Opinión

Tal vez sea tiempo de dedicarse a otra cosa

13 octubre 2016 14:28
 
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Arte.

Me llama la atención el hecho de que en nuestra sociedad el arte se haya convertido en algo que atañe a los objetos y no a la vida ni a los individuos. El arte es una especialidad que está reservada a los expertos, a los artistas. ¿Por qué un hombre cualquiera no puede hacer de su vida una obra de arte? ¿Por qué una determinada lámpara o una casa pueden ser obras de arte y no puede serlo mi vida?: 
Michel Foucault, 1984.


El 7 de septiembre de este año se inauguró la edición 32 de la Bienal de São Paulo, la más antigua e importante de Latinoamérica, curada por el alemán Jochen Volz, quien convocó a formar parte de su equipo a Gabi Ngcobo, Júlia Rebouças, Lars Bang Larsen y la mexicana Sofía Olascoaga. La muestra reúne cerca de 340 trabajos de 90 artistas (y colectivos) de 33 países y lleva por título Incertidumbre viva.

Al ambiente de incertidumbre de estos tiempos difíciles se suma el delicado contexto político que enmarca esta exhibición, que abrió sus puertas el día de la conmemoración de la independencia de Brasil, una semana después de la destitución definitiva de Dilma Roussef de la presidencia, evento que muchos calificaron de un golpe de Estado no tan velado.

Los curadores de la 32 Bienal comentan en el comunicado de prensa: “El título de la muestra se enfoca a ciertas nociones de la incertidumbre, y a las estrategias que nos ofrece el arte contemporáneo para poder asimilarla, aceptarla o habitarla (…). El arte se apropia de aproximaciones interdisciplinarias similares a las de la investigación y la educación, pero, ¿cómo podría el arte aplicarse a otros campos de la vida pública?”.

El cuestionamiento del grupo curatorial aborda la pregunta del millón. Si bien podemos comulgar con los discursos de esta Bienal y de tantas otras, sentimos que la incertidumbre que vivimos se profundiza con cada nuevo intento de resolverla. La Bienal de São Paulo precede a una vorágine de ferias internacionales (19 en octubre, 20 en noviembre), y como artista, curador, crítico o director de museo, uno se pregunta: ¿cómo desligar el arte del circuito comercial?

¿Cómo evitar que toda propuesta de arte contemporáneo sea inmediatamente instrumentalizada en un objeto de lujo, o que quede relegada para el estudio antropológico de unos cuantos? Aplaudimos la honesta intención de los curadores y su esfuerzo por incluir proyectos que rebasan el ámbito duro y puro del arte, pero mientras no salgamos de los circuitos ya establecidos, mientras no cuestionemos seriamente los contextos en los que se dan estas exhibiciones, dudo que la pregunta sobre cómo trastocar la vida pública pueda ser resuelta. Quizá la respuesta no se encuentra en el objeto de arte como tal, como dice Foucault, sino en el acto creativo, aquel que atañe a lo humano y a su capacidad de imaginar y de crear.

Como dice una buena amiga editora: “De haber sabido que no había escapatoria, que al final el arte contemporáneo alimenta y fortalece el sistema de consumo y que es incapaz de cambiar el mundo, me hubiera dedicado a otra cosa, quizá a ser abogada”.

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