Opinión

¿Tendremos un boom en gas shale?

Cuando promulgó la reforma constitucional en materia energética, el pasado 20 de diciembre el presidente Enrique Peña Nieto expresó que “podremos explotar en beneficio de los mexicanos los abundantes yacimientos de hidrocarburos que hasta ahora no han sido rentables para PEMEX o a los que aún no tenemos acceso, como los que están en aguas profundas o en las lutitas, como el shale gas”. En el mismo acto, el entonces líder de la Cámara de Diputados, el panista Ricardo Anaya se sumó al guión presidencial: “Mientras que nuestros vecinos del norte hoy cuentan con más de 30 mil pozos activos de gas de lutitas, en el último año nosotros apenas perforamos siete”. Contrastar la explotación de yacimientos de shale en EEUU y en México fue también usado por la propaganda gubernamental para justificar los cambios constitucionales. A punto de iniciarse la discusión de las leyes secundarias conviene revisar cómo se construyó el boom que en este terreno se ha vivido en la Unión Americana.

En su libro The Frackers, publicado en EEUU en noviembre por Penguin, el periodista de The Wall Street Journal Gregory Zuckerman celebra las biografías de los petroleros que apostaron por el fracking para extraer gas y petróleo de las lutitas. El escritor narra una odisea de décadas de algunos necios visionarios que apostaron su capital, y que no estuvieron exentos de grandes fracasos.

Una de las principales lecciones es que cada pozo es un caso distinto, incluso en un mismo yacimiento pueden producir de manera muy diferente pozos ubicados a unos cuantos metros de distancia. Queda también muy claro que encontrar un buen pozo suele costar muchos millones de dólares y muchos meses de trabajo.

El autor plantea que hay gran excitación acerca del hecho de que México pudiera convertirse en un “serio productor de shale, en parte porque comparte similar geología con su vecino del norte”. Sin embargo, el reportero cuestiona de inmediato si eso será posible dado que 1) México podría no contar con agua suficiente (fracturar la lutita supone enormes cantidades de agua), 2) a las compañías extranjeras les gustaría tener cierta propiedad sobre los pozos, y 3) es “limitada la data independiente para verificar cuánto gas hay”.

Pero, sobretodo, Zuckerman subraya que a diferencia de EEUU otras naciones que buscan shale adolecen del “elemento clave detrás de la revolución energética de Estados Unidos: una cultura de emprendedores y amplios incentivos que compensen los años de ensayo y error que son necesarios para lograr avances”. Asimismo, apunta que Estados Unidos cuenta con una extensa infraestructura de energía, ductos y almacenes, elaboradas bases de datos de geología del subsuelo, robustos mercados de capital para financiar las perforaciones, y una experimentada fuerza laboral. Finalmente, deja claro que el boom se construyó gracias a que los pioneros lograron arrendar enormes cantidades de tierras para hacer cientos de exploraciones buscando pegarle al gordo de la lotería.

Así que si usted llega a escuchar que en México en dos años estaríamos extrayendo gas shale en suficiente cantidad como para impactar a la baja en los precios, piense que la historia del fracking hace que ese dicho sea, cuando menos, muy cuestionable.

Y nos falta el tema ambiental, que es toda una discusión en el caso del fracking.