Opinión

'The Founder', las hamburguesas están envenenadas


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The Founder.

Para renacimientos actorales olvídense del sobado McConaissance de Matthew McConaughey. Michael Keaton, una de las presencias más magnéticas a finales de los 80 y 90, un actor hábil para la comedia y el drama, encabeza de nuevo películas de altos vuelos, empezando con su tour de force como el superhéroe venido a menos de Birdman y después como el ancla de Spotlight. Ahora, en The Founder, da una interpretación matizada, llena de sutiles inflexiones, como Ray Kroc, un vendedor mediocre que hurta el concepto de una hamburguesería local para transformarlo en el gran imperio de comida rápida del mundo: McDonald’s.

El ascenso (y simultáneo descenso) de Ray está emparentado con el de Mark Zuckerberg en la agilísima The Social Network, en mi opinión una de las más logradas películas estadounidenses de los últimos años.

Aunque el estilo del director John Lee Hancock carece de la estilizada penumbra del enorme David Fincher, y si bien el guion de Robert D. Siegel no tiene peculiaridad tan notoria como la verbosidad de Aaron Sorkin, The Founder es inteligente, mayormente discreta y bien ejecutada. Es, casi por default, una fábula, con todo y moraleja, sobre el poder corruptor del capitalismo llevado a sus últimas consecuencias; en clave siniestra, podría ser la historia de una posesión, donde el demonio que trastorna a Ray no viene de un talismán en el desierto de Irak, sino de una malteada en San Bernardino, California.

Aunque menos ingeniosa o propositiva que la obra de Fincher, la estética empleada por Lee Hancock tiene sus puntadas. El amarillo, el color de los arcos de McDonald’s, en un principio se emplea como símbolo de esperanza, de ambición, de fantasía y, hacia el desenlace, la última vez que lo vemos es el color de una serie de mingitorios chillantes. Del sueño al escusado: así de claro.

Este viaje es, digamos, una guía retorcida para aprender cómo funciona el capitalismo en su variante más desenfrenada. Celebramos el avance de Ray aun cuando sus acciones vayan en detrimento de los nobles e ingenuos fundadores del primer McDonald’s, Mac (John Carroll Lynch, quien exagera el perfil bondadoso de su personaje) y Dick (Nick Offerman, estupendo). Ray, un vendedor persistente y recto, no tarda en entender cómo disminuir gastos a costa de la calidad, reclutar gente con problemas económicos (similares a él) y, finalmente, engañar a los hermanos mediante una serie de transas leguleyas.

La película no necesita deletrearlo, pero, para volverse un millonario, Ray aprende a convertirse en un embaucador de primera, un ladrón en la vida pública y privada. Igual que Mark Zuckerberg.

Keaton envicia a su personaje poco a poco, sin relamerse los bigotes ni adoptar posturas de villano de James Bond. Aunque menos ostentosa, su actuación aquí es tan notable como en Birdman. Los mensajes que este supuesto fundador predica al inicio de la historia se convierten en lemas corporativos: anzuelos de venta más que muestras de ética laboral. Como denuncia contra Trump y sus congéneres, The Founder da en el clavo.

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