Opinión

Te amo, te odio

Bruno y Luisa se conocieron en el caos de una fiesta en la que habían cientos de personas. Se reconocieron: había algo en la mirada del otro que despertaba las fantasías de perfección amorosa que cada uno albergaba. Ella creció sintiéndose poca cosa, devaluada por su padre y anhelando que alguien la adorara. Él era el consentido de su madre que lo adoraba y tenía una tendencia a idealizarlo todo: a sí mismo y sus relaciones con los demás.

La idealización y la devaluación de las relaciones amorosas y del mundo en general, surge del predominio de un mecanismo de defensa primitivo llamado escisión: todo se divide en bueno o malo. Las personas son maravillosas o malas. Las situaciones perfectas o desesperadas. Cuando todo es bueno, no hay problemas que resolver. Cuando todo es malo, se pierde la fe y los conflictos se vuelven abrumadores.

Bruno y Luisa se fusionan en la vida cotidiana. Hacen el amor todos los días, van juntos a casi todas partes, se hablan por teléfono muchas veces. La mayor parte de las discusiones surgen del reclamo de Luisa cuando él no la busca sexualmente, o no le contesta la llamada de inmediato, o cuando siente que ya no la adora como al principio: “Antes me hacías regalos, me dedicabas canciones, me escribías cartas de amor. Ahora te has acostumbrado a que yo te quiera y ya no me valoras”. Bruno intenta calmarla, pero se desespera. La quiere pero se asfixia y necesita otras áreas de realización personal para sentirse bien: su grupo de amigos de la infancia, sus largas carreras matutinas en soledad, pasar ratos en silencio mientras lee un libro.

Bruno tiene una estructura de personalidad narcisista. Le gusta estar cerca de Luisa porque es preciosa, porque la disfruta en la cama, porque le gusta presumirla socialmente. Pero a veces la quiere lejos porque le estorba en sus necesidades de soledad o de escaparse de lo doméstico. Luisa tiene un perfil de personalidad dependiente. Necesita a Bruno para sentirse feliz y le ha entregado el control de sus emociones; es incapaz de tranquilizarse sola; piensa que sin él no es nada y no soporta sentir abandono o rechazo. Cuando él no hace exactamente lo que ella quiere, su amor se vuelve odio.

“Todo bueno-todo malo”, conduce a un caos en las relaciones, porque las personas pasan de perfectas a despreciables de un momento a otro. Y en el mundo individual también: Luisa muta de maravillosa a no valer nada y esto provoca cambios de humor muy marcados y turbulencias en su relación con Bruno.

Bruno tiene poca capacidad de autocrítica. Luisa es la perfecta loca con sus cambios de carácter y sus ciclos infinitos de amor y odio. Él tampoco sabe cómo integrar lo bueno y lo malo en ella y también la ama y la odia. Tiene una imagen idealizada de sí mismo, no ve sus defectos, está convencido de que lo único que hace es darle amor a su mujer y es intolerante a la crítica. Proyecta toda la maldad afuera: si algo sale mal, nunca es su culpa.

Un mundo interior equilibrado es aquel en el que uno y los demás no son perfectos, pero son suficientemente buenos. La constancia en las relaciones surge de entender que todos somos mezcla de cualidades y defectos. La salud emocional radica en ser capaces de enojo y frustración, sin borrar las cosas buenas de uno mismo y de los demás. Esta capacidad de integrar lo bueno y lo malo en lugar de escindirlo, es fundamental para la estabilidad amorosa; para la capacidad de autoconsuelo; para moderar las expectativas grandiosas depositadas en las relaciones; para no proyectar todo el mal sino asumir la parte que nos toca.

Yo no soy tú y tú no eres yo: logro psíquico indispensable para respetar la libertad y las decisiones de aquellos a quienes más amamos. Y para asumir el mundo interno afectivo como una responsabilidad intransferible.


La autora es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

​Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag