Opinión

Tarantino y Spielberg: manumitiendo


 
I. LA ESCLAVITUD REBOSANTE. En Django sin cadenas (EU, 2012), ambicioso octavo filme del ex niño terrible tennesseeano asentado como estridente estilista omnigenérico de 49 años Quentin Tarantino (Tiempos violentos 94, Bastardos sin gloria 09), el fornido e indoblegable esclavo negro Django (Jamie Foxx acartonadazo) es vendido en 1858 (dos años antes de la guerra civil de Daniel Day-Lincoln) por previamente baleados tratantes malditos al dentista alemán vuelto cazarrecompensas Dr. King Schültz (Christopher Waltz chuscón) que lo utiliza para identificar forajidos con nombre falso y lo pasea como socio esclavista con ridículo disfraz versallesco, aprovechando su magnífica puntería innata en las muy redituables actividades dentro/fuera de la ley...
 
... e intercambia su fidelidad por la liberación de su bellísima esposa germanoparlante Broomhilda (Kerry Washington etérea), propiedad del dulcemente cruel dueño de una plantación con salvajes castigos anticimarrones Candie (Leonardo DiCaprio rebosando tics reiteratediosos), de donde deberá ser rescatada mediante engaños que, gracias a las delaciones del taimado criado negro Stephen (Samuel L. Jackson guiñolesco), culminarán en una pavorosa matazón, de la que Django sobrevivirá encadenado y colgado de los pies, aunque no por mucho tiempo.El patrio
 
La esclavitud rebosante logra resucitar y homenajear al viejo spaghetti-western casi homónimo de Sergio Corbucci (Django 66), un clásico menor de ese subgénero (aquí sospechoso por su maltrato de los revolucionarios mexicanos congénitamente traidores cual es sabido), reivindicando y apropiándose (como antes lo había hecho Tarantino con el cine de karatecas honkongués en Perros de reserva 91 y los dos Kill Bill 03/04) sus heterodoxias desalmadas, su héroe implacable (antes con ametralladora dentro de un ataúd para quedar atrapado entre dos fuegos, ahora con Sancho Panza afro) y hasta su duro ex actor guapito Franco Nero (tan inexpresivo como siempre en plan de fusible sheriff ancianísimo), pero sobre todo sus fechorías ambiguas, su ritmo acezante, su antihollywwodesco prurito del detalle preciso (el diente bailarín con resorte sobre el carromato pintoresco, la palita para retirar la espuma de la cerveza), su flamígero sentido plástico (iluminación con velas, montañas bicolores ocre-azulosas), su deletérea dramatización cromática, su apabullante apariencia de épica naturalista (que provocó la furia a Spike Lee alegando que la esclavitud en Estados Unidos había sido mucho más que ese show mortífero), aunque sin poder renunciar jamás a complacencias jaladísimas que imponen una verdadera estética de la ocurrencia bajo la divisa "si pienso que esa jaladísima le viene bien, viene pues" (explícito juego de palabras con Broomhilda/Brunhilda, puntos grandilocuentes de música beethoveniana, caprichosos golpes de zoom o de jump-cut o de montaje), ni a elocuentes exageraciones: tipo la evidente imitación de Orson Welles por DiCaprio, Jackson como antiTío Tom superojete, equino danzarín...
 
La esclavitud rebosante convierte al provecto western en un naciente southern saliendo del vientre digital ya fatigado, posmoderno-sincrético, nunca fresco pero seudolozano, al mostrarse jubilosa y juguetona en su diseminación de padecimientos espectaculares, hibrideces insólitas (con toques hasta de horror gore y de thriller negro a lo Shaft), ecos de frondosas crueldades intercambiables de signo o de raza al gusto (sesiones de latigazos y torturas, descoyuntadora lucha mandinga para gozo de europeos vecinos sádicos, despedazamiento en vivo por jauría, castigo en sauna enterrada con cubetazo helado bajo el sol quemante) y humorísticas morbideces exterminadoras (tiros de gracia congraciadoramente graciosos, acribillamiento en vez de chocar la mano tendida), por encima de cualquier denuncia, lamentación o rabia retrospectivas contra el inhumano sojuzgamiento imperioso. Y la esclavitud rebosante hará finalmente estallar toda la energía reprimida del manumitido pistolero oscuro otrora humillado y ofendido como una descompuesta fuerza vengadora-vindicadora sólo saciable gracias a desorbitados desahogos pirotécnicos en el vacío.
 
II. EL PATRIOTERISMO DECLA- MATORIO. En Lincoln (EU, 2011), inflado filme 27 del cinemagnate descaradamente patriotero Steven Spielberg (tras sus inclasificables Caballo de guerra 11 y Las aventuras de Tintín: el secreto del unicornio 11), con guión de Tony Kushner basado en segmentos de la biografía Equipo de rivales: el genio político Abraham Lincoln de Doris Kearns Goowin, el desencajado barboncillo cincuentón de apellido Lincoln (Daniel Day-Lewis higadazo con explosivos berrinches herzoguianos de Klaus Kinski) vocifera, vocifera y, cuando acaba de vociferar, lucifera beatíficamente en el Congreso como prócer anticipado y, al grito de "¡Soy el presidente de Estados Unidos investido de un poder inmenso: van a procurarme esos fondos!", hace valer su voluntad de Yo el Supremo en el Otoño del Patriarca para seguir aboliendo, ya en el papel e irreversiblemente según cierta reconciliadora Enmienda 13, esa esclavitud nacional, a punto de ser eliminada por las armas.
 
El patrioterismo declamatorio bloquea de entrada toda dimensión épica, con ecos griffitheanos antirracistamente vueltos del revés (tipo El nacimiento de una nación sanguinario-descompuesta 14), y cualquier lírica distancia intimista de bio-pic fordianamente fresca o ingenua (estilo El joven Lincoln 39), para centrarse en las grillas congresistas e imponer por abrumador cansancio el triunfo de una incallable y anacrónica retórica democrática curiosamente republicana, por añadidura pastosa y suplantadora obamista (o sea, de izquierda dentro de la derecha en el Estados Unidos actual).
 
El patrioterismo declamatorio se descubre a cada parrafada-stanza en flagrancia de seudohumanismo más hinchado que henchido, estructurando la necesidad de Lincoln de ser apoyado por el reblandecido fundador del partido republicano Preston Blair (Hal Holbrook) y avalar las transas priistas del secretario de Estado William Sewart (David Strathairn) para intercambiar puestos administrativos por votos, moderando sus declaraciones de igualdad racial, presenciando los desplantes del radical por sexointeresado Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) y visitando a sus generales en el virginiano campo de batalla, antes de acudir a su cita escénica con el destino a invitación de su viuda porrista castrahijos Mary Todd (Sally Field).
 
Y el patrioterismo declamatorio lanza su envío inspirador tras el asesinato heroico, merced a un facilón flashback conmovedor que muestra al fantasmón como bienaventurado predicador en tribuna, pues su invocativa evocación no ha dado pie más que a un grandilocuente technicolor mamut en claroscuros polacos de Janusz Kaminsky y poshollywoodesca música en constante gimoteo solemne de John Williams, denso hasta la sensación de una lápida de 150 minutos compactos, nunca más profundos que una telenovela-digest.