebro detrás de Lost, era una de las grandes parábolas del mundo posterior a los atentados del once de septiembre, encapsulando el horror, la culpa y la estupefacción de quienes sobreviven un evento súbito y mortal que transforma la realidad de forma inexorable. Otras novelas abordaban el 9/11 de manera frontal, con resultados que se quedaban cortos frente a lo que ocurrió esa mañana en Estados Unidos. La novela de Perrotta acertaba en entrar al tema lateralmente, no como un comentario explícito sino simbólico, a través de una idea que de tan descabellada lograba sortear esa máxima de la recreación artística: la realidad siempre supera a la ficción.


La serie empezó como una adaptación más o menos fiel de la novela hasta su segunda temporada, cuando se desprendió de la fuente y, por desgracia, se volvió un programa capitaneado por Lindelof, un escritor que durante toda su carrera ha cometido el error de equiparar misterio con astucia, opacidad con complejidad, dispersión con ambición narrativa. De ser un programa que, si bien era solemne, exploraba con seriedad los estragos de una tragedia colectiva, The Leftovers se convirtió en un cúmulo de inquietudes Lindelofianas: simbolismos religiosos, realidades paralelas, protagonistas con daddy issues y líneas narrativas que jalonean al espectador del pasado al presente. La segunda y tercera temporada son básicamente Lost al cubo: incapaces de resolver uno solo de sus enigmas y llenas de simbología que resultará obvia y redundante para cualquiera que haya ido un minuto a catequismo. Hay enormes arcas en medio de una tormenta, un profeta rodeado de gente disfrazada de león, un padre que mata a su hijo esperando que este último reviva para salvar a la humanidad, y un larguísimo y tedioso etcétera.

No obstante, es innegable que The Leftovers ha sido un éxito con la crítica estadounidense, incluso logrando que publicaciones como The Atlantic la etiqueten como la serie que está cambiando a la televisión. ¿Por qué? Mi impresión es que gran parte de esa reverencia viene directamente del concepto original: la certeza de que la muerte es muchas veces inexplicable y que rarísima vez conoce de justicia. Y aquí espero que me permitan hacer una confesión personal.

Apenas doce horas después de ver el final de The Leftovers, estando en mi departamento cerca de la avenida Alfonso Reyes, empezó a temblar. Había vivido suficientes temblores en esa zona para saber que este no era un terremoto cualquiera. Antes de que se cayera el primer cuadro ya le había gritado a mi esposa que corriera por nuestra hija, una bebé de siete meses. A través de la puerta del departamento escuchaba los gritos de mis vecinos bajando las escaleras. Subí a la recámara y encontré a mi esposa e hija hechas bolita en el suelo. El terremoto sacudía las paredes con tal violencia que el juguetero empezó a desarmarse frente a mis ojos, arrojando objetos y repisas hacia nosotros como si el cuarto estuviera poseído. No dijimos nada, pero ambos sabíamos que ya no había tiempo de salir. Me hinqué frente a ellas y las abracé, por primera vez en mi vida creyendo que había una posibilidad de que el techo se me viniera encima.

La noche de ese martes regresé al departamento por biberones, leche y ropa. Mi edificio se había hundido medio metro y la banqueta estaba salpicada de escombros. El lugar se sentía envenenado (no encuentro otra palabra), como si el temblor lo hubiera convertido en un sitio amenazado y amenazante. O dicho de otra forma: frágil. Y algo, sólo algo de lo que narra The Leftovers me caló hondo, como antes no lo había registrado, con todo y el discurso cuasireligioso de Damon Lindelof. Después de una tragedia, ser de los que se quedaron siempre se vive como lo que es: un milagro.

Twitter: @dkrauze156

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