Opinión

¿Tenemos elementos para ser optimistas?

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Enfrentamiento San Bartolo Ameyalco REUTERS

Ajeno y explícitamente contrario a uno de nuestros dichos “todo tiempo pasado fue mejor”, el autor de divulgación científica con más lectores en España, Eduardo Punset, se compromete con lo contrario: cuando se contempla el pasado y el futuro en perspectiva, se entiende que cualquier tiempo pasado fue peor y cualquier periodo del futuro será mejor. La continuidad del optimismo es lo que ha permitido sobrevivir a la especie humana.

¿Tenemos hoy los mexicanos los elementos para ser optimistas? El pensador parte de un hecho: el cerebro no distingue entre necesidades físicas y mentales, se activan con la misma intensidad los circuitos cerebrales cuando se tiene hambre o cuando se padece la soledad. Y para los fines de preguntarnos sobre lo que puede esperar nuestro colectivo social, explica lo siguiente: “cuando estalla el miedo, se aplazan todos los objetivos a largo plazo, como construir una morada o enamorarse y se supedita todo a la inmediatez del corto plazo, lo único que importa es salvaguardar la vida”.

¿Hemos estado los mexicanos en situación semejante? Evidentemente no todos pero es muy posible que así hayan estado los pobladores de algunos municipios de Tamaulipas, Michoacán, Morelos, Guerrero y últimamente el Edomex.

Amparado en ciertos preceptos de Howard Gardner y su propia experiencia en el atentado terrorista en la estación ferroviaria de Atocha en España, relata que la agresión no sirvió más que para emponzoñar todavía más la división partidista, provocando un cambio de gobierno a raíz del impacto de ese atentado supuestamente tramado para castigar la participación armada de España en Irak. En Gran Bretaña y Estados Unidos, los atentados –al contrario– generaron una marea humana decidida a mostrar a los terroristas que no lograrían abatir los ánimos y conductas que ellos denostaban. Los atentados galvanizaron la unión en lugar de la división.

Punset se hace acompañar de diversos analistas como Paul Seabright y Daniel Denett para configurar lo que bien pudiera ser todo un tratado que, quien esto escribe, por necesidad de espacio, reduce a una ecuación mucho más simple: las poblaciones que sufren y llegan a tocar el fondo que sólo quien lo padece puede decir cuál es su profundidad de tolerancia, llegan a convertirse, si así lo permiten su inteligencia y creatividad, en “sociedades transicionales”. Lo fueron el Londres isabelino, el siglo XIX en París o el Berlín weimariano. Ahora bien, que nadie espere que eso dure siempre. Junto con Jane McGonigal, Eduardo Punset escribe que es necesario potencializar fórmulas innovadoras de resolución de conflictos que permitan a los ciudadanos zanjar sus controversias con niveles de satisfacción adecuados y que además ayuden a la agilización de todo el sistema ya sea en el área de la justicia, la educación o la seguridad. ¿Y de dónde sale esa determinación?

Cuando las aberraciones o insolidaridades abisman al bien gregario, éste impone su ley gracias al peso descomunal de la voluntad colectiva sobre los intereses de individuos o pequeños grupos discordantes.

Se dirá que los ejemplos de cómo reaccionaron ante el terrorismo tanto británico como estadounidense, son lejanísimos a lo que nosotros podemos hacer ante la violencia de los narcos y criminales.

El historiador Ian Morris afirma que las diferencias genéticas en los humanos modernos de distintos lugares del planeta son triviales. Podemos concluir que no existen, lo que nos hace diferentes es la cultura.

Nuestro país, riquísimo en manifestaciones culturales, bien podría reaccionar ante el crimen y la desigualdad con un inmenso potencial transformador.

Twitter: @RaulCremoux

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