Opinión

Talento y trabajo que no suman

 
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Paseantes en la Alameda. (Cuartoscuro/Archivo)

México tiene millones de personas talentosas. Millones de mexicanas y mexicanos con grandes dotes y talentos en las artes, en las ciencias, en la gestión y en la imaginación. Millones de hombres y mujeres que, además, trabajan horas interminables. Todo ese talento y ese trabajo no suma, no se combina para producir una sociedad más habitable, rica y justa.

Muchos nos hacemos la misma pregunta: ¿por qué no suman nuestros trabajos y nuestros sudores?; ¿por qué, teniendo y haciendo tanto, seguimos atrapados en tanta mugre y tanta miseria? Miseria material y miseria humana. Violencia trepidante, falta de baños en tantas escuelas, falta extrema de justicia frente a la violación sistemática de los derechos de tantos, falta de miradas que se conmuevan mínimamente frente al sufrimiento –grande o pequeño– del otro.

Empieza un nuevo año pero sigue, en mucho, lo mismo de siempre.

Los poquitos ricos y poderosos exhibiendo sin recato su privilegios y atropellando no sólo a los que no tienen, sino atropellándose entre ellos mismos todos los días del año. Basura que no se recoge, banquetas intransitables, calles llenas de miedo y desorden, incluso en los barrios más “acomodados”.

En medio de todo ese tiradero, brillan retacitos impresionantes de luz: algunos ejemplos notables de tecnología mexicana, los edificios de Norten, la voz de Julieta, de Hash, de Lila. Alumnos mexicanos que, contra viento y marea, inventan cosas insólitas y ganan premios y concursos internacionales.

Difícil no caer rendido frente a este mundo de tantos prismas y tantas fracturas. Difícil, también, no sufrirlo y desear, en cada respiro, alguna otra versión, más respirable, de lo mismo.

Somos un rosario de carencias y esperpentos. También somos atisbos de infinitud y fuerza de volcán. Somos el dolor inconmensurable de la madre que no sabe dónde quedó su hija; somos la pasión desmedida por un buen taco al pastor; somos los millones que tejen esperanza desde el hoyo negro de la desesperanza; y somos, también, ese lugar ruidoso de milagros cotidianos y de capacidad para resistir y levantarse (hasta ahora) against all odds.

Somos, sobre todo, un país lleno de niños y jóvenes que se enfrentan al futuro como quien se enfrenta a escalar el Everest sin equipo ninguno.

Una sociedad en la que ocuparte de descubrir en qué eres buena o bueno, invertir en educarte y esforzarte por hacer las cosas bien, sólo muy improbablemente te lleva a un lugar mejor. Ayuda a explicar esta lamentable situación el que muchos de los referentes del “éxito”
–económico, político y social– sean personas que no alcanzaron esa posición por méritos propios y, además, sean, con frecuencia, practicantes destacados de algunas de las peores artes (conductas abusivas, rentistas, corruptas y demás) con las que, por desgracia, muchos nos confunden.

Dos factores principales contribuyen, de manera central, a entender por qué el talento no se desarrolla y el trabajo de todos no suma en beneficio de todos. Primero, el que la mexicana sea una sociedad tan rígidamente estratificada pues, en un contexto de esa naturaleza, no importa lo que hagas o cuánto te esfuerces, dado que lo que determina en dónde vas a estar y acabar estando es tu origen social.

Segundo, un orden social y político en el que coexisten, de forma cada vez más disfuncional, las instituciones formales modernas y las informales de siempre. Me explico: instituciones formales que no terminan de generar una convivencia ordenada y productiva o de asegurar una gobernabilidad posibilitadora. Por otra parte, y al mismo tiempo, instituciones informales –clientelismo en el que patrones se ocupaban de sus clientes, más allá de concederles dádivas o privilegios; aplicación discrecional de la ley dentro un sistema jerárquico con un solo centro articulador de poder político; corrupción organizada y más o menos coordinada centralmente; reparto intertemporal del poder político (con todo y sus beneficios económicos) entre un grupo que tenía reglas para ir accediendo a ese poder– que durante décadas proveyeron orden, estabilidad y capacidad de gobierno a los gobernantes, cada vez más rotas e incoherentes entre sí y con las formales.

No será fácil salir del atorón en el que estamos metidos, aun si nos lo propusiéramos. Si acaso quisiéramos movernos, en realidad, de lugar, convendría empezar a atender una tarea clave: construir nuevos referentes de reconocimiento social en los que el esfuerzo y el mérito –y no el origen o el color de la piel–, así como la disposición para alcanzar la excelencia (no la mera medianía) fueran centrales para “hacerla”.

Twitter: @BlancaHerediaR

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