Opinión

'The Big Short', el cine didáctico


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The Big Short

“Supongo que muchos de ustedes aún no saben qué pasó”, nos dice Jared Vennett (Ryan Gosling), en alusión a la crisis que arrasó con la economía global en 2008. Así empieza The Big Short, cuya meta es desmenuzar los pormenores del desplome a través de un grupo de personas que avizoró el embrollo, apostó en contra del sistema y ganó una fortuna, mientras millones perdían hogar y trabajo.

La suposición de Vennett expone el objetivo del director Adam McKay. No es fácil entender los chanchullos que hundieron al mundo financiero y que conforman la médula de su película. Para sortear el brete, The Big Short asume un tono didáctico, como si fuera un kit Mi Alegría hecho cine: McKay juega y nosotros aprendemos. En su opinión, el mundo sufre de trastorno por déficit de atención colectivo y sólo una variedad de trucos nos ayudarán a comprender la información pertinente. Hay gráficas sobrepuestas a la imagen, personajes hablando directo a la cámara, secuencias que detallan préstamos hipotecarios con palitos (literalmente) y algunos momentos en que la historia se detiene para que tres celebridades nos expliquen la enredada terminología bancaria. The Big Short tal vez sea pionera en su género: una TED talk, una clase de finanzas y una comedia con tintes dramáticos, todo en el mismo empaque.

The Big Short
Año: 2015
Director: Adam McKay
País: Estados Unidos
Productores: Dede Gardner, Jeremy
Kleiner, Arnon Milchan y Brad Pitt
Duración: 190 minutos
Cines: Cinemex


McKay tiene el tino de poblar su elenco con una buena mezcla de actores de alto impacto e intérpretes menos conocidos, pero igual de solventes. Mark Baum (Steve Carell) es la brújula moral: un inversionista neurótico que “sólo es feliz cuando es infeliz”, para quien la apuesta significa una venganza a fuego lento contra un gobierno negligente y un sistema transa; Vennett, que no desentonaría en The Wolf of Wall Street, es la otra cara: un reptil al que sólo le interesa el billete; finalmente está Michael Burry, el primero en darse cuenta del desastre próximo, al que Christian Bale interpreta como si el hombre fuera una colección de tics y manías. También aparece Brad Pitt, disfrazado de leñador.

A McKay no le basta saturar la trama con mecanismos explicativos: confía tan poco en nuestro poder de deducción que dirige y edita con miedo a aburrirnos. El resultado tiene el ritmo convulso de un comercial de Adidas. McKay no emplea dos cortes si puede usar 50, ni siquiera cuando ya ha logrado enganchar nuestra atención y no necesita sacudir la cámara o atacarnos con un alud de imágenes tan breves que parecen subliminales. Si bien hay algo sugestivo en esta última decisión, en tanto que refleja a una sociedad saturada de campañas publicitarias, sería preferible un director más seguro de su material y menos inquieto en la edición. The Big Short cumple cuando permite que la narrativa se desenvuelva sin artificios.

El guión está lleno de diálogos punzantes (cada frase e insulto de Gosling es una delicia), pero McKay no nos deja disfrutar –o padecer– las peripecias de sus personajes. Una película con temor de marearnos con cifras termina ocasionando vértigo por la forma en la que está contada. Vaya paradoja.

Twitter: @dkrauze156

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