Opinión

Temporada de zopilotes

A los políticos mexicanos les importan las ganancias en el río revuelto del caso Iguala, no las víctimas. Para ellos es más valioso José Luis Abarca que respetar el dolor de las familias de los desaparecidos. No sabemos el paradero de 43 normalistas de Ayotzinapa. Ante esa incertidumbre, la mínima decencia debería ser no subirse al tema con politiquería. Pero nuestra clase política no entiende de prudencia ni de cortesías; ellos abarrotan tribunas o revolotean en tuiter buscando, por increíble que suene, sacar provecho de una crisis surgida de la sangre.

En las últimas horas, Abarca ha dejado de ser el autor intelectual de un ataque sin precedentes en la historia mexicana. No es un chacal, ni una aberración humana que junto con su mujer deberían marcar un 'nunca más'. No, para nuestros políticos el exalcalde es hoy un activo. Un activo tóxico, pero un activo. Se le concede la categoría de útil, se le asigna un valor en el mercado electoral que está siempre pujante en México. Nos puede servir, dijo alguien en más de un cuarto de guerra; nunca mejor dicho eso de guerra.

Quién lo iba a decir, mientras amplios sectores han manifestado frente a los sucesos de Iguala una conmoción inédita, saludable signo de que a pesar de todo lo visto en estos años queda todavía en la sociedad mexicana capacidad para horrorizarse, a los políticos sólo les alcanza para pensar en las próximas citas electorales.

De ahí que lejos de guardar silencio, de respetar la agónica espera de las familias, escuchamos a unos y a otros, de todas las filiaciones partidistas, no sólo deslindarse de Abarca -eso medianamente sería lógico- sino entregarse con denuedo a un esgrima donde los ataques se intercambian sobre un terreno minado con fosas llenas de cadáveres pendientes de ser identificados.

Así llegaron las acusaciones del líder nacional priista César Camacho contra AMLO, las de Andrés Manuel López Obrador contra todos, las de Jesús Zambrano contra el líder de Morena, las de Guadalupe Acosta Naranjo contra el tabasqueño, las de Martí Batres contra César Camacho… Y el drama de los desaparecidos pasó a un segundo, lejanísimo plano.

Qué clase política tan enana. En vez de reunirse con urgencia y discutir qué es lo que habría de hacer para que nunca se repita nada, ni remotamente, parecido a lo de Iguala, ellos prefieren hacer calistenia electoral con la tragedia del 26 de septiembre.

¿Actuarían igual si uno de ellos fuera su sobrino, su familiar, su hijo? ¿No querrían que el mundo se detuviera, que todas las fuerzas estuvieran orientadas hacia la búsqueda de los desaparecidos, hacia la detención de los prófugos para saber más sobre esa terrible noche en Iguala? ¿No pedirían a todos apoyar al procurador Murillo Karam en vez de pegarle políticamente al fiscal con denuncias penales que en este momento en nada ayudan?

La impericia mostrada en esta crisis por el presidente Enrique Peña Nieto, quien se ha tardado más de un mes en programar una cita para recibir a los padres de Ayotzinapa, es equiparable con la ausencia de un solo político, uno, que en un arranque de dignidad dijera: momento, con este dolor no se lucra.

Estos son los políticos que tenemos. No se han podido contener, no saben de días de guardar. Para ellos el paradero de los 43 estudiantes desaparecidos es un botín. Como los zopilotes, que aun sin conocer el momento del fatal desenlace de una víctima, se preparan para un festín sobre la muerte.

Nota: Al terminar la columna caí en cuenta de que Temporada de zopilotes se llama un libro de Paco Ignacio Taibo II sobre la Decena Trágica. Pues eso.

Twitter: @SalCamarena