Opinión

"Te prometo anarquía", caos en patineta

 
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Te Prometo Anarquía.

Miguel (Diego Calva) y Johnny (Eduardo Eliseo Martínez) son dos amigos de la infancia, de distintas clases sociales, patinetos de corazón y amantes de refilón.

Su compadrazgo tanto laboral como sentimental no va por buen rumbo. Miguel está enamorado de Johnny, quien no le corresponde enteramente, y su negocio de vender sangre de forma clandestina ha llegado a un impasse. En busca de más dinero, consiguen cerrar un trato en el que involucrarán a sus amigos y clientes, a los que el director Julio Hernández Cordón ha presentado con paciencia y cuidado de detalle.

Se requieren agallas para arrancar tu película con una promesa, pero Hernández Cordón se esmera en darnos lo prometido. Johnny se dedica a ligar y patinar, mientras Miguel busca donadores de sangre a lo largo del antes Distrito Federal (en el cuello trae colgados unos colmillos de vampiro, sugiriendo más un compromiso que una distancia irónica con su manera de ganarse la vida). La gente que recluta da la impresión de no tener trabajo –se pelean a puño limpio, juegan jai alai y frontón con la mano–, o bien parecen no tener broncas en buscar ingresos por fuera de su oficio. Los patinetos vagan por la ciudad –a través de su incesante grisura, sus puentes peatonales, sus congestionadas avenidas y mercados– sin rumbo ni brújula. El diseño sonoro exacerba esta sensación de desorden: una manifestación, una cumbia, una balada; el rugir del metro, los cláxones, el constante siseo de los automóviles. No hay señal de la policía, ni de un patrón que pida a sus empleados guardar la pelotita de tenis y ponerse a chambear. Un retrato perspicaz del caos chilango.

Te Prometo Anarquía
Año: 2015
Director: Julio Hernández Cordón
País: México- Alemania
Productores: Sandra Gómez, Maximiliano Cruz, Julio H. Cordón
Duración: 88 mins.
Cines: Cinemex

En partes de México, sabemos, el narco manda. Se entiende entonces que la única presencia de autoridad –torva, desagradable y temible– resulte ser un narcotraficante pocho, vestido con chamarra de cuero y pulseras y collares de oro, quien les ve la cara a Miguel y a Johnny. En una película más convencional, esta secuencia –magníficamente opresiva– derivaría en tensión y premura: la necesidad de enmendar el error cometido. Aquí, más bien, precipita un crimen cuya motivación no tiene pies ni cabeza y, después, un desenlace melancólico y fantasmal (que me gustó mucho). El título también funciona como una advertencia. En la anarquía, ¿quién puede esperar que haya justicia o que se salden las cuentas pendientes?

Culpar a una película llamada Te Prometo Anarquía de ser desbalagada sería tan injusto como culpar a un sitcom llamado Te Prometo Risas Grabadas de contar con malos chistes. Por lo mismo, es difícil quejarse del ritmo contemplativo y casi distraído de Hernández Cordón, quien no tiene empacho en detenerse para mostrar a un rapero poeta improvisar una horrorosa canción que subraya todo lo que la película sugiere: “somos nuestro propio monstruo, y aun así nos estamos queriendo”, canta el muchacho, en una película sobre dos vampiros modernos... que son amantes. Quizá también es injusto quejarse de que tanto Miguel como Johnny sean dos veletas emocionales, compungidas hasta la rabia un minuto y esa misma noche haciendo el amor con pasión lunamielera; la tristeza y la culpa y la ira olvidadas después de unos besos. A pesar de que muestra con eficacia diversos gradientes del espectro económico, el subtexto social, presente en la brecha económica que separará a los amigos, sólo se detona hacia el final (cuando su uso resulta conveniente). Te Prometo Anarquía cumple: es alborotada y dispersa. No lo escribo de forma peyorativa. Si se llamara Te Prometo Orden, otro gallo cantaría.

Twitter: @dkrauze156

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