Opinión

Taxi Teherán: Irán sobre ruedas

 
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Taxi Teherán.

Grabada a escondidas del gobierno iraní, que en 2010 arrestó a Jafar Panahi y le prohibió dirigir películas por 20 años, Taxi Teherán es un recorrido por la capital de Irán a bordo de un taxi conducido por el propio director. Haciéndose pasar por taxista, Panahi lleva a distintos pasajeros –desconocidos, amigos, colegas y familiares– a diversos puntos de la ciudad mientras graba las interacciones con cámaras escondidas dentro del automóvil.

Aunque toda la película ocurre en ese reducido espacio, el espectador siente que conoce a fondo el país de Panahi. Algunos encuentros son chuscos, como la conversación con un vendedor de películas pirata que quiere reclutarlo; otros nos permiten ver la escisión en el alma de Irán.

El más agudo es el primero, en el que un hombre de camisa entreabierta, con collarcito de plata en el cuello, discute con una mujer, vestida de negro de pies a cabeza, sobre el castigo que amerita un delito menor. El hombre, un ladrón cuya sonrisa burlona se asoma cuando habla de ejecuciones públicas, cree en la violencia como herramienta para aplacar a la gente, mientras que la mujer (en el asiento trasero, por supuesto) aboga por la paz. Dos lados de una sociedad, retratados en una magnífica toma.

Taxi Teherán
Año: 2015
Director: Jafar Panahi
País: Irán
Productores: Jafar Panahi
Duración: 82 mins.

Taxi Teherán nos invita a creer que las conversaciones son reales y la autenticidad de la mayoría de las actuaciones nos permite entrar en este juego, en el que incluso Panahi interpreta una versión ficticia de sí mismo. Los hombres, como el maleante de camisa a cuadros, tienden a ser aviesos, ladrones o corruptos; las mujeres supersticiosas, angustiadas y a veces dulces.

Toda película episódica corre el riesgo de tener segmentos más llamativos que otros (basta ver Relatos salvajes), y esta no es la excepción. Panahi arranca y frena con fuerza –la última toma es una genialidad indiscutible– pero cuando lleva a un par de ancianas a un manantial y recoge a la cotorra de su sobrina, la acción se vuelve lenta y pesada.

En general, Taxi Teherán es mejor cuando deja que los pasajeros tomen el volante de la historia y nos lleven por el país en el que viven. Cuando Panahi usa su obra como un instrumento de denuncia explícita y autorreferencial, el espectador sale del taxi y entra a un salón de clases.

Más allá de su valor como producto de un artista que continúa desafiando al régimen que insiste en callarlo, Taxi Teherán es un acercamiento ingenioso y sutil a un lugar extraño, fascinante y turbulento.

Twitter:@dkrauze156

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