Opinión

'The Circle', el internet no es como lo filman

 
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the circle

Los problemas de fondo en The Circle, dirigida por James Ponsoldt, son evidentes desde el inicio. Mae (Emma Watson), una triste burócrata, consigue un puesto en la compañía del título: una gigantesca corporación de Silicon Valley que aparentemente hace lo mismo que Apple, Facebook, Google y Tesla. Al guion, escrito por Ponsoldt y Dave Eggers (basado en su novela), le vendría bien enfocar su crítica en un solo aspecto del mundo virtual. Por desgracia, The Circle busca abordar cada faceta de internet. El resultado –y no lo digo como elogio– se siente como una temporada de Black Mirror condensada en 110 minutos que no saben qué decir ni cómo decirlo. ¿Estamos frente a una utopía o una distopía? ¿De qué lado están Ponsoldt y Eggers? ¿De qué lado está Mae?

Es difícil saberlo. Mae adora, detesta, teme y disfruta su nuevo trabajo, a veces en la misma secuencia. En un momento escucha una charla de Eamon Bailey (Tom Hanks), donde el presidente de la compañía presenta una cámara diminuta, con un gesto de sospecha que se vería sobreactuado en un culebrón; media hora más tarde decide pegarse una de esas cámaras al pecho, para transmitir al mundo su vida sin filtros, con un hambre de fama que resultaría desmedida en una Kardashian. El rostro de Watson, una actriz muy limitada, advierte no lo que Mae siente en esa escena sino lo que eventualmente pensará de lo que ve. Importa, claro, que no entendamos sus motivaciones, tanto como no comprendemos por qué el Wozniak de The Circle, Ty Lafitte (John Boyega), deambula por las instalaciones de una empresa que lo ha marginado y a la que odia. Mae conoce a Ty en una fiesta en la que los empleados beben vino blanco mientras escuchan a Beck, en lo que suena como una parodia al estilo Silicon Valley, la serie de Mike Judge. Bueno fuera. La película de Ponsoldt se toma muy en serio.

Es una lástima que así sea porque su visión de internet es una broma. Al mismo tiempo fresa y alarmista, la tecnología en The Circle es omnipotente –capaz de localizar a un fugitivo de la justicia en cinco minutos– y aséptica. Cuando Mae se convierte en una estrella al transmitir su rutina –como una versión millennial de EDtv– leemos lo que sus seguidores le escriben y no encontramos un solo comentario vejatorio, ni mucho menos sexual. ¿La investigación de Ponsoldt y Eggers incluyó, no sé, entrar a Instagram? ¿Han leído los comentarios que los usuarios dejan en los perfiles de actrices, modelos y celebridades? Tan ñoños son los millones que siguen a Mae que ella, sin ironía, dice sentirse acompañada por ellos. En The Circle no existen los trolls. A la película le urge un punto de vista claro. En The Truman Show, ¿nos cabía duda de qué opinaba Peter Weir de los reality shows? Todo esto serían reparos menores si The Circle tuviera algo, sólo algo, de sofisticación estética. Pero aquí, como en la historia, la textura parece sacada de los peores episodios de Black Mirror. La tibieza de fondo infecta a la forma: las instalaciones de la empresa no son ni sospechosamente acogedoras ni decididamente amenazantes y frías. Cierro los ojos y no recuerdo un solo set, ni mucho menos entiendo las dimensiones del lugar. No ayuda de que una infinidad de secuencias estén editadas con emplazamientos repetitivos e incomprensibles, como si Ponsoldt quisiera evitar que viéramos el rostro de sus intérpretes, tal vez para ocultar actuaciones que no lo convencen. No hay una sola categoría en la que esta no sea una película inepta, confusa en el tono y blanda en sus conclusiones.

Twitter: @dkrauze156

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